Albert Brown no sabía qué le dolía más: el mes perdido o la traición disfrazada de cortesía que encontró al regresar.
El penthouse había sido invadido.
Había flores blancas en cada rincón, catálogos de vestidos de novia sobre la mesa, listas de invitados pegadas en la nevera y, como si fuera la burla final… un sobre dorado, cerrado con lacre, esperándolo sobre el piano.
La invitación a su propia boda.
La abrió lentamente, como si de alguna forma aún dudara de lo que ya temía. En la cartulina de