Mundo ficciónIniciar sesiónY desde San Petersburgo, la madre de Sofía viajó hasta el aeropuerto de destino.
Aeropuerto de Sheremétievo, 11:42 a.m. Un vuelo desde Sevilla con escala en Estambul acaba de aterrizar. Viktor está más nervioso que la primera vez que mató a alguien. Lleva traje gris oscuro, camisa blanca impecable, el pelo perfectamente peinado… y suda como si estuviera en un interrogatorio del FSB. Además de que, Sofía le había contado la historia de como ella terminó en sus manos, el asesinato de su padre, de como había tratado a Sofía desde un principio, y ahora debía lidiar con la situación de una suegra que todavía no conoce. Sofía, a su lado, va de negro total, gafas de sol enormes, Alexei en un portabebés pegado al pecho como si fuera un chaleco antibalas de ternura. Lo mira de reojo y se ríe bajito. —¿Desde cuándo el gran Viktor Volkov tiene miedo de una señora de setenta años con bastón? —Cállate —gruñe él, ajustándose el nudo de la corbata por décima vez—. Tu madre me odia. Me lo dijo por teléfono: “Si le haces daño a mi niña te corto los huevos con la tijera de podar”. Sofía se ríe más fuerte. —Relájate. Solo viene a conocer a su nieto… y a ver si sigues vivo después de lo que le conté. Las puertas automáticas se abren. Y ahí está. Doña María. Metro cincuenta y cinco, bastón en mano, moño gris perfecto, vestido floreado y mirada que podría derretir acero. Lleva una maleta pequeña y una bolsa de tela llena de jamón ibérico y chorizo “porque en Rusia no saben comer”. Sofía corre hacia ella con los brazos abiertos (bueno, todo lo que puede correr con el bebé pegado). —¡Mamáááá! Se abrazan fuerte. Alexei, curioso, estira la manita y agarra un mechón del moño de la abuela. Doña María se derrite al instante. —Ay, Dios mío… pero qué cosa más bonita… Mira qué ojos, igualitos a los de su madre. Luego levanta la vista… y clava los ojos en Viktor. Él traga saliva. Da un paso adelante, serio, y extiende la mano. —Señora María… un placer volver a verla. Doña María lo mira de arriba abajo, sin soltar el bastón. Silencio incómodo. Hasta los guardias de seguridad se apartan un poco. Y entonces… ella sonríe. Una sonrisa enorme, arrugada, sincera. —Ven aquí, grandullón. Y lo abraza. Con fuerza. Con todo el cuerpo pequeño apretando contra el pecho tatuado de él. Viktor se queda tieso dos segundos… y de repente siente que se le rompe algo dentro. Los brazos le caen a los lados, luego la rodea con cuidado, como si temiera romperla, y entierra la cara en su hombro. —Gracias por venir —susurra, y la voz se le quiebra como a un crío. Doña María le da palmaditas en la espalda. —Gracias a ti, Viktor. Por hacer feliz a mi niña. Por darle este angelito. Y por no ser el cabrón que yo pensaba que eras. Sofía los mira desde un lado, con los ojos brillantes, ambos saben que al principio no habían sido así, pero tampoco iban a decirle, claro está. Alexei suelta un gorjeo feliz, como si entendiera todo. En el coche de vuelta, el Mercedes blindado, obviamente, Doña María va sentada atrás con Sofía y el bebé. Viktor conduce, mirando por el retrovisor cada dos segundos. —¿Y tú comes bien, hijo? —pregunta la señora de repente. —Sí, señora. —¿Seguro? Porque estás más delgado. Aquí traigo chorizo, jamón, pimentón… esta noche te hago un cocido como Dios manda. Viktor sonríe como idiota. —Se lo agradezco mucho. Llegan al ático. Doña María entra, mira los ventanales, la vista de Moscú, silba bajito. —Joder, qué barbaridad. —Mamá… —ríe Sofía. — lenguaje. —Con perdón. Pero joder. Se sienta en el sofá, toma a Alexei en brazos y empieza a hablarle en andaluz puro: —Mira qué príncipe, abuelita te va a malcriar, sí señor… y a tu padre también, que lo veo muy pálido el pobre. Viktor se queda de pie, sin saber qué hacer con las manos. Doña María levanta la vista. —¿A qué esperas, muchacho? Ven, siéntate aquí. Él obedece al instante. Se sienta al lado. Ella le coge la mano grande y tatuada entre las suyas, pequeñas y llenas de manchas de edad. —Escúchame bien, Viktor Volkov. Él traga saliva otra vez. —Tú le has dado a mi hija lo que nadie pudo: seguridad, amor de verdad y este niño precioso. Yo pensé que nunca vería a Sofía feliz de verdad. Y mírala ahora… brilla. Le aprieta la mano. —Gracias. De corazón. Por quererla como se merece. Y si alguna vez le haces llorar… te corto los huevos con la tijera de podar, ¿estamos? Viktor suelta una carcajada que se convierte en… algo más. Los ojos se le ponen rojos. Una lágrima gorda le cae por la mejilla tatuada. Y ya no puede más. Se inclina hacia delante, apoya la frente en el hombro de Doña María y llora como un niño chico. Silencioso, pero profundo. Todo el cansancio, todo el miedo, todo el amor que lleva dentro sale en ese momento. Doña María le acaricia el pelo como a un hijo. —Ea, ea… ya está, mi niño… ya está… Sofía se acerca por detrás, se arrodilla y los abraza a los tres: a su madre, a su hombre y a su bebé. Los cuatro enredados en el sofá más caro de Moscú, llorando y riendo al mismo tiempo. Y Viktor, entre hipos, susurra contra el vestido floreado: —Nunca conocí a madre… gracias por ser la mía ahora. Doña María le besa la frente. —Pues ya la tienes, tonto. Y no te vas a librar de mí ni aunque quieras. Alexei suelta un gritito feliz y les mea encima a los tres. Y así, entre meados de bebé, lágrimas de hombre duro y risas de abuela andaluza, se forma la familia más extraña y más perfecta que jamás tuvo Rusia. La noche cae sobre Moscú como una manta pesada y azul. Doña María, acaba de acostar al bebé en la cuna del cuarto de invitados. Cierra la puerta con cuidado infinito y vuelve al salón arrastrando un poco el bastón, pero con la espalda recta de siempre. Sofía ya está dormida en el sofá, agotada de tanto reír y llorar. Viktor la cubre con una manta fina y le da un beso en la frente. Luego mira a la señora. —¿Un té, doña María? ¿O prefiere algo más fuerte? —Un coñac, hijo. Doble. Que hoy toca hablar de cosas serias. Viktor sirve dos copas generosas y se sientan frente a frente en los sillones de cuero. La ciudad brilla abajo, pero dentro solo hay luz tenue y silencio. Él respira hondo, como quien se prepara para saltar al vacío. —Se arrodilla delante de ella, literalmente de rodillas, y coge las manos pequeñas y arrugadas entre las suyas enormes. —Señora… María… Necesito decirle algo que llevo cargando como una losa desde hace años. Ella lo mira sin parpadear. Ya sabe lo que viene. Sofía se lo contó todo cuando fue a visitarla sola a España, con siete meses de tripa y los ojos hinchados de llorar. —Sé que fui yo quien mató a su marido —dice Viktor, voz baja, temblorosa—. Al padre de Sofía, sé que fue por traición, que me había infiltrado información a los chechenos… pero eso no quita que yo apreté el gatillo sin piedad. Y sé que por eso, seguramente usted me odia y con razón. Doña María no aparta la mirada. Solo aprieta sus manos. —Continúa, muchacho. —También sé que traté a su hija como basura al principio. La encerré, la humillé, la hice sufrir… Pensé que era la forma de controlarlo todo. Estaba roto, señora. Pero no tengo excusa. Le hice daño a la mujer que ahora es mi vida entera. Y a usted le quité al hombre con el que compartió sus años. Una lágrima le cae a Viktor por la mejilla. No la limpia. Que caiga. —Le pido perdón. De corazón y de rodillas. No espero que me perdone hoy, ni mañana… pero quiero que sepa que haré lo que sea para darle salud, para cuidarla, para que nunca le falte nada. Si quiere quedarse aquí para siempre, este ático es suyo. Tiene su habitación, su baño, su vista al río… y a su nieto cada mañana. Doña María suspira largo, profundo. Le acaricia la mejilla con el dorso de la mano. —Ay, Viktor… Mi marido era un buen hombre, pero también era débil. Vendió a su propia gente por dinero rápido. Tú hiciste lo que tenías que hacer en ese mundo de lobos. Yo lo lloré, sí… pero también entendí. Y lo que le hiciste a mi Sofía… eso sí me dolió más. Pero mira ahora: la hiciste madre, la hiciste reina, la hiciste feliz de una forma que yo nunca vi. Eso no lo borra todo, pero lo cura. Viktor baja la cabeza, los hombros le tiemblan. Doña María se inclina, le levanta la barbilla con dos dedos. —No me voy a quedar para siempre, hijo. Mi casa está en San Petersburgo, con mis rosales y mis vecinas cotillas. Pero estas puertas… —señala con el bastón todo el ático— siempre estarán abiertas para mí, ¿verdad? —Siempre —responde él sin dudar—. Y el jet privado también. Cuando quiera, donde quiera. —Pues entonces estamos en paz. Se inclina y lo abraza. Él la rodea con cuidado, como si fuera de cristal, y llora contra su hombro otra vez. Esta vez sin vergüenza, sin contención. —Gracias… mamá —susurra por primera vez. Doña María sonríe contra su pelo. —Ea, ea… mi niño grande. Ahora levántate, que te vas a arrugar el traje. Se separan. Ella le seca las lágrimas con el borde de su pañuelo bordado. —Y otra cosa: mañana me enseñarás a hacer blinis, que yo traigo pimentón de La Vera y vamos a dejar a los rusos con la boca abierta. Viktor suelta una carcajada mojada. —Trato. Se levantan. Él la acompaña hasta la puerta de su habitación, le besa la mano como a una reina. —Buenas noches, mamá. —Buenas noches, hijo. Y cuando cierra la puerta, Viktor se queda un segundo en el pasillo, respirando como si le hubieran quitado diez toneladas de encima. Después va al salón, coge a Sofía en brazos sin despertarla y la lleva a la cama. Se mete con ella, la abraza fuerte por detrás y susurra contra su nuca: —Todo está perdonado, reina. Todo. Y por primera vez en años, Viktor Volkov siente que todos los demonios internos, han descansado.






