Albert Brown nunca olvidaría el momento exacto en que su mundo, ya de por sí complicado, se partió en dos.
Eran las 7:06 a.m. de un lunes cualquiera. Emily aún dormía en su penthouse tras esa noche intensa, inolvidable, llena de piel, susurros y la promesa tácita de un “después”. Y él, que apenas había podido dormir de tanto pensar en lo que eso significaba, contestó su teléfono sin mirar el identificador.
—¿Sí?
—Albert. Soy Gregory. Necesito que tomes el primer vuelo a Londres. La filial tuvo