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Capítulo 64: Celos tontos por posparto.

Han pasado nueve días exactos desde que Doña María besó a su nieto por última vez en el aeropuerto, le dio un último abrazo a Viktor (Cuida de mis amores, hijo) y se subió al avión privado rumbo a San Petersburgo. El ático ha vuelto a su ritmo habitual: silencio de acero por la mañana, órdenes de Sofía por la tarde y noches donde solo se oyen gemidos y el río Moscova abajo.

Torre de cristal, planta 47. 11:27 a.m.

La nueva secretaria se llamaba Katya: veintitrés años, piernas hasta el techo, labios rojos y una blusa blanca que parecía dos tallas menos.

Dimitri la había contratado “porque currículum impecable”.

Error.

Katya entró en la oficina principal con una carpeta, tacones resonando como disparos.

Viktor estaba de pie junto al ventanal, hablando por teléfono, Alexei en el portabebé contra su pecho dormidito.

Katya se acercó demasiado, sonrisa de anuncio de dentífrico.

—Señor Ivanov, aquí tiene los contratos de Sochi… si necesita que se los explique en detalle, estoy disponible las 24 horas.

Y apoyó la mano en su antebrazo, justo donde la camisa estaba arremangada.

Viktor ni se inmutó, él ya estaba acostumbrado, pero la puerta se abrió de golpe.

Sofía entró empujando el carrito del café, vestida con un conjunto negro ceñido que gritaba “acabo de dar de mamar y sigo siendo la jefa”.

Vio la mano de Katya.

Vio la sonrisa de Katya.

Y el mundo se volvió rojo.

Katya palideció al reconocerla.

—Señora Ivanov, yo solo…

Sofía levantó una mano.

—Treinta segundos para recoger tus cosas y desaparecer. Si en treinta y un segundos todavía huelo tu perfume barato aquí, te echo por el balcón.

Empieza a contar.

Katya salió corriendo. Literalmente corrió.

Viktor colgó el teléfono, miró a Sofía con una ceja alzada y una sonrisa peligrosa.

—¿Celosa, reina?

Sofía cerró la puerta con pestillo, giró el cartelito de “NO MOLESTAR” y se acercó despacio.

Silencio.

Sofía se gira hacia Viktor. Cruza los brazos.

Él levanta las manos en señal de rendición.

—Ni siquiera la miré, reina. Te lo juro por Alexei.

Ella se acerca despacio, rodea el escritorio como una pantera.

—¿Ah, no? ¿Entonces por qué tienes la cremallera medio bajada, amor?

Viktor mira abajo. Está perfecta.

Sofía sonríe, peligrosa.

—Era broma. Pero me encanta verte sudar.

Se para delante de él, le agarra la corbata de seda negra y tira fuerte hasta que Viktor se pone de pie.

—Hoy vas a aprender una lección que se te olvidó, rey destronado.

Con un movimiento rápido le quita la chaqueta, le desabrocha la camisa botón a botón, le baja los tirantes… y usa la corbata para atarle las muñecas a la espalda, nudo marinero, apretado, profesional.

Viktor ya está duro solo de verla mandar.

Sofía lo empuja hasta la silla presidencial de cuero negro y lo sienta a la fuerza.

—Quieto.

Se sube a horcajadas sobre él, le sube la falda hasta la cintura, sin bragas, nunca lleva cuando viene a la oficina y le baja la cremallera con una mano mientras con la otra le agarra la mandíbula.

—Mírame.

Él obedece. Ojos grises ardiendo.

—Este mazo enorme y venoso es mío, todo mío. Esta oficina es mía. Esta torre es mía. ¿Entendido?

—Sí, reina —susurra él, voz ronca.

Ella se hunde despacio, centímetro a centímetro, hasta que los dos jadean. Empieza a moverse: lento al principio, tortura pura, luego más rápido, más fuerte. La silla cruje. Los papeles vuelan.

Viktor tira de las ataduras, quiere tocarla, pero no puede. Solo puede recibir.

—Joder, Sofía… por favor…

—Silencio. Hoy hablo yo.

Le tapa la boca con la mano mientras cabalga más fuerte, los pechos rebotando dentro del vestido, el pelo cayéndole en la cara. Lo lleva al borde y se para. Tres veces. Hasta que él suplica de verdad.

—Dime de quién eres.

—Tuyo. Solo tuyo. Siempre tuyo.

Solo entonces le deja venirse, apretándolo dentro mientras ella se viene también, mordiéndole el cuello para no gritar.

Después se queda sentada encima, respirando contra su boca.

—Y la próxima secretaria que contrates será lesbiana, mayor de sesenta o te corto el pit*, ¿estamos?

Viktor, todavía atado, sonríe como idiota.

—Trato, mi reina.

Sofía le desata las muñecas, le besa la marca roja de la corbata y se arregla el vestido.

—Ahora ve a recursos humanos y dile que la próxima vez que necesitemos secretaria me consulten a mí.

Se gira para irse. En la puerta se para, lo mira por encima del hombro.

—Y esta noche repites la lección en casa. Pero con las esposas de verdad.

Cierra la puerta.

Viktor se queda ahí, camisa abierta, corbata en la mano, sonrisa de oreja a oreja y la certeza absoluta de que nunca ha estado más enamorado ni más jodido en su vida.

Viktor aún sigue solo en la oficina, todavía sentado en la silla presidencial, con la respiración agitada y su miembro latiendo dentro de los pantalones a medio subir.

La corbata cuelga floja de su mano derecha, marcada con el olor de ella y con las huellas rojas de sus muñecas.

Se ríe solo, una risa baja, rendida, feliz.

Se levanta despacio, se mira en el reflejo del ventanal: camisa abierta, marcas de uñas frescas en el pecho, mordisco morado en el cuello, labios hinchados. Parece que lo han pasado por una trituradora de deseo y ha salido vivo. Y nunca se ha sentido más vivo.

Camina hasta el baño privado, se lava la cara con agua fría y se mira otra vez en el espejo.

—Joder, Volkov… estás perdido—, se dice.

Y le encanta estarlo.

Se arregla la camisa como puede, se anuda la corbata, la misma que hace cinco minutos lo tenía atado y suplicando, y sale al pasillo.

Los empleados lo ven pasar y bajan la mirada al instante. Todos saben lo que ha pasado. Nadie dice nada.

Dimitri, apoyado en la pared con los brazos cruzados, le lanza una mirada de —te lo advertí, jefe— y una sonrisa torcida.

—¿Todo bien?

—Nunca mejor —responde Viktor, con la voz todavía ronca de gemidos.

Llega a Recursos Humanos. La jefa del departamento, una mujer de cincuenta y tantos con cara de pocos amigos, levanta la vista.

—Necesito que la próxima secretaria sea mayor de sesenta, lesbiana declarada o monja de clausura. Mejor las tres cosas a la vez.

La mujer arquea una ceja.

—¿Problemas con la última?

—Problemas con mi reina. Y cuando mi reina habla, yo obedezco.

La mujer anota sin inmutarse.

—Entendido, señor Volkov.

Viktor vuelve al despacho, cierra la puerta y se sienta otra vez en la silla. Aún huele a ella. A su perfume caro, a su aroma, a su poder. Cierra los ojos y revive cada segundo: la forma en que se subió encima, cómo lo miró mientras lo torturaba, cómo le apretó justo cuando él ya no podía más…

Se le pone dura otra vez solo de recordarlo.

Saca el móvil y le escribe:

Viktor:

—Ya está hecho. Próxima secretaria = abuela lesbiana. Te amo, reina. Y sí, esta noche las esposas. Pero esta vez yo también quiero jugar.

Sofía responde en menos de diez segundos:

Sofía:

—Tú no juegas, amor. Tú obedeces.

Y tráete la corbata manchada a casa.

Quiero olerte en ella mientras te monto otra vez.

Viktor suelta un gruñido bajo y se ajusta los pantalones.

Mira el reloj: faltan siete horas para salir.

Siete horas que van a ser una p*ta eternidad.

Se levanta, abre el cajón secreto del escritorio y saca las esposas de acero forradas de terciopelo negro que compró después de la última vez que ella lo amenazó con ellas. Las guarda en el bolsillo interior de la chaqueta.

Sonríe para sí.

—Vas a arrepentirte de haberme dado ideas, reina.

Cierra el cajón, respira hondo y vuelve al trabajo…

aunque ya no puede concentrarse en números ni en contratos. Solo piensa en la noche que viene: en Sofía desnuda, en él atándola a ella esta vez, en sus gemidos cuando le devuelva cada segundo de tortura con intereses.

Y en algún lugar de la planta de arriba, Sofía está sentada en su despacho, con las piernas cruzadas, leyendo el mensaje y mordiéndose el labio. Sabe exactamente lo que él está tramando.

Y está deseando que lo intente.

Porque cuando Viktor crea que ha recuperado el control… ella se lo va a quitar otra vez.

Más fuerte.

Más sucio.

Más suyo.

Y así, entre oficinas de cristal y promesas de castigo, siguen construyendo su imperio:

uno hecho de celos, de deseo y de un amor que quema todo lo que toca.

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