Epílogo: Donde el amor se queda y la historia respira.
El invierno se había ido sin hacer ruido.
Como si, después de todo lo ocurrido, incluso el frío hubiera entendido que ya no tenía lugar ahí.
La mansión Ivanov no era la misma… pero no porque hubiese cambiado su estructura, ni sus muros, ni sus ventanales enormes que dejaban entrar la luz de Moscú. Había cambiado lo que se sentía dentro.
Ya no había tensión escondida en los pasillos.
Ya no había silencios pesados en las esquinas.
Había vida, vida de verdad, risas, pasos pequeños corriendo s