El polvo de harina flotaba aún en el aire como una niebla dulce y persistente, posándose sobre las encimeras de mármol y las bandejas de trufas que Marie había preparado con esmero esa mañana. Ella permanecía de pie, con los brazos cruzados sobre el delantal, observando cómo el intruso barría el desastre con movimientos precisos y sorprendentemente eficientes para alguien que acababa de caer del techo.—No tienes que hacerlo —dijo Marie, aunque su voz ya había perdido parte de la aspereza inicial—. Puedo llamar a alguien del pueblo.Octavio levantó la vista. Un mechón oscuro le caía sobre la frente, salpicado de blanco. Sonrió de medio lado, y aquel hoyuelo volvió a aparecer, peligrosamente encantador.—Fui yo quien lo ensució, signorina Soler. Déjame compensártelo. Además —añadió, señalando con la barbilla las trufas manchadas—, si quieres abrir mañana con normalidad, vas a necesitar ayuda.Marie dudó un segundo. Luego, sin decir nada, tomó la otra escoba del rincón y se unió a él. D
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