Mundo de ficçãoIniciar sessãoMarie Soler huyó de Milán con el corazón roto y una sola certeza: nunca volvería a ser juguete de nadie. En el pequeño pueblo toscano de San Vincenzo abrió Dolci Sogni, una humilde chocolatería. Todo cambia el día en que Octavio Serra cae a su vida. Entre limoneros salvajes, olivos centenarios y un viejo cuaderno de cartas de amor prohibido escritas hace más de cincuenta años, Marie y Octavio se ven arrastrados a una conexión inevitable.
Ler maisPrólogo
Hay amores que nacen con una mirada.
Otros, con una carta.
Y algunos, con un estruendo.
Este comenzó con un crujido de tejas viejas y un golpe seco contra un saco de harina de almendra.
Nadie podría haber imaginado, ni siquiera el destino, que aquel hombre cayendo del cielo traía consigo no solo polvo y sorpresa, sino también el eco de una historia que había empezado décadas antes, entre las mismas paredes de piedra que ahora esperaban ser despertadas.
Porque algunas casas no solo guardan recuerdos.
Guardan promesas.
Guardan cartas nunca enviadas.
Guardan amores que el tiempo no se atrevió a terminar.
Y a veces, para que dos personas se encuentren, es necesario que primero se derrumbe algo: un tejado, una coraza, una vida entera cuidadosamente construida.
Esta es la historia de una mujer que había olvidado cómo soñar y de un hombre que había olvidado cómo quedarse.
De una finca llamada La Limonaia y de un cuaderno que esperaba, paciente, a que alguien volviera a abrirlo.
Esta es la historia de Marie y Octavio. Y comenzó, como las mejores historias, con una caída.
La luz del amanecer se filtraba tímida por las cortinas entreabiertas del pequeño apartamento sobre Dolci Sogni. Marie despertó primero, envuelta en el calor de un cuerpo que ya no le era extraño. Octavio dormía profundamente a su lado, con un brazo posesivo rodeando su cintura y el rostro relajado contra la almohada. El hoyuelo que tanto la desarmaba estaba oculto, pero su presencia seguía allí, en la curva suave de sus labios.Marie permaneció quieta, observándolo. Esperaba sentir el arrepentimiento, la vergüenza o el impulso urgente de huir que tanto conocía. Sin embargo, en su lugar había una calma extraña, casi peligrosa. Como si, por unas horas, hubiera dejado de luchar contra la corriente.Con cuidado, se deslizó fuera de la cama y se puso una camisa de él que encontró tirada en el suelo. El aroma de su piel la envolvió. Se acercó a la ventana y miró hacia las colinas. La tormenta había dejado el paisaje limpio y brillante, como si el mundo también hubiera decidido empezar de n
La lluvia continuó tocando su música insistente contra las vidrieras, como si el cielo se hubiera aliado con ellos para aislar el mundo. Dentro de Dolci Sogni, la luz cálida de las lámparas envolvía todo en un resplandor dorado.Marie y Octavio seguían sentados frente a frente, con las manos aún entrelazadas sobre la mesa. Ninguno había hecho el gesto de separarse.—Quédate —susurró ella, con la voz ligeramente temblorosa—. Solo esta noche. Sin promesas. Solo… quédate.Octavio la miró durante un largo instante, como si estuviera midiendo el peso de aquellas palabras y el riesgo que ambos estaban a punto de tomar. Luego se levantó lentamente, rodeó la mesa y tomó su rostro entre las manos con una delicadeza que contrastaba con la fuerza contenida de sus hombros.—Después de esta noche nada volverá a ser igual —murmuró contra sus labios—. Debes saberlo.El beso comenzó suave, casi reverente. Un roce de labios que contenía todas las palabras que aún no se habían atrevido a decir. Luego s
La lluvia no cesó esa noche. Cayó durante horas con una insistencia casi personal, como si el cielo de Toscana hubiera decidido lavar el polvo acumulado de los últimos años. Dentro de Dolci Sogni, la luz cálida de las lámparas creaba un refugio dorado que contrastaba con el agua golpeando las vidrieras.Marie y Octavio seguían sentados frente a frente, con las manos aún entrelazadas sobre la mesa. Ninguno había hecho el gesto de separarse. El chocolate en las tazas se había enfriado, pero ninguno parecía notarlo.—Háblame de ti —pidió Marie en voz baja—. La verdad. No la versión que le cuentas a los clientes.Octavio guardó silencio unos segundos, mirando sus manos unidas. Su pulgar rozó suavemente el dorso de la mano de ella, un gesto casi inconsciente.—Crecí cambiando de sitio cada cierto tiempo, entre dos mundos y sin pertenecer del todo a ninguno —empezó—. Mi padre nos llevó a España. Viví en Barcelona hasta los quince, luego en Guadalajara. Cuando las cosas se complicaron, crucé
Los días siguientes transcurrieron con una cadencia extraña, como si el tiempo se hubiera vuelto más denso y dulce, parecido al ganache que Marie removía cada mañana en Dolci Sogni. Octavio aparecía casi a diario, nunca con las manos vacías: traía aceitunas recién recogidas, un trozo de queso del mercado o simplemente su presencia tranquila, que sin pedir permiso empezaba a formar parte del paisaje de la chocolatería.No presionaba. No coqueteaba abiertamente. Solo estaba allí.Aquella tarde de finales de octubre, Marie cerró la tienda más temprano. El cielo se había teñido de un gris plomizo y el viento traía olor a lluvia inminente. Estaba limpiando el mostrador cuando el timbre sonó. Octavio entró sacudiéndose gotas de agua del cabello oscuro.—Está empezando a llover fuerte —dijo—. Vine a ver si necesitabas ayuda para cerrar.Marie lo miró. La camisa se le pegaba ligeramente a los hombros. Sintió un cosquilleo incómodo en el estómago, una mezcla de alerta y algo más cálido que no q





Último capítulo