El aire olía a sal y a pinos. La brisa del mar se colaba entre las cortinas de lino blanco, acariciando el rostro de Emily mientras abría los ojos. Tardó unos segundos en recordar dónde estaba. No era Madrid. No era la oficina. No había ruido de teclados, ni biberones llorando, ni mensajes urgentes. Era… paz.
Y Albert.
Estaba en pie frente a la ventana, descalzo, en bermudas y una camisa suelta de lino, mirando el amanecer sobre la costa mallorquina. Su perfil recortado por el sol le pareció ir