La cabaña estaba escondida entre los pinos, en lo alto de un paso alpino donde la nieve caía con la lentitud de una cuenta regresiva. El techo era bajo, la madera crujía con el viento y el aire olía a leña húmeda y resina antigua. Verona había usado ese refugio antes, para esconder armas, aliados o recuerdos. Ahora nos escondía a nosotros.
Adentro, el silencio era espeso. La única luz provenía del fuego en la chimenea, que pintaba las paredes con sombras temblorosas. Una radio antigua murmuraba