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Capítulo 2 • Limpieza del caos

El polvo de harina flotaba aún en el aire como una niebla dulce y persistente, posándose sobre las encimeras de mármol y las bandejas de trufas que Marie había preparado con esmero esa mañana. Ella permanecía de pie, con los brazos cruzados sobre el delantal, observando cómo el intruso barría el desastre con movimientos precisos y sorprendentemente eficientes para alguien que acababa de caer del techo.

—No tienes que hacerlo —dijo Marie, aunque su voz ya había perdido parte de la aspereza inicial—. Puedo llamar a alguien del pueblo.

Octavio levantó la vista. Un mechón oscuro le caía sobre la frente, salpicado de blanco. Sonrió de medio lado, y aquel hoyuelo volvió a aparecer, peligrosamente encantador.

—Fui yo quien lo ensució, signorina Soler. Déjame compensártelo. Además —añadió, señalando con la barbilla las trufas manchadas—, si quieres abrir mañana con normalidad, vas a necesitar ayuda.

Marie dudó un segundo. Luego, sin decir nada, tomó la otra escoba del rincón y se unió a él. Durante unos minutos solo se escuchó el sonido rítmico de las cerdas contra las baldosas y el lejano rumor del viento entre los olivos.

—¿De verdad te contrataron para restaurar La Limonaia? —preguntó ella al fin, rompiendo el silencio.

Octavio asintió mientras recogía un montón de harina con el recogedor.

—Sí. Me especializo en recuperar casas antiguas. Hoy decidí acercarme caminando desde el pueblo para tener una primera impresión… y terminé aquí.

Marie soltó una risa breve, casi incrédula.

—Qué ironía. Llevo dos semanas evitando ir a la finca y el destino me envía al “arquitecto” encargado de ella… cayendo del techo de mi tienda.

Octavio se incorporó, apoyándose en el mango de la escoba. Sus ojos oscuros la estudiaron con una curiosidad serena, sin presión.

—¿Por qué la estás evitando?

Marie apartó la mirada y comenzó a limpiar una encimera con movimientos más bruscos de lo necesario.

—Es complicado. Mi abuela Elena vivió allí. Murió hace poco. Apenas la conocí, pero dejó claro en su testamento que quería que yo me hiciera cargo. Como si supiera que necesitaba un lugar donde detenerme… aunque yo no esté segura de querer hacerlo.

El silencio que siguió fue más suave. Octavio no insistió. Siguió barriendo, pero sus movimientos se volvieron más cuidadosos, casi respetuosos del espacio de ella.

Cuando terminaron, la cocina volvía a estar presentable, aunque el aroma a harina de almendra impregnaría el ambiente durante horas. Marie preparó dos espressos cortos sin preguntar y le tendió una taza.

—Gracias —dijo él, aceptándola. 

Sus dedos se rozaron un instante. Ninguno apartó la mano de inmediato. Bebieron en silencio junto a la ventana. Fuera, el sol de la tarde doraba las colinas y el campanario de San Vincenzo se recortaba contra el cielo azul profundo.

—¿Quieres ver la finca ahora? —preguntó Octavio en voz baja—. Me serviría que ambos vieramos el estado de conservación. No tienes que entrar si no quieres.

Marie vaciló. Una parte de ella quería negarse, volver a su rutina segura, a sus moldes de silicona y sus horarios controlados. Pero otra parte —la misma que había sentido un aleteo extraño cuando él sonrió cubierto de harina— quería decir que sí.

—Está bien —aceptó finalmente—. Pero solo ver. No prometo quedarme ni tomar ninguna decisión hoy.

Octavio sonrió con suavidad.

—Entendido. Solo ver.

Salieron por la puerta trasera. El aire fresco de octubre les golpeó el rostro, cargado del olor a tierra húmeda y olivos. Caminaron uno al lado del otro por el sendero empedrado que subía hacia las afueras del pueblo. Marie notó que Octavio cojeaba ligeramente del tobillo derecho.

—¿Te lastimaste al caer? —preguntó.

—Un poco. Sobreviviré. He caído en sitios peores.

Ella arqueó una ceja.

—¿Estás diciendo que mi negocio apesta?

Octavio soltó una risa ronca.

—No, no, no. Me refiero a que he restaurado casas totalmente en ruinas. Caer es, lamentablemente, parte del trabajo.

Marie lo miró de reojo. Había algo en su forma de hablar —una mezcla sutil de acentos, una cadencia cálida— que despertaba su curiosidad. Pero no preguntó más. Todavía no. Llegaron a La Limonaia cuando el sol comenzaba a bajar. La finca apareció ante ellos con una belleza serena y algo melancólica: una casa de piedra ocre rodeada de olivos centenarios y un huerto de limoneros salvajes que crecían sin control.

El tejado mostraba varias tejas rotas. La hiedra trepaba por una pared lateral. Marie sintió un nudo en la garganta. Octavio sacó la llave del bolsillo y se la tendió.

—Cuando estés lista.

Marie tomó la llave. Sus dedos se rozaron de nuevo. Esta vez, el contacto se prolongó un segundo más. Empujó la puerta de madera con el corazón latiéndole con fuerza. El interior olía a cerrado, a madera vieja y a un leve perfume de limones que parecía resistirse al paso del tiempo. 

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