Helena McNeil observaba desde la ventana de su penthouse en la ciudad, el reflejo dorado del atardecer deslizándose sobre los cristales de los edificios como una burla. Había jugado su última carta, y aún podía sentir el eco de la humillación retumbando en su pecho. La audiencia judicial había sellado su destino: orden de alejamiento, pérdida de credibilidad, y una prensa que lentamente comenzaba a dejar de aplaudirla para convertirla en una nota de color.
Pero aún tenía una carta más, una últi