La encontré sola en la cocina, a las tres de la madrugada. Ivy. Copa de vino en mano. Descalza. Vestido corto, negro, de esos que gritan con descaro: "¡Mírame!", pero que en ella parecía una declaración de guerra. Y esa actitud suya... felina, dueña de cada madera bajo sus pies, de cada sombra proyectada por la luz del refrigerador abierto. Era como si dijera sin decirlo: "Este es mi territorio. Yo llegué primero. Tú eres apenas un accidente."
—¿No puedes dormir? —preguntó sin volverse, su voz