La lluvia continuó tocando su música insistente contra las vidrieras, como si el cielo se hubiera aliado con ellos para aislar el mundo. Dentro de Dolci Sogni, la luz cálida de las lámparas envolvía todo en un resplandor dorado.
Marie y Octavio seguían sentados frente a frente, con las manos aún entrelazadas sobre la mesa. Ninguno había hecho el gesto de separarse.
—Quédate —susurró ella, con la voz ligeramente temblorosa—. Solo esta noche. Sin promesas. Solo… quédate.
Octavio la miró durante u