Mundo ficciónIniciar sesiónEsa pequeña sonrisa seguía curvando sus labios, un secreto coqueto que no llegaba a sus ojos del todo, pero que revelaba el burbujeo interno, unas ganas de dominar que aún no explotaba, como una semilla plantada en tierra fértil, esperando el momento justo para brotar. No era maldad, no todavía; era algo más suave, un deseo de equilibrio que la hacía sentir viva por primera vez en meses.
Viktor, aún de pie junto a ella tras enviar el mensaje a Dimitri, no pudo evitar quedarse un segundo más, observándola con esos ojos grises que ahora cargaban un peso de vulnerabilidad fresca. El rey roto de la noche anterior no se había evaporado del todo; seguía allí, en la forma en que su mano temblaba levemente al guardar el teléfono. Se giró por completo hacia Sofía, su presencia imponente pero ya no tan aplastante, y murmuró con voz ronca, suave como una caricia inesperada: —¿Qué pasa por esa cabeza tuya, Sofía? Esa sonrisa... me intriga. Ella levantó la vista despacio, su cabello negro ondulado cayendo en ondas sueltas sobre un hombro ancho, el lunar sobre su labio temblando levemente con la sonrisa que se mantenía pequeña, casi se podía decir que con diversión, pero contenida. Por dentro, sentía esa burbuja crecer: imaginaba cómo sería tenerlo a sus pies no por fuerza, sino por elección propia, pero no estaba lista para empujar. Aún no. Se levantó con gracia deliberada, el chándal susurrando contra su piel, y negó con la cabeza, su tono calmado pero con un filo sutil de autoridad nueva. —Es mejor que te apresures a la reunión, Viktor. No hay tiempo para mis pensamientos ahora. Ve. Él parpadeó, sorprendido por la firmeza en su voz, pero en lugar de enojarse, algo en su pecho se ablandó. Asintió lentamente, sus ojos grises clavados en los de ella con una intensidad que ya no era posesiva del todo, sino suplicante en silencio. Se acercó un paso más, invadiendo su espacio sin tocarla, y luego, en un gesto impulsivo que lo tomó por sorpresa a él mismo, se inclinó para plantar un beso suave en su frente. Fue una disculpa muda, una en muchas que aún no podía vocalizar por las humillaciones, por Anastasia, por las promesas rotas en Nueva York. Sus labios se demoraron un segundo de más, cálidos contra su piel, y murmuró contra ella, —Volveré pronto. Quédate segura. Sofía sintió un calor traicionero subir por su panza redonda, esa mezcla de resentimiento y algo más dulce que la confundía. No lo apartó; dejó que el beso se quedara como un eco, pero no respondió. Viktor se enderezó, su mandíbula tensa, y luego se giró con prisa, saliendo del comedor con pasos rápidos, casi corriendo, como si temiera que si se quedaba un segundo más, flaquearía del todo. La puerta se cerró tras él, dejando a Sofía sola en el silencio de la mansión, con el desayuno olvidado enfriándose en la mesa. Pasaron los minutos, y Sofía no se movió al principio, tocando con dedos distraídos el lugar donde sus labios habían rozado su frente. Ese gesto... era nuevo, vulnerable, y por dentro bullía esa gana de más. Pero no era el momento. En cambio, decidió hacer algo que nunca antes se había permitido en esta prisión dorada: reclamar un pedazo de normalidad. Caminó hacia la cocina, donde Irina y Olga, las sirvientas de la mansión estaban lavando los platos del desayuno con eficiencia silenciosa. —Irina, Olga —dijo Sofía, su voz suave pero firme, entrando en la cocina como si fuera suya por primera vez. —¿Me ayudan a hacer galletas? Nunca lo he intentado, pero... me gustaría probar. Las dos mujeres se congelaron, intercambiando miradas nerviosas. Irina dejó caer un plato en el fregadero con un clink suave, y Olga se secó las manos en su delantal, sus pecas palideciendo. —Señorita Sofía —murmuró Irina, su acento ruso espeso como el invierno—, no podemos. El señor Ivanov... él no permite que nos mezclemos así. Podría echarnos. Olga asintió, sus ojos bajos. —Tenemos miedo, señorita. Él es estricto con las reglas. Sofía sintió un pinchazo de ira, no hacia ellas, sino hacia el mundo que Viktor había construido, donde hasta un té era un acto de rebelión. Pero esa burbuja interna bulló más fuerte: no era maldad, solo un deseo de romper cadenas sutiles. Se acercó, tocando el brazo de Irina con gentileza. —No tengan miedo —susurró, su sonrisa pequeña volviendo, ahora con calidez—. Yo lo manejo. Vengan, hagamos galletas y tomemos té. Solo nosotras tres. Es mi orden... como reina. Las mujeres dudaron, pero algo en los ojos de Sofía, esa fuerza silenciosa que había crecido desde la noche anterior, las convenció. Asintieron, y pronto la cocina se llenó de harina espolvoreada, el aroma dulce de vainilla y mantequilla derritiéndose en el horno. Sofía reía suavemente mientras amasaba la masa, sus manos torpes al principio, pero aprendiendo rápido, sus rollitos laterales moviéndose con el esfuerzo, su panza redonda rozando el borde de la mesa. Irina le enseñaba trucos rusos, como agregar un toque de cardamomo para el sabor; Olga contaba anécdotas tímidas de su infancia en Moscú. Por primera vez, la mansión no se sentía como una jaula, sino como un hogar posible. Pasaron las horas, el sol subiendo en el cielo nevado de Nueva York, tiñendo el jardín de un blanco etéreo. Sofía, con las manos aún polvorientas de harina, invitó a las sirvientas a llevar las galletas recién horneadas y el té humeante a la glorieta del jardín, rodeada de flores invernales que resistían el frío, rosas heladas y arbustos perennes que daban un toque romántico y salvaje al lugar. Se sentaron las tres en los bancos de madera, riendo en voz baja mientras mordisqueaban las galletas crujientes, el té calentando sus manos. Irina se relajó lo suficiente para contar una historia de su juventud; Olga sonreía abiertamente, sus pecas danzando con la risa. Sofía las observaba, sintiendo esa gana bullir: esto era poder, no el de Viktor con pistolas y amenazas, sino uno suave, que unía en lugar de romper. Pero entonces, el sonido de botas pesadas en el grava del jardín rompió el idilio. Viktor apareció, su traje arrugado por la reunión tensa, el rostro endurecido por las noticias de los chechenos, almacenes volados, hombres perdidos, y el fantasma del padre de Sofía acechando en la ciudad. Sus ojos grises se clavaron en la escena: las tres mujeres en la glorieta, galletas esparcidas, té enfriándose. Casi se indigna, su mandíbula tensándose como un cable de acero, y se acercó con pasos firmes, señalando con una palma abierta a las tres. —¿Qué significa esto? —gruñó, su voz ronca pero no tan cruel como antes, más sorprendida que furiosa. —Irina, Olga, ¿qué hacen aquí sentadas como si fueran invitadas? Las sirvientas se levantaron de inmediato, como resortes, sus rostros palideciendo. Irina balbuceó una disculpa. —Lo sentimos, señor. Fue un error. —Olga bajó la cabeza, temblando levemente. Sofía, sin embargo, no se movió. Se quedó sentada, mordisqueando una galleta con deliberada lentitud, su mirada desafiante clavada en Viktor. Esa burbuja bulló fuerte ahora: no era maldad, pero sí un desafío dulce, uno que lo obligaba a elegir. —Déjalas ir —dijo calmada, su voz firme como el beso que él le había dado esa mañana—. No hay castigo, Viktor. Fue idea mía. Ellas solo obedecieron... a mí. Él la miró, sus ojos grises ardiendo con algo nuevo, no ira pura, sino un quemazón rico, un deseo que le ardía hacer realidad allí mismo, en la glorieta rodeada de flores. Se acercó más, invadiendo su espacio, su mano aún señalando pero bajando lentamente. —No me provoques, Sofía —murmuró, su voz baja y cargada de ese ardor, como si imaginara tomarla allí, posesivo pero vulnerable. —Sabes lo que me haces cuando me miras así. Ella lo interrumpió, levantándose por fin, su cuerpo rozando el de él al pasar, intencional o no. —¿Provocarte? —susurró, su lunar coqueto temblando con una sonrisa interna—. Recuerda el daño que hiciste, Viktor. Las promesas rotas, Anastasia... No lo olvides tan pronto. Ahí, Viktor flaqueó. Sus hombros anchos se hundieron levemente, el rey roto volviendo a asomar. Bajó la mano del todo, sus ojos grises suavizándose con arrepentimiento genuino. —Lo sé —confesó, su voz ronca rompiéndose un poco. —Lo siento, Sofía. Cada día lo siento más. —Se giró hacia Irina y Olga, que aún estaban de pie, rígidas—. Vayan. Sin castigo. Solo... vayan. Las sirvientas asintieron, recogiendo las tazas con prisa y desapareciendo hacia la mansión, dejando a Sofía y Viktor solos en la glorieta. El jardín parecía más vivo ahora, las flores invernales testigos mudos de la tensión que bullía entre ellos. Viktor se acercó un paso más, su mano rozando la de ella, no para exigir, sino para suplicar en silencio. —¿Qué estás haciendo conmigo? —murmuró, su aliento cálido contra su cuello, ese ardor rico aún latiendo en su voz—. Me estás cambiando, Sofía. Y duele... pero duele bien. Ella no retrocedió, sintiendo esa gana de dominar crecer, bullendo como el té caliente que aún humeaba en la mesa. Tocó su pecho con dedos suaves, sobre la camisa arrugada, sintiendo su corazón latiendo fuerte. —Tal vez sea hora de que sientas lo que yo sentí. Susurró, traviesa pero no cruel. —Pero no ahora. La guerra espera, Viktor. Y tu reunión... ¿qué pasó?






