Corrí por el sendero de tierra que llevaba al granero, mis pies apenas tocando el suelo. La furia me impulsaba, la rabia me ardía en las venas. No podía creer que Austros me hubiera ocultado la verdad sobre su vida, no solo a mi, sino a todos sus hermanos, a todos los que me habían recibido con los brazos abiertos en su familia. Mi rostro ardía con la vergüenza y la indignación me sofocaba como una ola.
La imagen de aquella mujer con el pequeño se había grabado en mi memoria como una herida a