La lluvia no cesó esa noche. Cayó durante horas con una insistencia casi personal, como si el cielo de Toscana hubiera decidido lavar el polvo acumulado de los últimos años. Dentro de Dolci Sogni, la luz cálida de las lámparas creaba un refugio dorado que contrastaba con el agua golpeando las vidrieras.
Marie y Octavio seguían sentados frente a frente, con las manos aún entrelazadas sobre la mesa. Ninguno había hecho el gesto de separarse. El chocolate en las tazas se había enfriado, pero ningun