Inicio / Romance / Cartas caídas del cielo / Capítulo 1 • Encuentro providencial
Capítulo 1 • Encuentro providencial

El sol de octubre se filtraba oblicuo a través de las vidrieras empañadas de Dolci Sogni, bañando de oro las bandejas de trufas recién moldeadas. Marie Soler removía con movimientos precisos una olla de ganache infusionado en lavanda, el ritual que convertía cada mañana en un refugio predecible. El aire estaba saturado de cacao amargo, vainilla bourbon y el leve toque cítrico que había decidido añadir esa misma mañana, casi por capricho. A sus treinta y ocho años, había logrado lo que muchos considerarían un sueño: un negocio propio en San Vincenzo, un pueblo escondido entre las colinas de la Toscana. Lejos del bullicio de Milán. Lejos de las mentiras de Marco. Lejos de la mujer rota que había sido dos años atrás. Pero los sueños cumplidos, había descubierto, suelen tener un regusto más amargo de lo esperado. Dos semanas atrás, una llamada del notario había irrumpido en su rutina.

Su abuela Elena —a quien apenas había conocido— le había dejado en herencia La Limonaia, una antigua finca en las afueras del pueblo: olivos centenarios, un huerto de limoneros salvajes y una casa de piedra que llevaba décadas esperando ser rescatada. Marie había aceptado la herencia por sentido del deber, no por deseo. Aún no había reunido el valor de visitar el lugar. La sola idea de cruzar aquel umbral le provocaba una ansiedad sorda, como si al hacerlo fuera a desenterrar no solo polvo, sino también los fantasmas que tanto se había esforzado en dejar atrás.

Estaba colocando una bandeja de macarons rosados en el escaparate cuando lo oyó: un crujido seco en el tejado, seguido de un golpe sordo que hizo vibrar las estanterías. Y entonces cayó. Un hombre irrumpió desde arriba, atravesando una teja débil del techo colindante al local. Rodó sobre un saco abierto de harina de almendra y levantó una nube blanca que invadió la cocina como una nevada repentina. Marie retrocedió instintivamente, empuñando la espátula de madera como si fuera un arma.

—¿Quién demonios eres tú? —exclamó, la voz más aguda de lo que pretendía.

El intruso se incorporó tosiendo, cubierto de polvo blanco de pies a cabeza. Alto, de hombros anchos y cabello oscuro salpicado de harina, sus ojos intensos brillaban incluso en medio del caos. Se sacudió con torpeza y sonrió. Un hoyuelo apareció en su mejilla izquierda, absurdamente encantador.

—Octavio Serra —dijo, como si aquello lo explicara todo—. Y creo que acabo de arruinar tu mañana.

Marie no bajó la espátula.

—¿Estás loco? ¿Te caíste del tejado de mi tienda?

—Perros —respondió él, señalando vagamente hacia el callejón—. Tres. Bastante grandes. Me persiguieron por el sendero. Intenté escapar trepando por el tejado de la casa vecina y… la teja no aguantó.

Marie lo examinó de arriba abajo. Camisa arrugada, pantalones polvorientos, manos callosas de quien trabaja con ellas. No parecía un ladrón. Parecía exhausto. Y peligrosamente atractivo.

—Esto es propiedad privada —dijo, manteniendo la firmeza—. Sal de aquí antes de que llame a los carabinieri.

Octavio levantó las manos en gesto de paz. Al moverse, un sobre arrugado cayó de su bolsillo trasero. Marie reconoció inmediatamente el membrete del notario del pueblo.

—¿Tú eres la heredera de La Limonaia? —preguntó él, sorprendido.

Marie parpadeó.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque me contrataron para restaurarla y me dieron tu foto —respondió Octavio, sacudiéndose más harina del cabello—. Soy arquitecto y me dedico a restaurar casas. Me dieron las llaves hace dos días, pero aún no había podido subir a evaluar el estado de la estructura. Vine hoy precisamente para eso.

Marie bajó lentamente la espátula. El polvo blanco seguía asentándose sobre las encimeras, sobre sus trufas perfectas, sobre el orden meticuloso que tanto le había costado construir. Y en medio de aquel desastre, un hombre que olía a tierra removida, a sol lejano y a algo indefinible la miraba como si supiera que su llegada acababa de cambiarlo todo.

—Perfecto —murmuró ella, casi para sí misma—. Heredo ruinas en el mismo pueblo donde intentaba empezar de cero… y me cae del cielo el albañil encargado de restaurarla.

Octavio sonrió de nuevo. Aquel hoyuelo traicionero se profundizó.

—Soy arquitecto, pero puedo limpiar esto lo más rápido posible. Y luego, si quieres, te acompaño a ver tu herencia. Al parecer vamos a trabajar juntos, signorina Soler.

Marie cruzó los brazos sobre el delantal manchado de chocolate. Su corazón latía con una fuerza que no era solo por el susto. Había algo en la forma directa y serena en que él la miraba —sin máscaras, sin pretensiones— que removía lugares que creía bien sellados desde la traición de Marco.

No te prometo nada —dijo al fin—. Pero si rompes algo más, te descontaré los daños de tu sueldo.

Octavio asintió y comenzó a arremangarse la camisa.

—Trato hecho.

Mientras él barría el desastre con movimientos seguros y eficientes, Marie lo observó de reojo. No sabía lo que le deparaba el destino. Solo sabía una cosa: su vida, cuidadosamente medida y controlada durante los últimos dos años, acababa de inclinarse de forma peligrosa. Y, por primera vez en mucho tiempo, no tenía ninguna prisa por enderezarla.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP