Mundo ficciónIniciar sesiónLa tarde siguiente cayó sobre San Vincenzo con una luz dorada y perezosa, como si el otoño se resistiera a marcharse. Marie había pasado el día intentando recuperar el orden en Dolci Sogni: nuevas bandejas de trufas, macarons frescos y el aroma habitual de chocolate que poco a poco borraba el rastro de harina de almendra. Sin embargo, cada vez que cerraba los ojos veía la finca, los limoneros salvajes y la figura de Octavio Serra recortada contra la luz del atardecer.
No esperaba volver a verlo tan pronto.
Poco antes del cierre, el timbre de la puerta sonó. Octavio entró con una bolsa de papel en la mano y una expresión casi tímida que contrastaba con su presencia imponente.
—Traje la cena —dijo sin preámbulos—. Como compensación por el desastre de ayer. Y porque imaginé que no habrías comido nada decente después de la visita a La Limonaia.
Marie arqueó una ceja, cruzando los brazos sobre el delantal.
—¿Siempre eres tan presuntuoso?
Octavio sonrió, y aquel hoyuelo traicionero reapareció.
—Solo cuando siento que debo una disculpa… y una conversación. ¿Aceptas?
Ella dudó. La prudencia le decía que cerrara la puerta, que mantuviera las distancias. Pero el cansancio emocional de los últimos días, sumado a la curiosidad que Octavio despertaba en ella, ganó la partida.
—Está bien —concedió—. Pero solo porque tengo hambre y no me apetece cocinar.
Cerraron la tienda juntos. Octavio extendió sobre una de las mesas un mantel sencillo y sacó de la bolsa pan fresco, queso pecorino, aceitunas, un poco de jamón y una botella de vino tinto del valle. Nada pretencioso. Nada calculado. Solo comida honesta.
Comieron en silencio al principio, sentados uno frente al otro bajo la luz cálida de las lámparas de la chocolatería. Fuera, el pueblo se iba quedando en silencio.
—¿Cómo llegaste a ser arquitecto? —preguntó Marie finalmente, rompiendo el hielo.
Octavio dio un sorbo al vino antes de responder.
—Mi padre era constructor en España. Mi madre, maestra en México. Crecí entre obras y libros. Siempre me gustó la idea de rescatar lo que otros daban por perdido. —La miró con intensidad—. Y tú… ¿chocolatera y traductora? Es una combinación interesante.
Marie sonrió con ironía.
—No se de donde sacaste esa información, pero si, soy traductora de novelas para pagar las cuentas. El chocolate… fue mi forma de sobrevivir cuando dejé Milán. Después de Marco, mi ex novio. Necesitaba algo que pudiera moldear con mis propias manos, algo que no me traicionara.
El nombre de Marco quedó suspendido en el aire. Octavio no preguntó detalles. Solo asintió, como si entendiera más de lo que decía.
—Todos huimos de algo —murmuró—. Viví algunos años en Estados Unidos. Y, como mi padre, crucé un océano para comenzar de nuevo. Tú viniste a Toscana. Tal vez los dos estábamos destinados a encontrarnos en el mismo lugar.
Marie lo miró por encima de su copa. La luz le suavizaba las facciones, pero no ocultaba la fuerza contenida en sus hombros ni la serenidad cansada de sus ojos.
—No busco complicarme, Octavio —dijo con sinceridad—. Mi vida es tranquila. Controlada. Me gusta así.
Él dejó la copa sobre la mesa y se inclinó ligeramente hacia adelante.
—Yo tampoco buscaba complicaciones —respondió—. Pero ayer caí en tu cocina y hoy no puedo dejar de pensar en cómo olía el chocolate cuando entré… ni en cómo me miraste con esa espátula en alto, como si estuvieras dispuesta a defenderme de mí mismo.
Marie sintió un calor traicionero subirle por el cuello. Bajó la mirada.
—No te hagas ilusiones. Solo defendía mi tienda.
Octavio rio suavemente, un sonido ronco y cálido que llenó el espacio entre ellos.
—Entendido. Entonces solo somos una heredera asustada y un arquitecto torpe. Nada más.
—Exacto —dijo ella, aunque ambos sabían que ya era mucho más.
Terminaron de cenar hablando de cosas ligeras: las adecuaciones que La Limonaia necesitaba, los sabores que Marie quería probar la próxima semana. Pero debajo de las palabras fluía una corriente más profunda, una atracción silenciosa que ninguno de los dos estaba dispuesto a nombrar todavía.
Cuando Octavio se levantó para marcharse, se detuvo en la puerta.
—Mañana tengo que subir a la finca para tomar medidas —dijo—. Si quieres acompañarme… la puerta estará abierta.
Marie lo miró un largo instante.
—Lo pensaré.
Octavio asintió y salió a enfrentar la noche. Marie cerró la puerta tras él y se apoyó contra la madera, con el corazón latiéndole con más fuerza de la que quería admitir.
No sabía que el destino ya había empezado a tejer sus hilos con paciencia antigua. Solo sabía que, por primera vez en dos años, la idea de enderezar su vida perfectamente controlada le resultaba mucho menos atractiva.







