La celda de aislamiento provisional en la Central de Policía era un cubo de cemento húmedo, iluminado por un tubo fluorescente que zumbaba como una mosca atrapada.
El general Augusto Ferrán estaba sentado en el catre, con las manos entrelazadas sobre las rodillas. A pesar de las esposas y del uniforme de detenido que le quedaba pequeño, mantenía la postura erguida. Sonreía. Sabía cómo funcionaba el mundo. Víctor Varela, su abogado, le había enviado un mensaje a través de un guardia comprado: "E