Mundo ficciónIniciar sesiónLa mansión en las afueras de Nueva York temblaba con el eco de disparos lejanos esa noche, mientras Viktor yacía en el salón con el hombro suturado, el dolor pulsando como un recordatorio de lo cerca que había estado de la muerte.
Dimitri patrullaba los jardines con hombres armados, eliminando cualquier rastro de chechenos que pudieran haber quedado, pero Viktor solo tenía ojos para Sofía, quien se arrodillaba a su lado, limpiando la sangre con manos temblorosas. Leonid había huido tras la confesión, pero su traición colgaba en el aire como humo de pólvora, erosionando aún más el poder de Viktor en esta guerra interminable. —Viktor, mírame. Dime que sientes algo, no me ignores—, susurró Sofía, presionando un paño frío contra su frente sudorosa. Él la miró, ojos grises nublados por el dolor. —Siento furia, Sofía. Furia por casi perderte a ti y al bebé. ¿Y si el tiro hubiera sido para ti? Ella negó con la cabeza, besando su mano con delicadeza, cada nudillo con suavidad y humedad. —No pienses en eso. Dimitri lo atrapó, estamos a salvo. Pero ahora, ¿qué hacemos con Leonid? No puedes confiar en él. Viktor gruñó, incorporándose pese al dolor, logra quedar sentado sobre la cama, con la espalda apoyada en el espaldar de la cama. —Lo mato. Llamo a mis hombres restantes y acabo con él antes de que venda más info a Anastasia. ¿Qué dices tú? Sofía pensó rápido, su voz es suave pero firme a la vez. —Úsalo primero. Finge que confías, déjalo exponerse. Así recuperas territorio perdido. Él sonrió débilmente. —Siempre tan astuta. Bien, lo haremos a tu modo. Pero si falla, es su cabeza. Dimitri entró entonces, con su rifle al hombro. —Jefe, los chechenos retrocedieron, pero perdimos dos almacenes. Volkov envía refuerzos a Anastasia. ¿Órdenes? Viktor miró a Sofía. —Dile, reina. Tú mandas esta vez. Ella se enderezó, voz clara. —Hay que fortalece el puerto. Viktor podía mandar a los mejores espías a Leonid, enviarlos ahí sería clave, fingir lealtad. Y golpearemos cuando menos se lo esperen. Dimitri asintió. —Entendido. Me pongo en ello. Salió, dejando a Viktor solo con Sofía, quien lo ayudó a levantarse, guiándolo al dormitorio. Ella suelta un leve suspiro, viendo a aquel hombre que al principio la destrozaba ahora quien está destrozado es él, cayendo poco a poco del trono, pero ella no sería tan injusta de no ayudarlo, no después de todo, no después de... sentir que su corazón ahora late cada vez que él se lastima por cualquier cosa. —Viktor, estás perdiendo poder por mí. ¿Vale la pena?—, preguntó ella, ayudándolo a recostarse, sintiendo ligera incertidumbre en el momento. Él la atrajo cerca, y le susurra con voz ronca. —Todo vale por ti. Sin ti, ¿qué soy? Un rey sin corona. Ella besó su herida. —Un hombre. Mi hombre. Descansa, yo vigilo, te cuidaré mientras duermes. La noche avanzó con Viktor durmiendo intermitentemente, Sofía a su lado, planeando el siguiente movimiento contra Anastasia. Un mensaje llegó al teléfono de Viktor: Volkov exigiendo reunión. —Es una trampa, murmuró él, despertando con frustración y molestia. Sofía tomó el teléfono y leyó el mensaje de nuevo. —Déjame responder. Diles que vienes solo, pero envía a Dimitri adelante. Viktor la miró admirado. —Hazlo. Eres mi salvación. Ella escribió el mensaje, enviándolo con pulso firme. —Listo. Ahora, dime, ¿qué pasa si perdemos más? ¿Me dejas ir? Él la abrazó fuertemente. —Nunca. Lucho por nosotros tres. Dime que crees en mí. Sofía suspiró una vez más, besándolo de nuevo. —Creo. Pero si caes, caigo contigo... y el bebé también. Ambos se recostaron, Sofía siendo vigilia del sueño de Viktor mientras él ronca como un bebé, ella lo abraza y se aferra queriendo protegerlo más, de todo, del dolor. El amanecer trajo más noticias de Dimitri: trampa evitada, chechenos capturados. Viktor sonrió voctorioso, besando a Sofía en la sien. —Tu plan funcionó. ¿Qué haría sin ti? Viktor sonríe todavía más ampliamente, acaricia a Sofía en la espalda. Ella se río, por un momento sintió que toda la guerra se había desvanecido y quedaron ellos dos en otro plano más alegre. —Perder. Pero ahora, recupérate, necesitas descansar y recuperar las fuerzas. La sonrisa de Sofía se apaga un poco, desviando la mirada, su voz toma un tono un poco más serio que el de hace un momento. —La guerra no acaba, aún no. Viktor asiente levemente concordando con sus palabras, su poder menguando pero su lazo fortaleciéndose. Sofía sintió el cambio, lista para más. _____ A la mañana siguiente. La mansión en las afueras de Nueva York bullía con preparativos esa tarde, con Dimitri coordinando hombres armados y vehículos blindados para la emboscada contra Volkov, el padre de Anastasia, cuya llamada exigiendo una reunión había sido el cebo perfecto para atraerlo al puerto neutral. Viktor se vestía en el dormitorio, enfundando su pistola con manos firmes pese al hombro herido, su mente enfocada en recuperar el poder que se le escapaba por priorizar a Sofía y el bebé. Ella se acercó por detrás, sus dedos desabotonando un botón de su camisa para rozar su piel, un toque que lo hizo pausar. —Viktor, no vayas solo. Por favor llévame—, murmuró ella, besando suavemente su cuello. Él giró, abrazándola. —No, Sofía. Queda aquí. Si Volkov trae a Anastasia, es una trampa. Dimitri maneja lo inicial. Ella negó. —Confía en mí. Tus heridas son nuevas, déjame coordinar desde el auto. Él suspiró. —Bien, pero quédate atrás. El bebé no aguanta más estrés. El convoy salió al atardecer, Viktor al volante de un SUV blindado con Sofía en el asiento trasero, Dimitri en un vehículo adelante explorando el puerto desierto, donde contenedores oxidados se apilaban como tumbas bajo el cielo nublado. Volkov esperaba en el centro, un hombre mayor con traje impecable y ojos fríos como el acero ruso, flanqueado por cuatro guardaespaldas. Anastasia estaba a su lado, la víbora rubia con una sonrisa torcida, su vestido rojo contrastando con la oscuridad, pistola visible en su cadera. —Viktor Ivanov, al fin—, dijo Volkov, voz grave. —Vienes a suplicar alianza? Tu poder se desmorona.






