Mundo ficciónIniciar sesiónViernes por la tarde, 300 km al norte de Moscú.
Un refugio de madera y piedra perdido en el bosque de abetos, el único lugar donde Viktor prometió “desconectar del mundo por 48 horas”. Solo ellos tres: él, Sofía y Alexei. Ni Dimitri, ni guardias, ni teléfonos con cobertura. Solo nieve, silencio y una chimenea que ya crepita desde que llegaron. Pero Rusia no entiende de planes románticos. A las 20:14 la tormenta estalla de golpe. El viento aúlla como un lobo herido, la nieve golpea los ventanales como balas de algodón, la luz parpadea tres veces y se va para siempre. Oscuridad total. Alexei, que llevaba dormido dos horas en la mochila-cuna junto a la chimenea, ni se inmuta. Respira tranquilo, envuelto en su saco de plumas, con el osito que le trajo la abuela María apretado contra la mejilla. Sofía y Viktor se miran en la penumbra anaranjada del fuego. —Bueno… parece que nos quedamos sin luz, sin calefacción y sin salida hasta mañana —dice ella, con una sonrisa lenta. Viktor se quita la camiseta de un solo movimiento. —Perfecto. Así no hay excusas para no mantenernos calientes. Se acerca a la chimenea, echa dos troncos más y el fuego ruge agradecido. Las llamas pintan sus cuerpos de oro y sombras: él en pantalones de chándal grises que cuelgan bajos en las caderas, ella en una sudadera oversized de él y nada más debajo. Sofía se sienta en la alfombra gruesa delante del hogar, estira las piernas y abre los brazos. —Ven aquí, rey destronado. Tu reina tiene frío. Viktor se tumba a su lado, la abraza por detrás y la pega a su pecho. El calor de la chimenea por delante, el calor de su cuerpo por detrás. Sus manos grandes le cubren la barriga, suben despacio hasta los pechos, los aprietan suave. —Así está mejor —susurra contra su nuca. Empiezan lento. Muy lento. Como si tuvieran todo el tiempo del mundo y la tormenta afuera les hubiera regalado una burbuja donde nadie más existe. Viktor le besa el hombro, el cuello, la oreja. Le baja la sudadera por un brazo y chupa el pezón que todavía sabe a leche materna y a ella. Sofía suspira, arquea la espalda, se frota contra la erección que ya le presiona el culo. —No despiertes al zar pequeño —susurra ella, divertida. —Imposible. Ese niño duerme más profundo que tú después de tres orgasmos. Ella se ríe bajito y se gira entre sus brazos. Se besan despacio, profundo, con lengua y dientes y suspiros que se mezclan con el crepitar de la madera. Las manos de Viktor bajan por su espalda, le agarran el culo, la levantan sin esfuerzo y la sientan a horcajadas sobre él. La sudadera desaparece. Los pantalones de él también. Se quedan desnudos frente al fuego, piel con piel, el frío del suelo contrastando con el calor que se les sube por dentro. Sofía le acaricia la cara, le pasa los dedos por la barba de dos días, por la cicatriz de la ceja, por los labios. —Te quiero tanto que a veces me da miedo —confiesa en voz muy baja. Viktor le coge la mano, le besa la palma. —A mí me da más miedo no tenerte. Se hunde en ella despacio, centímetro a centímetro, mirándose a los ojos. Nada de prisas. Nada de órdenes. Solo ellos dos y el fuego que los ilumina. Sofía empieza a moverse en círculos lentos, apretándolo dentro, gimiendo contra su boca. Viktor le agarra las caderas, la ayuda a subir y bajar, le besa los pechos, le chupa el cuello hasta dejarle marcas nuevas. La nieve golpea el orgasmo primero: suave, largo, como una ola que la recorre entera. Se queda temblando encima de él, escondiendo la cara en su cuello. Viktor la abraza fuerte y se deja ir dentro con un gruñido ahogado, derramándose caliente mientras le susurra cosas en ruso que suenan a oración y a pecado al mismo tiempo. Se quedan así, unidos, respirando el mismo aire, con el fuego chisporroteando y la tormenta rugiendo afuera. Después, Viktor la envuelve en una manta gruesa, la pega a su pecho y se tumba de lado en la alfombra, los dos mirando las llamas. —¿Sabes qué es lo mejor de estar atrapados por la nieve? —pregunta ella, voz somnolienta. —Dime. —Que nadie puede interrumpirnos hasta que salgamos de aquí. Viktor sonríe contra su pelo. —Entonces vamos a tardar mucho en salir, reina. Alexei suelta un suspiro en sueños desde la cuna. La chimenea cruje. La nieve sigue cayendo. Y dentro del refugio, la familia más peligrosa de Rusia se calienta con algo mucho más fuerte que el fuego, con amor lento, profundo y sin fecha de caducidad. El fuego baja un poco, pero ninguno de los dos se mueve para echar más leña. Están demasiado ocupados sintiéndose el uno al otro. Siguen abrazados bajo la manta, Sofía recostada entre sus piernas, la espalda contra su pecho, él acariciándole el vientre con una lentitud que ya no es calma, es necesidad contenida. Viktor le besa el hueco detrás de la oreja y susurra, voz ronca y baja: —¿Sabes qué llevo meses queriendo hacerte, reina? —Dime. —Ponerte un anillo. Uno negro, grande, que todo el mundo vea y sepa que eres mía para siempre. Casarme contigo. Ya. Sin esperar más. Sofía se tensa un segundo, apenas perceptible, pero él lo nota. Se gira un poco, lo mira por encima del hombro con esa sonrisa medio burlona que lo vuelve loco. —Veremos, amor… —¿Veremos? La palabra le cae como un jarro de agua helada en la entrepierna. Viktor frunce el ceño. —¿Veremos? Te juro, te juro que llevo meses con el p*to anillo en el cajón, Sofía, lo compré justo cuando te fuiste a visitar a tu madre en San Petersburgo. —Y yo llevo meses disfrutando de verte sufrir un poquito —responde ella, traviesa, rozándole la p*lla con el trasero a propósito. Él suelta un gruñido bajo, mitad risa, mitad animal herido. —¿Eso es un juego para ti?— reverbera. —Un poco —admite ella, mordiéndose el labio—. Me encanta verte desesperado. Viktor ya no puede más. De un movimiento rápido la agarra por las caderas, la da vuelta boca abajo sobre la alfombra gruesa y se pone encima, cubriéndola entera con su cuerpo. La manta vuela al suelo. El fuego los ilumina por detrás, proyectando sombras gigantes en la pared. —Pues ahora vas a sufrir tú, reina —susurra contra su oído, voz peligrosa. Le separa las piernas con la rodilla, le agarra las muñecas con una mano y se las pone en la nuca. Con la otra mano libre le levanta sus caderas hasta dejarla de rodillas, trasero en pompa, cara contra la alfombra. —Viktor… —Ni una palabra. Solo gime. Y entra de una sola estocada, profunda, brutal, hasta el fondo. Sofía ahoga un grito contra la lana, arquea la espalda, se agarra a la alfombra con las uñas. Él la toma pegado, restregado, sin piedad. Cada embestida es un "¿veremos?" convertido en carne. Cada cachetada suave que hace temblar las nalgas es un "cásate conmigo, joder". Cada vez que se retira hasta la punta y vuelve a clavarse es un "te quiero para siempre". Sofía se deshace rápido. Primero tiembla, luego se rompe, luego suplica. —Más… más fuerte… Él obedece, le suelta las muñecas y le agarra el pelo, tira hacia atrás para arquearla más. Con la otra mano baja hasta su botón brillante y lo acaricia en círculos rápidos, sin compasión. —Dime que sí —gruñe contra su espalda, sudando, perdiendo el control. —Viktor… —Dime que sí y paro de torturarte. Ella se ríe entre gemidos, desafiante incluso con la cara pegada al suelo y el trasero en el aire. —Sigue… torturándome… Él suelta un rugido y acelera. La f*lla como si quisiera marcarla por dentro, como si quisiera dejarle su nombre grabado en cada centímetro. Sofía se corre la primera vez apretándolo tanto que casi lo saca. La segunda vez llora de placer. La tercera vez ya solo balbucea su nombre como una oración rota. Solo entonces Viktor se deja ir, derramándose dentro con un gemido largo y animal, cayendo encima de ella, los dos temblando, sudorosos, hechos un desastre perfecto. Se quedan así un rato: él todavía dentro, ella boca abajo, los dos jadeando contra la alfombra. Después la gira con cuidado, la abraza fuerte y la besa lento, casi con rabia contenida. —Un día vas a decir que sí —susurra contra su boca. Sofía sonríe, le muerde el labio inferior. —Un día… cuando menos te lo esperes. Él suelta una carcajada agotada y la pega más a su pecho. —Eres una hija de p*ta cruel. —Y tú estás loco por mí igual—, devuelve ella. —Completamente loco—, sonrió Viktor. Se cubren otra vez con la manta, se enredan como si el frío no existiera y se quedan mirando el fuego morir poco a poco. Alexei suspira en sueños desde la cuna. La tormenta sigue afuera. Y dentro, Viktor acaricia la espalda de Sofía y piensa que puede esperar. Puede esperar todo lo que haga falta. Porque cada "veremos" de ella vale más que mil "sí" de cualquier otra mujer. Y porque sabe que cuando por fin diga que sí… va a ser el día más feliz de su jodida vida.






