Inicio / Romance / Cartas caídas del cielo / Capítulo 5 • La luz entre los limoneros
Capítulo 5 • La luz entre los limoneros

A la mañana siguiente, Marie se sorprendió a sí misma cerrando Dolci Sogni más temprano de lo habitual. No había dormido bien. Las imágenes de la finca —el olor a madera antigua y la presencia serena de Octavio— se habían quedado dando vueltas en su mente como un ganache que no terminaba de cuajar.

Cuando llegó a la fuente de la plaza, Octavio ya la esperaba. Llevaba una camisa de lino clara, pantalones desgastados y una mochila al hombro. El sol le daba de lleno, resaltando el tono bronceado de su piel y el hoyuelo que aparecía incluso cuando no sonreía del todo.

—No estaba seguro de que vendrías —admitió él, con una honestidad que desarmaba.

—Yo tampoco —respondió Marie—. Pero aquí estoy.

Caminaron en silencio por el sendero que subía hacia la finca. El aire era fresco, cargado del aroma de la hierba húmeda y los olivos plateados. Esta vez Octavio apenas cojeaba; el tobillo parecía haber mejorado.

—¿Cómo dormiste? —preguntó él después de un rato.

—Mal —confesó Marie—. Soñé con la casa. Y con la abuela. Y con un hombre que emergió de las sombras.

Octavio rio suavemente, un sonido ronco y cálido que ya empezaba a resultar familiar.

—Al menos en tus sueños los hombres siguen existiendo.

Llegaron a la casa cuando el sol ya estaba alto. Bajo esa luz, la finca parecía diferente: menos melancólica, más viva. Los limoneros brillaban con pequeñas gotas de rocío y los olivos se mecían con la brisa.

Octavio sacó las llaves, pero Marie negó con la cabeza.

—Esta vez abre tú.

Él asintió y empujó la puerta. Entraron juntos. Octavio se movía con profesionalidad, pero también con un respeto casi reverente: tocaba las paredes, observaba las vigas, se agachaba para revisar el suelo. Marie lo seguía en silencio, fascinada por su concentración.

—La mayoría de los cimientos siguen fuertes —murmuró—. La piedra es de calidad. Hay humedad en las paredes, pero nada que no se pueda arreglar. El tejado es lo más urgente… como ya sabemos.

Se detuvo frente a una mesa antigua y se volvió hacia ella.

—¿Quieres que te cuente lo que veo cuando miro esta casa?

Marie asintió.

—Veo un lugar con mucha paz —dijo él con voz pausada—. Un sitio que espera ser habitado. Tiene potencial para ser un hogar hermoso: cocina amplia, habitaciones con luz natural, un huerto que aún da frutos. Pero sobre todo… merece ser cuidado.

Marie tragó saliva. Las palabras de Octavio tocaron algo profundo dentro de ella.

—¿Y si yo no soy la persona indicada para cuidarla? —preguntó en voz baja.

Octavio la miró directamente a los ojos.

—Entonces tal vez la finca te elija a ti de todos modos. A veces los lugares saben mejor que nosotros lo que necesitamos.

Salieron al huerto. El sol caía entre las hojas de los limoneros, creando dibujos de luz y sombra sobre la tierra. Marie se detuvo bajo uno de los árboles más viejos y pasó los dedos por la corteza rugosa.

—En mi familia se defiende la idea de que los limoneros son como las personas —murmuró—. Cuanto más los podas, más fuertes se vuelven… pero si los dejas crecer salvajes, dan los frutos más dulces.

Octavio se acercó. Estaban solos, rodeados de verde y luz dorada. El viento movía las hojas por encima de sus cabezas.

—Marie… —dijo él con voz ronca—. No sé qué pasó en Milán con ese tal Marco. Pero sé que te falló. Y sé que tienes miedo de volver a confiar. No te pido que lo hagas. Solo… no cierres tu corazón.

Ella levantó la mirada. Estaban muy cerca. Tanto que podía ver las motas ámbar en sus ojos oscuros y percibir el leve aroma a tierra y madera que desprendía su piel.

—No soy buena para nadie ahora mismo, Octavio —susurró.

—Tal vez no necesites ser buena —respondió él—. Tal vez solo necesites ser tú.

El momento se estiró, cargado de una tensión dulce y peligrosa. Marie sintió el impulso de dar un paso adelante. Octavio también. Pero ninguno lo hizo.

Finalmente, ella retrocedió un paso y sonrió con tristeza.

—Continuemos. Tengo que abrir la tienda. 

Recorrieron el resto de la propiedad en silencio. Y, al concluir la inspección, caminaron de regreso pero esta vez sus manos se rozaron varias veces por el camino estrecho. Ninguno las apartó.

Al llegar a Dolci Sogni, Octavio se detuvo frente a la puerta.

—Gracias por darme la oportunidad de trabajar en este proyecto… y por tu amena compañía.

Marie lo miró un instante más.

—No tienes que agradecer.

Él sonrió suavemente y se dio la vuelta para marcharse. Marie lo vio alejarse por el callejón, con esa forma de caminar firme y tranquila que ya empezaba a reconocer. Entró en la chocolatería, cerró la puerta y se apoyó contra ella.

Su vida, que tanto esfuerzo le había costado mantener bajo control, acababa de inclinarse un poco más.

Y, por primera vez, se permitió admitir que no le molestaba del todo.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP