El zumbido del teléfono rompió la calma de la mañana en la suite principal. Elara se estiró sobre las sábanas, parpadeando contra la claridad que se filtraba por las cortinas. Al registrar el nombre en la pantalla, una sonrisa involuntaria curvó sus labios. No eran ni las ocho y Sophie ya estaba activa.
—Dime que ya estás despierta y que no tengo que mandar a Rosa a sacarte de la cama —la voz de su amiga resonó con esa energía desbordante que ni el embarazo lograba aplacar—. Beatrice me acab