El aroma a levadura fresca, mantequilla y corteza dorada transformó por completo la atmósfera usualmente imponente de la cocina de la residencia. Tras haber dejado a Mateo y a Amara en el jardín de infantes —donde los pequeños ya entraban con paso firme y sin mirar atrás—, Elara había decidido que esa mañana le pertenecía por entero a la mujer que le había salvado la vida en sus peores años.
Con las mangas de la blusa enrolladas hasta los codos y rastros de harina blanca en las mejillas, Ela