Mundo ficciónIniciar sesiónViktor no se movió de la silla junto a la cama. La lámpara de noche apenas iluminaba el rostro de Sofía, pálido bajo el vendaje improvisado y la mejilla hinchada que empezaba a amoratarse. El reloj de la mesita marcaba las cinco y media de la madrugada y él seguía ahí, la mano de ella entre las suyas, dedos entrelazados sin apretar, como si tuviera miedo de romperla más.
Cada vez que ella respiraba débil, él contenía el aliento. Cada vez que ella se movía apenas en sueños, él se inclinaba hacia adelante, listo para cualquier cosa. A las seis y cuarto, los ojos de Sofía se abrieron despacio. El dolor llegó primero: cabeza latiendo, mejilla ardiendo, nariz tapada por la sangre seca. Luego el recuerdo. El suelo de grava. El puño. El golpe. Lo miró. Viktor se enderezó, respiración agitada, ojos grises llenos de algo que nunca había mostrado: miedo. Miedo real. —Sofía —susurró, voz ronca de no dormir—. ¿Me oyes? ¿Estás…? Ella no respondió. Solo lo miró. Silencio absoluto. Ojos miel fijos en él, sin parpadear, sin odio visible, sin lágrimas. Solo mirada. Viktor tragó saliva. —El médico dijo que estarás bien —empezó, voz temblando—. Nariz rota leve, conmoción. Te traje hielo, te limpié la sangre... Silencio. Él apretó su mano suave. —Dimitri me detuvo —continuó, voz rompiéndose—. Si no... te habría matado. Te habría... Silencio. Viktor soltó su mano, se levantó, caminó por la habitación como animal enjaulado. —No sé qué me pasó —dijo, voz alta ahora, hablando solo—. Cuando te vi correr... cuando vi que te ibas de verdad... perdí la cabeza. Te golpeé. Te tiré al suelo. Te hice sangre. Se volvió a ella, ojos brillando. —Te hice sangre —repitió, voz temblando—. Como la primera noche. Como todas las noches. Te comparé con Anastasia, te dije gorda, te dije inútil, te dije que no valías nada. Y anoche... anoche la follé mientras tú mirabas. Te dejé ver. Te dejé escuchar. Silencio. Él se acercó, rodillas en el suelo junto a la cama. —Dije que tus rollitos eran carne sobrante —susurró, voz rompiéndose—. Que Anastasia tenía cintura de avispa y tú no. Que ella era perfecta y tú... tú eras el error que no podía borrar. Te lo dije mientras la tenía encima, mientras me corría dentro de ella. Silencio. Viktor tomó su mano otra vez, apretando fuerte. —Pero cuando te vi correr —dijo, voz rota—. Cuando vi el vestido blanco ondeando, tu cabello, tus piernas flacas corriendo rápido... sentí que te perdía de verdad. Y no pude. No pude dejar que te fueras. Silencio. Él bajó la cabeza, frente en la sábana. —No sé pedir perdón —admitió—. Nunca lo hice. Pero... lo siento. Lo siento, Sofía. Por cada golpe. Por cada palabra. Por cada vez que te comparé y te hice sentir menos. Silencio. Viktor levantó la mirada, ojos rojos. —El contrato sigue —dijo, voz endureciéndose de nuevo—. Eres mía. No te vas. Pero... no volveré a levantarte la mano. Te lo juro. Por mi vida. Controlaré esto. Controlaré la rabia. Porque si te pierdo... Viktor se quedó de rodillas, la frente casi tocando la sábana, la mano de Sofía todavía entre las suyas. Sofía abrió los ojos de nuevo. Lo miró. Largo. Sin parpadear. El dolor en la mejilla era fuego, pero su mirada era hielo. Él esperó. Esperó una palabra, un gesto, algo. El teléfono vibró en su bolsillo. Dimitri. —Jefe —dijo la voz al otro lado—. Los chechenos movieron ficha otra vez. Necesitamos salir ya. Viktor cerró los ojos un segundo, apretó la mano de ella una última vez. —Tengo que ir —susurró—. Pero cuando vuelva… hablamos. De verdad. Sofía no respondió. Solo cerró los ojos de nuevo, agotada, y se dejó caer en el sueño que el dolor le reclamaba. Viktor se levantó, lento, como si cada hueso pesara más. Salió de la habitación sin mirar atrás. En el pasillo, Dimitri esperaba. —Vamos —dijo Viktor, voz endurecida otra vez—. Que no se diga que Viktor Ivanov huye de una guerra. El Mercedes salió a toda velocidad. Pasaron por la avenida principal, tráfico matutino, luces de la ciudad. Y entonces Viktor vio la floristería. Pequeña, esquina, rosas rojas en la vitrina. —Para —ordenó de repente. Dimitri frenó. Viktor miró las rosas, y de repente una chispa se le encendió, casi, pero casi una sonrisa se le forma, quizá, imaginando algo, un "tal vez" un "quizá" o un "y si" . Le pareció ridículo al momento, él, Viktor Ivanov, comprando flores para la mujer a la que acababa de romper la cara. Pero por un segundo se permitió la idea. —De regreso —dijo en voz alta, casi sorprendido de su propia voz—. De regreso paso y compro varias. Dimitri alzó ceja, pero no preguntó. Viktor miró la vitrina un segundo más. Rosas rojas. Para ella. Y aceleraron de nuevo hacia la guerra. _____ Viktor volvió al atardecer, el Mercedes oliendo a pólvora y humo. Dimitri manejó en silencio; Viktor, en el asiento trasero, tenía la camisa manchada de sangre ajena y un corte superficial en el antebrazo. El negocio había sido rápido y sucio: dos almacenes recuperados, tres chechenos menos. Pero su cabeza no estaba en la guerra. Estaba en la floristería. —Para aquí —ordenó cuando pasaron por la esquina. Dimitri frenó. Viktor bajó sin abrigo, nieve cayendo suave sobre sus hombros. Entró. El florista, un hombre mayor, reconoció la cara y palideció. —Rosas rojas —dijo Viktor—. Las mejores. Dos docenas. El hombre envolvió rápido, temblando. Viktor pagó el triple y salió con los ramos envueltos en papel negro. Subió al auto. —Directo a la mansión —dijo. Dimitri miró por el retrovisor, pero no preguntó. En la entrada, Irina abrió la puerta, ojos alarmados al ver la sangre. —¿Señor? —Después —cortó Viktor, subiendo las escaleras con los ramos. Entró a la habitación de Sofía sin golpear. Ella estaba sentada en la cama, vendaje nuevo en la nariz, mejilla morada, pero despierta. Lo miró. Silencio. Viktor dejó los ramos sobre la mesita, papel crujiendo. —Para ti —dijo seco. Sofía miró las rosas, luego a él. —¿Por qué? —preguntó, voz baja pero firme.






