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Capítulo 99: La última noche en el ático.

El Maybach entró al garaje del ático al atardecer, con la nieve fina cayendo suave afuera. Viktor, Sofía y Dimitri bajaron, los tres con caras de satisfacción después de la visita a la casa nueva.

Después de un momento de reflexión de Sofía fuera del edificio, se toma unos segundos más antes de entrar detrás de los chicos. Mientras los tres suben al ascensor, Sofía se acerca a Viktor.

—Es perfecta, amor. Ya me imagino a Alexei corriendo por el jardín y Nikolai gateando por todas partes.

Viktor la abrazó por la cintura, besándole el cuello el cuello con ternura, Dimitri fingiendo ser ciego o mirando a otro lado de que no se dio cuenta.

—Y a ti mandando desde la oficina con vista al bosque, amor. Nuestra, en familia.

Dimitri rió ligeramente incómodo pero ya acostumbrado y contento por ambos, abre la puerta del ascensor cuando este ya se detiene.

—Y a mí visitando cada fin de semana para que doña María me dé arepas.

Se rieron por el pasillo de las ocurrencias de Dimitri y caminaron por el pasillo hasta llegar a la puerta.

Al abrir la puerta del ático, los recibió olor a comida recién servida y música suave de fondo, empanadas, arroz con coco, jugo de guanábana. Doña María y Ana habían terminado de empacar las cajas finales, y organizado una pequeña fiesta de despedida.

Alexei corrió hacia ellos con sus piecesitos descalzos haciendo taps sobre el suelo.

—¡Papá! ¡Mamá! ¡Fiesta!

Nikolai gorgoteaba feliz en brazos de Ana. Doña María salió con delantal y una sonrisa bien amplia y alegre.

—¡Mis exploradores! ¡Llegaron! ¡La casa nueva es perfecta, Dimitri me mandó fotos! ¡Ahora celebramos que nos mudamos!

Ana abrazó a Sofía feliz por ambos, por toda la familia.

—Todo empacado. Solo quedan cosas personales. Y preparamos cena de despedida.

Se sentaron todos, la mesa servida con varios platos tradicionales, velas, fotos viejas del ático esparcidas.

En la charla animada, Dimitri contaba detalles de la casa, doña María planeando su cuarto con plantas, Ana bromeando con Dimitri sobre “su” espacio en visitas. Alexei comiendo empanadas, Nikolai durmiendo poquito en moisés.

Sofía miró alrededor, nostálgica y soltando un leve suspiro casi de tristeza.

—Este ático vio todo, de dolor a esto. Me da algo de nostalgia dejarlo así como así.

Viktor le apretó la mano con cariño queriendo absorber un poquito de su dolor.

—Pero la nueva verá más felicidad, traerá mejores cosas, construiremos nuevos recuerdos, fotos, prosperidad...

Doña María levantó vaso de jugo con emoción al escuchar las palabras de su querido yerno tatuado.

—¡Brindis! ¡Por casa nueva, niños sanos y familia loca!

Todos brindaron, risas y besos, mientras pasaban las horas, llegó la noche, los niños durmiendo ya en su habitación compartida, doña María y Ana retirándose temprano por cansancio de haber empacado ya todo.

Viktor y Sofía solos una vez más.

Al día siguiente, camión de mudanza llegó temprano. Todos se adelantaron: doña María, Ana, Dimitri con niños y cajas primeras. Viktor y Sofía se quedaron “para cerrar detalles”.

La puerta quedó cerrada detrás de ellos, quedando ambos dentro del ático ya vacío, con solo las paredes y ventanales iluminados por la luz solar.

Viktor la abrazó con cuidado contra la pared del salón vacío, besándola lenta y profundamente, sus lenguas danzando un tango prohibido que sólo ellos dos pueden compartir, las manos de él en su cintura regordeta por el posparto.

—Última vez aquí, mi amor, mi esposa, mi Sofía… despidiéndonos de todo.»

Ella gimió un poco, se escuchó en un suave eco dentro del lugar, le quitó la camisa, sus dedos que se deslizan por su pecho tatuado.

—De los recuerdos duros… del dolor… de las aventuras que nos trajeron aquí.

Lo llevó al dormitorio principal, la cama aún estaba puesta, las sábanas blancas como aquella primera noche brutal.

Se desnudaron lentamente con suaves caricias, mirándose el uno al otro llenos de devoción.

Viktor la tumbó suavemente sobre su espalda, le besó cada centímetro, su cuello, sus pechos, pancita que llevó a Alexei y Nikolai, y por último... entre las piernas.

Lamió despacio cada recoveco, su lengua danzando dentro de ella, dos dedos curvados, chupando su perla brillante hasta que ella se arqueó contra él, temblando como gelatina ante la intensidad, y gimiendo su nombre.

—Viktor… amor… sí…

La hizo venir en una liberación larga y chorreante, lágrimas de placer en sus ojos vidriosos y satisfechos.

Luego entró lento, la pose del misionero, mirándola fijamente con adoración y placer.

—De violencia a esto… amor, un amor puro por ti, me cambiaste, reina mía.

Se movió más rápido, más profundamente, fuerte pero tierno, mano con las manos de él y ella entrelazadas.

Ella clavó uñas por la intensidad y se empujó hacia él.

—Borrar esa noche y… lléname de esta, hazme recordar este día como el mejor de todos.

Ambos aceleraron, sudorosos, cama crujiendo por última vez, el sonido de carne contra carne se escuchaba por todo el ático vacío haciendo eco en las paredes.

Se corrieron juntos, ella apretándolo dentro, él derrumbándose contra su pecho, jadeando, después de unos minutos fue por detrás, ella de lado, él entrando suave, mano en su pecho, besando su hombro.

—Despidiendo el pasado… bienvenido futuro.— gruñó con la voz llena de esfuerzo y placer.

Otra vez, lento al principio, fuerte después, corriéndose temblando, luego una tercera, ella encima, cabalgando despacio, manos en su pecho.

—Mi rey limpio… mío para siempre.

Lo apretó dentro, moviéndose en círculos, hasta que él rugió bajito y se corrió, ella siguiéndolo. Exhaustos, sudorosos, se quedaron abrazados en la cama vacía casi.

—Adiós ático… hola casa nueva.— susurró ella.

Él besó su frente.

—Contigo, cualquier lugar es hogar, mi amor.

Se vistieron, cerraron puerta por última vez. Mudanza completa. Nueva etapa. Y nuevas aventuras.

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