En la habitación de la UCI, el único sonido era el siseo rítmico del respirador artificial y el bip-bip-bip constante del monitor cardíaco.
Nicolás Valente estaba sentado al borde de la cama, violando todas las normas hospitalarias de horario y asepsia. No se había movido en seis horas. Su mano sostenía la de Carmen con una delicadeza que contradecía la violencia de la que era capaz.
Fernando estaba de pie junto a la ventana, mirando la madrugada de la ciudad, rezando en silencio, respetando el