Mundo ficciónIniciar sesión—Porque sí.
Ella tomó un ramo, pétalos rojos perfectos. Tocó uno. Habia una espina cercana y sin querer se pinchó un dedo, una leve gotita de sangre se acumula en un punto. —Las rosas tienen espinas —dijo calmada. —nunca tuvo el lujo de conocerlas de primera mano. Viktor se acercó, tomó su mano, miró la gota. —Como todo lo que toco —respondió, voz ronca. Sofía retiró la mano con suavidad. —No necesito flores. Él se sentó al borde de la cama. —Necesitas saber que lo siento —dijo, voz temblando apenas—. De verdad.— el levanta la mirada, casi con angustia, casi pero no de todo. Ella lo miró fijamente, largo y tendido, y luego suelta un leve suspiro. —Decirlo no borra la sangre. Viktor bajó la mirada, casi avergonzada, su orgullo se resquebraja un poco, su estoicismo flaquea. —Lo sé. Se forma un silencio largo. —Anastasia se va mañana —dijo al fin. Sofía casi abre los ojos como sorprendida, pero su mirada quedó relajada. —¿Por qué ahora? —Porque no la quiero aquí —respondió, voz firme—. Porque cuando te vi correr… entendí que si te pierdo, no me queda nada. Sofía miró las rosas sus pestañas abanicando sus mejillas al parpadear. —Las flores no me mantienen. Él tomó su mano otra vez, esta vez sin apretar. —No son para mantenerte. Son para empezar. Ella no retiró la mano, esta vez no, esta vez... sintió un calor distinto, su mano áspera callosa contra su piel suave. —Empezar ¿qué? —murmura levantando de nuevo la mirada para verlo. Viktor respiró hondo. —A intentarlo. Sin golpes... sin comparaciones. Solo… intentarlo. Sofía miró la sangre seca en su camisa. —Y... ¿Crees que puedes? Él apretó su mano suavemente, todavía dudando, pero aún viéndola. —No lo sé. Pero solo sé que voy a intentarlo. Por primera vez. Hubo otro silencio denso, pero esta vez menos incómodo. Sofía soltó su mano, y tomó una rosa, quitó las espinas con calma, con cuidado. —Mañana veremos —dijo con serenidad. Viktor asintió. —Mañana. Él se levantó de la cama, la mano todavía sintiendo el calor de la de ella. Dio dos pasos hacia la puerta, pero se detuvo. Giró despacio y la miró. Sofía seguía sentada, con la rosa en la mano, su mejilla aún morada, y sus ojos marrones con mirada serena. —Uh... y una cosa más —dijo él, en voz baja, casi insegura. Ella se queda en silencio viéndolo, esperando a ver qué más tenía para decir. —Hazme galletas —pidió, sin burla esta vez—. De las que aprendiste. Quiero probar lo que has estado practicando… Sí, sí, esas de mantequilla que has estado haciendo últimamente... Sofía lo miró largo. Silencio pesado. —¿Ahora? —preguntó al fin, voz calmada pero casi cortante. Viktor asintió. —Ahora. Cocina conmigo. O sola. Como quieras. Pero quiero probarlas. Ella se levantó despacio, dolor latiendo en la mejilla, pero postura es recta y sin amenaza, sólo siendo... Sofía. —Bien —dijo en voz baja casi en un susurro—. Pero no esperes disculpas en la masa. —"al menos no todavía" pensó. Bajaron juntos a la cocina. Irina y Olga se quedaron heladas al verlos entrar, Viktor con camisa manchada de sangre seca, y Sofía con la mejilla hinchada y vendaje en la nariz. —Necesitamos algo de espacio—dijo Viktor con voz mesurada y calmada a pesar de sí—. Cocina para nosotros. Las mujeres asintieron y salieron sin preguntar. Sofía se puso un delantal, sus manos firmes aunque temblaban levemente. Sacó la harina, mantequilla, chocolate, azúcar, todos los ingredientes necesarios para hacer las galletas. Viktor se quedó de pie, mirando. —¿Te ayudo? —preguntó, voz ronca. Ella negó con la cabeza, su movimiento hace que el cabello le brille un poco bajo la luz tenue de la lámpara de la cocina. —No, está bien, solo... quédate ahí quieto. —susurra mientras se dedica a amasar con sus suaves manos. Empezó a amasar, hay un silencio sereno y cómodo, solo se escucha el sonido de la masa golpeando la encimera, sus manos moviéndose rápidas, precisas. Viktor la observó. Vio cómo apretaba la masa con rabia contenida, cómo cortaba el chocolate con golpes secos, cómo sus dedos, aunque delicados, eran seguros. —Antes me burlé de esto —dijo él, voz baja—. De que perdieras tiempo en la cocina. De que una “gordita” quisiera hacer dulces. Sofía no respondió. Siguió. —Tenía razón en una cosa —continuó Viktor, acercándose—. Perdías tiempo. Porque yo no lo valoraba. Pero ahora… ahora quiero probar. Ella puso la bandeja en el horno, cerró la puerta. —Quince minutos —dijo y se giró para ver a Viktor, sus ojos se encuentran—. Y no esperes que sean perfectas. Viktor se sentó en el taburete, la miró. —No las quiero perfectas. Quiero tal cual como salgan... porque tú las hiciste. Sofía levanta la mirada una vez más, sus ojos marrones viendo los suyos grises. —Umm, bueno... solo espera a que salgan—repitió—. Ya me viste hacerlas. Él asintió. —Como todo lo demás. El horno sonó. Ella sacó la bandeja, galletas doradas, chocolate derretido. Tomó una, la partió por la mitad, vapor subiendo. Le dio una mitad. —Prueba. Viktor se acercó y la tomó, le dió un mordisco tentativo. Sabor a chocolate intenso, mantequilla, un toque de Sofía, no era gourmet, no era de restaurante cinco estrellas michelín, solo eran galletas Sofía. —Está buena —dijo, voz ronca—. Muy buena. Ella mordió la suya, sin mirarlo. —Gracias —murmuró—. Aprendí sola, mientras tú estabas con Anastasia. Él tragó. —Sí... lo sé. Silencio. —Otra —pidió casi avergonzado. Ella asintió y le dió le dio otra. —Cuando estés listo para valorar más que galletas —dijo calmada—, avísame. Viktor terminó la galleta, dedos temblando leve. —Lo estoy intentando —susurró—. Por primera vez. Sofía lo miró. —Intenta más rápido.— ella se voltea no solo para empezar a lavar los trastes, sino también esconder la sonrisa que casi le sacaba. Él asintió, no la vió sonreír, no llegó a sus ojos, pero los suyos mismos se suavizaron. —Lo haré. Y por primera vez, no hubo burla. Solo galleta y silencio. Y un poquito de esperanza.






