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Capítulo 3 • El susurro de las hojas

El interior de la casa recibió a Marie con un silencio espeso, casi reverente. El aire olía a madera vieja, a piedra húmeda y a un leve perfume de limones secos que parecía haberse quedado atrapado entre los muros durante décadas. La luz del atardecer entraba sesgada por las contraventanas entreabiertas, dibujando líneas doradas sobre el suelo de terracota agrietado. Marie dio unos pasos lentos, como si temiera despertar algo dormido. Octavio se quedó junto a la puerta, dándole espacio, pero sin alejarse del todo.

—No tienes que entrar si no quieres —dijo en voz baja.

Ella negó con la cabeza, sin volverse.

—Llevo dos semanas huyendo de este lugar. Ya es hora de dejar de hacerlo.

Avanzaron juntos por el salón principal. Los muebles estaban cubiertos con sábanas descoloridas. En una esquina, un viejo piano acumulaba polvo. Marie rozó con los dedos el respaldo de una silla y sintió un escalofrío. Todo parecía detenido en el tiempo, como si su abuela Elena acabara de salir un momento al huerto y fuera a regresar en cualquier instante.

—Era más grande en mis recuerdos —murmuró—. Cuando era niña vine un par de veces. Recuerdo el olor de los limones y la risa de mi abuela… pero poco más.

Octavio se acercó a una de las ventanas y abrió un poco más la contraventana. La luz inundó la estancia, revelando grietas en las paredes y telarañas en los rincones altos.

—La estructura es sólida —dijo con tono profesional, aunque suave—. Los muros de piedra aguantan. El problema principal es el tejado y la humedad en la parte norte. Se puede salvar… y se puede convertir en algo hermoso.

Marie lo miró. La luz dorada le caía sobre el rostro, destacando el polvo de harina que aún le manchaba el cabello. Por un instante, la imagen del hombre que había caído en su cocina se superpuso con la del arquitecto sereno que ahora evaluaba su herencia.

—¿Por qué aceptaste este trabajo? —preguntó ella—. Hay otras casas.

Octavio se apoyó contra el alféizar de la ventana, cruzando los brazos.

—Porque esta tiene alma —respondió simplemente—. Cuando el notario me habló de la finca, recordó a su dueña con cariño. Además… —sonrió con ironía—, necesitaba un proyecto que me obligara a quedarme en un solo sitio por más de unos meses. 

Marie arqueó una ceja.

—¿Eres de los que huyen?

La pregunta salió más directa de lo que pretendía. Octavio la miró a los ojos sin esquivar.

—Fui de los que huyen —corrigió—. Ahora estoy intentando establecerme.

El silencio que siguió fue denso, cargado de cosas no dichas. Marie sintió que el corazón se le aceleraba. Había algo en la forma en que Octavio hablaba —sin dramatismo, sin victimismo— que la desarmaba. Era demasiado honesto. Demasiado cercano.

Se alejó hacia el pasillo que conducía a la cocina. Allí, sobre una mesa de madera antigua, había un jarrón con flores secas y un mantel bordado que aún conservaba algunos hilos de color. Marie pasó los dedos por la tela.

—Mi madre decía que la abuela escribía mucho —dijo en voz baja, casi para sí misma—. Cartas, creo… siempre pensé que era una mujer callada. Tal vez me equivoqué.

Octavio no preguntó más. Se limitó a estar allí, presente, dejando que ella marcara el ritmo.Salieron al huerto trasero. Los limoneros crecían salvajes, cargados de frutos pequeños y dorados. El sol ya se hundía tras las colinas, tiñendo todo de un naranja profundo y melancólico. Marie se detuvo entre los árboles y cerró los ojos, inhalando el aroma familiar.

—Huele igual que en mis recuerdos —susurró.

Octavio se detuvo a su lado. El viento agitó las hojas sobre sus cabezas, como si la finca misma estuviera escuchando.

—Los lugares guardan memoria —dijo él—. Esta finca ha esperado mucho tiempo. Tal vez te estaba esperando a ti.

Marie giró la cabeza hacia él. Estaban muy cerca. Lo suficiente para notar el leve aroma a tierra y madera que desprendía su camisa, mezclado con el resto de harina de almendra. Lo suficiente para ver las motas doradas en sus ojos oscuros.

Por un instante, ninguno se movió.

Luego Marie dio un paso atrás, rompiendo el hechizo.

—Deberíamos volver —dijo, con la voz ligeramente temblorosa—. Ya está oscureciendo.

Octavio asintió, respetando su espacio.

—Como quieras.

Caminaron de regreso al pueblo en silencio, pero un silencio diferente. Ya no era incómodo. Era cargado de posibilidades, de preguntas sin formular y de una atracción que ninguno de los dos estaba dispuesto a nombrar todavía.

Al llegar a la puerta de Dolci Sogni, Marie se detuvo.

—Gracias por acompañarme —dijo—. Y por no hacer demasiadas preguntas.

Octavio metió las manos en los bolsillos, como si necesitara contenerlas.

—Cuando estés lista para volver… o para empezar las obras… estaré hospedado en el hostal del pueblo.

Marie lo miró un segundo más de lo necesario.

—Buenas noches, Octavio.

—Buenas noches, Marie.

Ella entró en la tienda y cerró la puerta. Apoyada contra la madera, soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.  Fuera, Octavio permaneció unos instantes mirando la puerta cerrada. Luego sonrió para sí mismo, sacudió la cabeza y se alejó por el callejón empedrado, cojeando ligeramente. Ninguno de los dos podía imaginar aún cuánto iba a cambiar sus vidas aquella finca… ni cuánto los uniría el destino que ya había empezado a tejer entre ellos.

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