La luz del amanecer se filtraba tímida por las cortinas entreabiertas del pequeño apartamento sobre Dolci Sogni. Marie despertó primero, envuelta en el calor de un cuerpo que ya no le era extraño. Octavio dormía profundamente a su lado, con un brazo posesivo rodeando su cintura y el rostro relajado contra la almohada. El hoyuelo que tanto la desarmaba estaba oculto, pero su presencia seguía allí, en la curva suave de sus labios.Marie permaneció quieta, observándolo. Esperaba sentir el arrepentimiento, la vergüenza o el impulso urgente de huir que tanto conocía. Sin embargo, en su lugar había una calma extraña, casi peligrosa. Como si, por unas horas, hubiera dejado de luchar contra la corriente.Con cuidado, se deslizó fuera de la cama y se puso una camisa de él que encontró tirada en el suelo. El aroma de su piel la envolvió. Se acercó a la ventana y miró hacia las colinas. La tormenta había dejado el paisaje limpio y brillante, como si el mundo también hubiera decidido empezar de n
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