El sol de la mañana se colaba por las cortinas del apartamento en las afueras de Madrid, calentando suavemente la estancia que ya estaba decorada con globos pastel, banderines que decían “¡Feliz 1er Cumpleaños!” y una montaña de regalos envueltos en papeles brillantes con moñitos torcidos. Valeria se había levantado a las seis de la mañana —más emocionada que los propios festejados— y había convertido la sala en una especie de guardería boutique digna de Pinterest.
—¡Corre, Emily! ¡El payaso ll