El tintineo de los cristales de Murano y el murmullo amortiguado de las conversaciones de la alta sociedad flotaban en el aire denso de L'Éclipse, el bar privado más exclusivo del distrito financiero. A esa hora de la noche, el lugar estaba frecuentado únicamente por directores ejecutivos, herederos de grandes fortunas y miembros de la élite que buscaban refugiarse del escrutinio público tras pesadas puertas de madera lacada y cortinajes de terciopelo.
En la esquina más apartada de la barra