Mundo ficciónIniciar sesiónLos días siguientes transcurrieron con una cadencia extraña, como si el tiempo se hubiera vuelto más denso y dulce, parecido al ganache que Marie removía cada mañana en Dolci Sogni. Octavio aparecía casi a diario, nunca con las manos vacías: traía aceitunas recién recogidas, un trozo de queso del mercado o simplemente su presencia tranquila, que sin pedir permiso empezaba a formar parte del paisaje de la chocolatería.
No presionaba. No coqueteaba abiertamente. Solo estaba allí.
Aquella tarde de finales de octubre, Marie cerró la tienda más temprano. El cielo se había teñido de un gris plomizo y el viento traía olor a lluvia inminente. Estaba limpiando el mostrador cuando el timbre sonó. Octavio entró sacudiéndose gotas de agua del cabello oscuro.
—Está empezando a llover fuerte —dijo—. Vine a ver si necesitabas ayuda para cerrar.
Marie lo miró. La camisa se le pegaba ligeramente a los hombros. Sintió un cosquilleo incómodo en el estómago, una mezcla de alerta y algo más cálido que no quería nombrar.
—No hace falta —respondió, aunque su voz sonó menos convincente de lo que pretendía—. Puedo sola.
Octavio no se movió.
—Lo sé. Pero no tienes que hacerlo sola.
Hubo un silencio. Fuera, la lluvia comenzó a caer con más intensidad, golpeando las vidrieras como dedos impacientes. Marie suspiró y le tendió un trapo.
—Está bien. Ayúdame con las bandejas del fondo.
Trabajaron juntos en silencio durante un rato. El sonido de la lluvia creaba una intimidad peligrosa dentro de la tienda iluminada. Cuando terminaron, Marie preparó dos tazas de chocolate caliente —no el de venta, sino uno especial con un toque de hierbabuena que había estado probando— y le ofreció una.
Se sentaron en sillas altas frente a una mesa junto a la ventana. La lluvia caía con fuerza ahora, formando cortinas plateadas que aislaban el mundo exterior.
—¿Por qué huiste de Milán? —preguntó Octavio de pronto, con voz baja y sin mirarla—. Si no quieres contármelo, lo entiendo. Pero me gustaría saber.
Marie rodeó la taza caliente con las manos, buscando calor.
—Porque me rompí —admitió después de un largo silencio—. Marco y yo estuvimos juntos casi diez años. Vivíamos juntos, teníamos planes, abrimos una cafetería… Todo parecía sólido. Hasta que un día llegué temprano a casa y lo encontré en nuestra cama con otra mujer. No fue solo una infidelidad. Fue la forma en que me miró después… como si yo fuera un estorbo que ya no sabía cómo quitarse de encima.
Octavio permaneció en silencio, escuchando con esa atención serena que lo caracterizaba.
—Me fui esa misma noche —continuó Marie—. Le dejé mi parte de la cafetería, abandoné el departamento, cambié de número… y terminé aquí, abriendo esta tienda. Pensé que al controlarlo todo —mis horarios, mis recetas, mi espacio— nadie volvería a hacerme daño.
Octavio dejó su taza sobre la mesa y la miró directamente.
—Y ahora tienes en tus manos algo propio —dijo con suavidad—. Un lugar lleno de recuerdos, recogiendo frutos y acompañada de personas dispuestas a estar a tu lado.
Marie soltó una risa corta y triste.
—Exacto. La vida tiene un gran sentido del humor.
La lluvia arreciaba. Un trueno lejano retumbó sobre las colinas. Octavio se inclinó ligeramente hacia adelante.
—No soy Marco, Marie —dijo con voz grave y serena—. No busco poseerte. Ni salvarte. Solo… quiero conocerte. Y que me conozcas. Sin prisas. Sin promesas que no podamos cumplir.
Marie lo miró. La luz tenue de la tienda le suavizaba las facciones, pero no ocultaba la intensidad de sus ojos. Por primera vez en mucho tiempo, sintió que no quería huir. Quería quedarse exactamente donde estaba.
—No sé si puedo prometerte algo —susurró.
—No te lo estoy pidiendo —respondió él—. Solo estoy aquí. Mientras tú quieras que esté.
El silencio que siguió fue diferente. Más cálido. Más peligroso.
Marie extendió la mano sobre la mesa sin pensarlo demasiado. Octavio la tomó con cuidado, entrelazando sus dedos. El contacto fue simple, pero suficiente para que ambos sintieran que algo importante acababa de moverse dentro de ellos. Fuera, la tormenta seguía rugiendo. Dentro, por primera vez en años, Marie no sintió miedo de la lluvia.







