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Capítulo 31: Silencios rotos.

La mansión en Nueva York parecía más fría que nunca esa mañana, como si el eco de las lágrimas de Viktor aún rebotara en las paredes de mármol. Habían regresado de Chicago hacía semanas, pero el viaje había sido un error fatal.

Viktor había prometido cambiar, jurando en el avión privado que dejaría atrás las sombras de Anastasia, que Sofía sería su única reina. Pero Nueva York lo había arrastrado de vuelta: llamadas nocturnas, reuniones "de negocios" que olían a perfume barato y traición.

Lo había hecho de nuevo, cayendo en los brazos de esa víbora rubia, rompiendo la frágil confianza que Sofía había empezado a tejer como un vestido remendado.

Ahora, en el comedor amplio con vistas al jardín nevado, Sofía estaba sentada frente a él, su cuerpo regordete cubierto por sus pantalones de chándal y camisa holgada que apenas contenía sus rollitos suaves y su barriga redonda –esa que Viktor había burlado tantas veces, pero que esta madrugada había usado como almohada para sus sollozos silenciosos.

Ella picoteaba su desayuno sin prisa, el lunar sobre su labio curvándose en el masticar sereno. Viktor, el rey de la mafia rusa, estaba cabizbajo, mirando su plato de tostadas egantes de ajo y tocino tierno como si fuera veneno. No había tocado nada, sus manos grandes esas que la habían humillado y poseído, ahora quietas sobre la mesa, temblando levemente.

El silencio era espeso, cargado de electricidad, como el aire antes de una tormenta. Sofía esperó, paciente pero con una nueva sensación latiendo en su pecho. Sabía que él tenía que hablar primero; era parte del juego ahora. Finalmente, Viktor levantó la vista, sus ojos grises, aún rojos por la vulnerabilidad de hace unas horas atrás clavándose en ella. Parecía un león herido, su rostro esculpido marcado por ojeras, el cabello revuelto como si no hubiera dormido.

—Sofía... —murmuró, su voz ronca, casi un gruñido bajo que le erizó la piel a ella.

—Lo siento. De nuevo. Chicago... Nueva York... Anastasia, todo. Lo jodí todo. Prometí cambiar y...

Se pasó una mano por la cara, frustrado, como si odiara admitirl. —Lo hice otra vez. Te traicioné.

Ella no dijo nada al principio, solo lo miró en silencio, con serenidad, veía cada detalle, cada angustia de su ser, podía sentir que él había bajado un poco, que aquella vulnerabilidad debía aprovecharla pero iba a esperar, todavía no hará nada.

Tomó un sorbo de café, lenta, sugestiva, dejando que el silencio lo torturara un poco, para saber qué reacción saldría con frialdad.

—¿Y qué quieres que haga ahora, Viktor? —susurra en voz baja aún casi triste de lo que había presenciado.

preguntó al fin, su tono calmado pero con esa llama que estaba empezando a despertar cada vez más, como si estuviera tanteando cierto terreno, probando algo con él.

—¿Que te perdone solo porque lloraste contra mi barriga hace un rato? ¿Esa que tanto odias, mi "juguete de talla grande"? —su voz tembló un poco casi queriendo llorar pero se contuvo.

Viktor tragó saliva, sus ojos bajando a su cuerpo, deteniéndose en esa curva suave que había abrazado con desesperación. Se inclinó hacia adelante, su mano extendiéndose sobre la mesa para tomar la de ella, pero dudó, como si temiera que lo rechazara.

—No la odio —confesó y le costó caro, su voz bajando a un susurro ronco, cargado de algo oscuro y posesivo–. La necesito. Te necesito, Sofía. Eres mi reina ahora, no ella. Anastasia fue... un error. Un hábito que ya rompí desde hoy. Por ti.

Sofía sintió un calor traicionero subir por su vientre, esa mezcla de odio y deseo que casi que la había atado a él desde el principio. Retiró su mano despacio, pero no del todo, dejando que sus dedos rozaran los de él, un toque sugerente que lo hizo tensarse.

—Palabras, Viktor. Siempre palabras —dijo ella, inclinándose un poco, su cabello oscuro ondulado cayendo sobre un hombro ancho.

—Muéstrame. Desde que volvimos de Chicago, has caído en ella de nuevo. Me humillaste otra vez, comparándome con su "perfección". ¿Cómo sé que no lo harás de nuevo? —Su voz se hizo firme de repente.

Él se levantó de golpe, rodeando la mesa con pasos firmes pero vulnerables, arrodillándose a su lado una vez más, como hace unas horas. Sus manos subieron por sus muslos, pellizcando suavemente la carne blanda, posesivo pero suplicante.

—Te lo mostraré —gruñó, su aliento cálido contra su barriga, besándola a través de la camisa—. Cada día. Te vestiré como mi reina, no como un juguete. Te protegeré de todo... incluso de mí mismo si es necesario. Pero no me dejes, Sofía. No ahora que te tengo.

Ella jadeó levemente ante el toque, su poder nuevo chocando con los días anteriores. Lo miró desde arriba, y de repente, su mano se extiende enredándose en su cabello, tirando un poco para que la mirara.

—Bien —susurró, con voz serena pero que ocultaba algo más—. Empieza ahora. Dime qué harás con los chechenos que Dimitri mencionó anoche. Porque si hay guerra, Viktor, no seré solo tu presa. Seré tu aliada... o tu verdugo.

Por primera vez Sofía sintió algo, sintió que podía dar más de sí misma, y por primera vez lo mira estando ella por arriba de él, que podía pisotearlo, pero se limita, por ahora.

En ese momento, el teléfono de Viktor vibró sobre la mesa, rompiendo el momento. Era Dimitri: "Jefe, los chechenos atacaron un almacén otra vez. Su padre, Sofía... está en la ciudad, vendiendo información sobre ella."

El rostro de Viktor se endureció, pero sus manos no la soltaron. La guerra había empezado, y Sofía, con su nuevo poder, estaba lista para bailar en las sombras.

Sofía lo mira, se miran, y algo surge aunque no del todo. Viktor se levanta y olvida el desayuno, toma su teléfono y escribe un mensaje, "Llama al equipo y a los Dinastía Kuznetsov inmediatamente, programaremos una reunión enseguida." envía el mensaje y luego se gira para ver a Sofía, ella seguía sentada en la mesa apenas soltando una pequeña sonrisa.

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