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Capítulo 214: Contra el tiempo y la sangre.

El jet cortaba el cielo nocturno como una cuchilla, dejando atrás kilómetros de oscuridad que, para Viktor, se sentían como una burla cruel del destino. Habían pasado minutos… tal vez horas… pero en su cabeza, en su maldita cabeza, se sentía como si hubieran pasado cinco capítulos enteros sin avanzar lo suficiente, como si el mundo se hubiera puesto de acuerdo para retrasarlos justo cuando más importaba llegar.

Y eso lo estaba volviendo loco.

Sus manos firmes en los controles no temblaban, pero la tensión en sus brazos era evidente, los nudillos marcados, la mandíbula apretada al punto de dolerle. El ardor en su hombro no ayudaba en nada, la bala no había entrado, pero el roce había sido suficiente para abrir piel, para recordarle en cada segundo que estaba herido, que estaba perdiendo tiempo… que estaba lejos.

Demasiado lejos.

Apretó los dientes mientras inclinaba ligeramente el jet, ajustando la ruta con precisión casi agresiva.

—Más rápido…— murmuró entre dientes, aunque sabía perfectamente que ya iba al límite.

Detrás de él, Dimitri soltó un leve gruñido al levantarse un poco la camisa, observando el impacto en su torso. El chaleco había hecho su trabajo… pero el golpe había sido brutal. Un moretón oscuro empezaba a expandirse como una mancha violenta sobre su piel.

—Mierda…— masculló, pasando los dedos con cuidado por la zona. —Esto mañana va a parecer una obra de arte…

Soltó una risa corta, sin humor.

—Pero al menos sigo respirando… que ya es ganancia.

Carl, sentado más atrás, no respondió. Estaba inclinado hacia adelante, los codos sobre las rodillas, la mirada perdida en algún punto del suelo del jet, el cabello desordenado, la respiración irregular. Su mano presionaba el costado donde la bala lo había rozado más de lo que le habría gustado admitir.

La sangre ya no corría… se había secado, pegada a la piel, a la tela… pero el dolor seguía ahí, punzante, constante.

Y no era lo que más le preocupaba.

—Elena va a matarme…— murmuró de pronto, con una mezcla rara entre resignación y angustia. —No por la herida… sino por haber estado aquí… por haberle mentido… por… joder…

Se pasó la mano por el cabello, tirando un poco de él.

—Le va a doler verme así… y eso… eso me jode más que la bala.

Dimitri levantó la mirada hacia él.

—A Ana también— dijo con voz más baja. —Pero prefiero que se enfade… a que tenga que enterrarme.

El silencio que siguió no fue cómodo.

Fue real.

Viktor no dijo nada. No podía. Porque si abría la boca… si dejaba salir lo que tenía atravesado en el pecho… no iba a sonar bien.

Sofía.

La imagen de ella no dejaba de aparecerle en la mente. Su rostro, su voz… su forma de mirarlo cuando creía en él incluso cuando no lo merecía.

Y ahora… Ahora Krasnova estaba ahí. Cerca. Tal vez ya dentro.

Su agarre en los controles se tensó aún más.

—No debimos tardar tanto— soltó de repente, la voz baja pero cargada de una furia contenida que quemaba.

Dimitri lo miró.

—Hicimos lo que pudimos.

—No es suficiente— respondió Viktor sin dudar, cortante. —Nunca es suficiente.

Carl levantó la cabeza, clavando la mirada al frente.

—Entonces lleguemos— dijo. —Y arreglamos lo que haga falta.

Viktor no respondió con palabras. Pero aceleró un poco más. El jet vibró ligeramente, como si también sintiera la urgencia.

Como si entendiera que esto ya no era una misión. Era personal. Muy personal.

El tiempo seguía corriendo… lento, pesado… insufrible.

Hasta que finalmente… Las luces comenzaron a aparecer a lo lejos.

Catskills.

El bosque oscuro extendiéndose como una sombra infinita, y en medio de todo eso… el punto donde estaba la cabaña.

Donde estaban ellas. Donde estaba el peligro.

Viktor entrecerró los ojos, enfocándose.

—Ya casi…— murmuró, más para sí mismo que para los demás.

Carl se enderezó en su asiento, ignorando el dolor. Dimitri bajó la camisa, ajustándose el chaleco otra vez, los tres cambiaron pero la fatiga seguía ahí, así como el dolor también, pero algo más tomó su lugar, la determinación que ninguno de los tres pierde.

No huirán ante el regaño, primero porque saben que se lo merecen, por haber mentido, por haber ocultado esto, y ahora, debían solucionar el aprieto con la familia que escondieron en aquella cabaña.

mientras tanto en la cabaña en Catskills...

El frío seguía clavándose en la piel como pequeñas agujas invisibles, pero ya nadie estaba pensando en eso. El guardia apenas se sostenía mejor ahora, recostado contra el respaldo improvisado de la entrada de la cabaña, todavía aturdido, todavía volviendo en sí, mientras su respiración se normalizaba poco a poco. Pero Sofía… Sofía ya no estaba en ese punto.

Algo en su interior había cambiado. No era solo miedo.

Era claridad, esa claridad incómoda que llega cuando todo empieza a encajar… demasiado bien.

Demasiado tarde.

Se incorporó despacio, soltando el brazo del guardia y dando un paso atrás, como si necesitara espacio físico para procesar lo que su mente acababa de armar pieza por pieza. Sus manos aún temblaban un poco, pero su mirada… su mirada ya no era la misma de hace unos minutos.

Ahora había algo más en sus pensamientos, y no pretendía quedarse callada, no cuando todo estaba encajando, cuando todavía tanto misterio del que ya quiere resolver, porque así no se van a quedar las cosas, necesitaba respuesta ahora mismo, no más tarde, no mañana, ahora.

Giró el rostro lentamente hacia Olga.

—Olga…— su voz salió más baja, más firme, sin ese temblor inicial —respóndeme algo… y quiero que seas completamente honesta conmigo.

Olga la miró y en ese mismo segundo, lo supo, ya no había tomar elegante de evitarlo, sabía que ese momento iba a llegar tarde o temprano, y la verdad es que se demoró un poco.

—Sí— respondió sin rodeos, anticipándose un poco.

Sofía frunció apenas el ceño.

—Ni siquiera te he preguntado.

—Pero sé lo que vas a preguntar— dijo Olga, sosteniéndole la mirada con una seriedad que no usaba a menudo. —Y sí… sé quién es Krasnova.

El silencio que cayó después no fue sorpresa, sino que fue confirmación.

Sofía sintió algo hundirse dentro de su pecho, no como un golpe… sino como una pieza que finalmente cae en su lugar.

—Entonces…— empezó, avanzando un paso —no fue casualidad.

Olga negó despacio.

—No.

El aire pareció volverse más pesado entre ellas.

Sofía tragó saliva, bajando la mirada un segundo antes de volver a alzarla, esta vez con algo más duro en los ojos.

—Quiero que me expliques todo.

Olga dudó apenas un segundo, no porque no quisiera, sino porque sabía que, después de esto… ya no había vuelta atrás.

—El día que esa mujer se te acercó en el jardín…— empezó, con voz calmada pero firme —yo la vi.

Sofía parpadeó. —¿Qué?

—Desde la ventana— continuó Olga. —No escuché lo que hablaron… pero vi su rostro… su forma de moverse… y la reconocí al instante.

Sofía sintió un escalofrío subirle por la espalda.

—¿Y no me dijiste nada?

—No podía— respondió Olga, sin suavizarlo. —Porque en el momento en que la reconocí… supe que eso era más grande que cualquiera de nosotras.

Sofía apretó la mandíbula. —¿Y qué hiciste?

—Esa misma noche… hablé con el señor Viktor.

El nombre cayó pesado.

—Le dije exactamente lo que vi… le dije quién era… y lo que eso significaba.

Sofía la miraba fijamente ahora sin parpadear. —Y él…— su voz bajó —ya sabía.

Olga asintió levemente.

—No todo… pero lo suficiente para entender el peligro.

Sofía soltó una pequeña risa sin humor.

—Claro…— murmuró. —Por eso cambió.

Olga no respondió, realmente ya no hacía falta.

Sofía empezó a caminar despacio, de un lado a otro, como si el movimiento la ayudara a sostener todo lo que estaba sintiendo.

—El viaje…— dijo en voz baja. —Las “vacaciones”… la cabaña…

Alzó la mirada de golpe. —No eran vacaciones, no era... ese tema de que por mi bienestar, ni por la salud de Elena, que por el bebé...

—No— confirmó Olga. —Pero eran un refugio... y también que... no era del todo falso, realmente lo hizo por tu salud.

—Sí... claro...— suelta una sonrisa amarga.

—Y él…— Sofía tragó saliva —me mintió de todos modos.

Olga no esquivó eso. —Te protegió.— dijo en un intento de calmar el dolor de la traición que se sentía dentro del ambiente.

Sofía soltó una risa más amarga esta vez.

—¿Protegió?— repitió. —¿Ocultándome que una psicópata rusa quiere matarme mientras estoy embarazada?

Olga dio un paso hacia ella.

—Si te lo hubiera dicho… ¿te habrías quedado tranquila?

Sofía no respondió, porque ambas sabían la respuesta.

—No— continuó Olga. —Habrías entrado en pánico… habrías estado alerta todo el tiempo… habrías cometido errores… y eso sí te habría puesto en peligro real.

Sofía cerró los ojos un segundo. Y respiró hondo poniendo las manos en el vientre, y porque, maldita sea… tenía sentido.

—Entonces todo esto…— murmuró —RUBCOL… Moscú… las llamadas raras… el distanciamiento…

Abrió los ojos otra vez. —Era por ella.

—Sí.— Dijo Olga sin vacilar.

Sofía sintió cómo el pecho se le apretaba.

Todo encajaba, cada gesto, cada silencio, cada mirada que no entendía en su momento.

—Debí darme cuenta…— susurró, más para sí misma. —Lo sentía… algo no estaba bien… lo sabía…

Olga negó con suavidad. —No es tan simple.

—Sí lo es— respondió Sofía, más firme ahora. —Mi instinto me lo dijo… y lo ignoré.

Se llevó una mano al vientre de forma casi automática. —Y ahora… ella está aquí.

El viento sopló más fuerte por un momento, colándose entre los árboles, como si quisiera subrayar sus palabras.

Sofía levantó la mirada hacia la oscuridad del bosque.

—Si llegó hasta aquí…— dijo lentamente —entonces…

Se detuvo. Porque la siguiente idea… dolía, y mucho.

—Entonces ellos lo saben— completó Olga en voz baja.

Sofía giró la cabeza hacia ella. —¿Crees que ya vienen?

Olga dudó apenas. —Si el señor Viktor se enteró… no hay forma de que no esté en camino.

Eso… ayudó un poco, pero no lo suficiente.

Porque otra idea… más oscura… más cruel… intentó abrirse paso.

Y Sofía la sintió, la sintió como una sombra trepando por su mente.

—¿Y si no?— murmuró, casi sin querer.

Olga la miró de inmediato.

—No pienses eso.

Pero Sofía ya había abierto la puerta.

—¿Y si algo salió mal?— continuó, la voz bajando —¿y si esa mujer los estaba esperando también? ¿y si esto era una trampa doble?

Su respiración se aceleró ligeramente.

—¿Y si…?

—Sofía.— La voz de Olga fue más firme esta vez.

Más directa. —No.

Sofía la miró.

—No— repitió Olga. —No vamos a ir por ese camino.

El silencio entre ambas se tensó.

—Ellos no están muertos— dijo Olga con una seguridad que no admitía discusión. —No Viktor.

Sofía sostuvo su mirada, buscando algo, cualquier grieta, pero no la encontró.

—Ese hombre…— continuó Olga —no se cae fácil. Y menos cuando se trata de ti.

El pecho de Sofía se apretó.

—Él va a venir— añadió. —Y cuando llegue… va a querer encontrarte de pie.

Eso… Eso le pegó distinto. Sofía bajó la mirada un segundo y respiró, esta vez más profundo, más lento y calmado, ordenando todo otra vez.

—Entonces no voy a caerme— dijo finalmente, alzando la cabeza.

Olga asintió, apenas.

—Esa es la idea.

Sofía volvió a mirar hacia el bosque.

Hacia la oscuridad.

Hacia el lugar por donde esa mujer había desaparecido como si fuera parte de la noche misma.

—Dijo que no vino a matarme hoy…— murmuró.

Olga frunció el ceño. —Eso no es consuelo.

—No— respondió Sofía. —Es advertencia.

El viento volvió a moverse. Y esta vez… ninguna de las dos lo ignoró. Porque ahora sabían algo con certeza, esto no había terminado ni de cerca.

Y en algún punto entre ese bosque oscuro… y el cielo donde un jet cortaba la distancia con desesperación…

Todo estaba a punto de chocar.

El silencio dentro de la cabaña se volvió espeso, casi palpable, como si el aire mismo se negara a moverse después de todo lo que acababa de salir a la luz. Sofía ya no dijo nada más. Simplemente caminó unos pasos hacia la sala, como si sus piernas se movieran por inercia, y se dejó caer en el sofá con un suspiro que no fue exactamente de cansancio… sino de peso.

De todo, del cuerpo, de la mente, de verdades y mentiras ocultas...

Se inclinó ligeramente hacia adelante, apoyando los codos sobre sus rodillas, mientras una de sus manos volvía a su vientre de manera automática, protectora, casi instintiva. Sus dedos se movieron despacio sobre la tela de su ropa, como si ese pequeño contacto fuera lo único estable en medio del caos.

Y entonces… pensó.

Pensó demasiado.

—Me mintió…— murmuró, casi sin voz, pero lo suficientemente claro como para que Olga la escuchara.

No había reproche en el tono. Pero sí había dolor.

Olga no respondió de inmediato. Se quedó de pie a su lado, observándola, midiendo cada palabra antes de decirla, porque sabía que ese era un terreno delicado. Muy delicado.

Sofía dejó escapar una pequeña risa seca, negando con la cabeza.

—“Necesitas descansar”…— repitió, imitando suavemente la voz de Viktor en su memoria. —“Un cambio de ambiente”… “por la bebé”…— soltó aire por la nariz, sin humor. —Qué bonito suena cuando no sabes la verdad.

Cerró los ojos un segundo. —Y yo… creyéndole todo.

Olga dio un paso más cerca, pero aún no la tocó.

—Sofía…

—No…— la interrumpió ella, sin levantar la mirada. —Déjame… déjame pensar un segundo.

Y Olga la dejó, porque lo necesitaba.

Sofía tragó saliva, sintiendo cómo las piezas seguían acomodándose en su cabeza, una tras otra, sin pedir permiso, Ana, Elena, sus comportamientos, las miradas. Las conversaciones que se cortaban cuando ella llegaba. Los cambios de tema. Las distracciones constantes. Su respiración se volvió un poco más pesada.

—Ellas sabían…— murmuró de pronto.

Olga no respondió, porque probablemente sí sabían, sobre todo el día que planearon salir de compras.

Sofía levantó la mirada lentamente, girando apenas el rostro hacia ella.

—Ana… Elena…— continuó, ahora con más claridad. —¿Ellas sabían todo esto también?

Olga dudó un segundo, y ese segundo fue suficiente. —Lo más probable es que…sí.

La respuesta cayó suave, pero dolió fuerte.

Sofía se recostó contra el sofá, como si de pronto el cuerpo ya no le respondiera igual.

—Entonces yo era la única…— susurró.

El silencio fue respuesta. Y eso… eso le apretó el pecho más de lo que esperaba.

—¿Por qué?— preguntó, ahora sí mirando directamente a Olga. —¿Por qué todos sabían menos yo?

No era rabia. Era algo peor. Era sentirse… fuera.

Olga finalmente se movió. Se sentó a su lado con cuidado, sin invadir demasiado espacio, y esta vez sí, apoyó una mano firme y cálida sobre su hombro.

—Por esto mismo— respondió con suavidad, pero sin rodeos.

Sofía frunció ligeramente el ceño.

—¿Por qué estoy embarazada?

—Porque estás vulnerable— corrigió Olga con calma. —Porque el estrés te afecta más… porque cualquier golpe emocional puede hacerte daño… a ti y a la bebé.

Sofía bajó la mirada de nuevo. —He pasado cosas peores— murmuró.

Olga no dudó en responder.

—Exactamente.

Eso hizo que Sofía alzara los ojos otra vez.

—¿Crees que no lo sabemos?— continuó Olga, su tono más firme ahora, pero sin perder esa calidez. —¿Crees que no vimos por todo lo que pasaste?

Sofía guardó silencio.

Y Olga siguió.

—Fuiste prácticamente una esclava para Viktor al inicio…— dijo sin adornos, sin suavizarlo. —Te trató mal… te humilló… te comparó… te hizo sentir menos.

Las palabras no eran suaves, pero eran verdad, y eso las hacía más pesadas.

—Esa mujer… Anastasia…— continuó Olga —te hizo la vida imposible… te secuestró cuando estabas a punto de dar a luz a Alexei… estuviste sola… asustada… en peligro real.

Sofía apretó los labios, sintiendo cómo los recuerdos se abrían paso sin permiso.

—Y aun así… seguiste adelante— añadió Olga, más despacio. —Aun así… te levantaste… construiste algo… una familia… algo real.

El silencio volvió, pero esta vez… no era incómodo, era denso, cargado de memoria.

—¿Y ahora?— murmuró Sofía, con la voz más baja. —¿Ahora deciden ocultarme cosas otra vez?

Olga negó suavemente. —No es lo mismo.

—Se siente igual.

Eso… dolió más.

Olga apretó apenas el hombro de Sofía, como si quisiera anclarla.

—La diferencia es que antes te ocultaban cosas por ego… por orgullo… por estupidez— dijo sin filtro. —Ahora… lo hacen por protegerte.

Sofía soltó una pequeña risa amarga. —Siempre es “por protegerme”.

—Esta vez es verdad.

Sofía no respondió. Pero tampoco la contradijo. Su mente… volvió a ese momento.

A las palabras de Krasnova.

“¿Sabes con quién estás casada realmente?”

La pregunta se le clavó otra vez.

Como una espina.

Sofía cerró los ojos, apretando ligeramente el vientre con ambas manos esta vez, como si necesitara sostenerse de algo más grande que ella.

—Él ha hecho cosas…— murmuró.

Olga no negó eso. —Sí.

—Cosas horribles.— murmura Sofía.

—Sí.— volvió a confirmar Olga.

—Mató gente.

—Sí.— por tercera vez.

Sofía abrió los ojos. —Entonces… ¿qué soy yo en todo eso?

La pregunta quedó suspendida en el aire, pesada, peligrosa, Olga no respondió de inmediato, porque sabía que esa respuesta… no podía ser ligera.

—Eres lo que lo cambió— dijo finalmente, con una seguridad tranquila. —Eres la razón por la que dejó de ser ese hombre.

Sofía la miró, dudando. —¿Y si no lo dejó del todo?

Olga sostuvo su mirada.

—Nadie cambia completamente, Sofía— respondió. —Pero él eligió algo distinto contigo.

El pecho de Sofía se tensó. —Eligió una familia.

—Así es.— Aprobó Olga.

—Una vida fuera de eso…

—Exactamente, mi señora.

Sofía bajó la mirada otra vez. —Entonces… no quiero pensar mal.

Olga se quedó callada apenas unos momentos.

—No ahora…— continuó Sofía, más firme. —No cuando ya tenemos esto…— acarició su vientre con más suavidad —no cuando ya hay algo bueno… algo real.

Respiró hondo.

—No quiero que una vieja loca venga a decirme quién es mi esposo… como si yo no lo conociera.

Olga sonrió apenas. —Entonces no lo permitas.

Sofía levantó la cabeza. Y esta vez… había algo distinto en sus ojos, no era miedo, no del todo, era decisión.

—Viktor no es ese hombre conmigo— dijo. —No lo ha sido desde hace mucho.

Olga asintió.

—Y eso es lo que importa.

Sofía se recostó mejor en el sofá, apoyando la cabeza hacia atrás, mirando el techo por un momento.

El cansancio empezó a pesarle. Pero su mente… ya no estaba desordenada. No completamente.

—Va a venir…— murmuró.

Olga la miró. —Sí, lo hará.

—Tiene que venir.— Murmura Sofía.

—Va a venir.— concluyó Olga.

Sofía cerró los ojos.

Y por primera vez desde que todo empezó esa noche… No se sintió completamente perdida. Aún había miedo. Aún había dudas. Aún había demasiadas cosas sin resolver. Pero también había algo más.

Confianza.

En él. En lo que habían construido. En lo que eran ahora. Y mientras el viento seguía soplando afuera… y la noche se volvía más profunda…

Sofía se aferró a eso. Porque si algo tenía claro… Era que no iba a dejar que el pasado definiera su presente. Ni mucho menos…

Su futuro.

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