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Capítulo 210: La visita que nunca debió llegar.

El frío de la noche se coló por la puerta apenas Sofía la abrió. No era un frío cualquiera. Era ese tipo de frío que se siente… extraño.

Pesado.

Como si no viniera del clima, sino de algo más.

Sofía sostuvo el pomo unos segundos, con el ceño levemente fruncido, observando a la mujer que tenía enfrente.

Una mujer mayor, pequeña, encogida, envuelta en un abrigo cálido y peludo, con un pañuelo cubriéndole parcialmente el cabello arreglado, tal cual como vio a una hace un tiempo atrás.

Sus manos temblaban ligeramente, o al menos… eso parecía.

—Hola, mijita…— dijo la mujer con voz suave, casi frágil. —Disculpa que moleste a estas horas… me he perdido… y hace mucho frío…

Sofía parpadeó un par de veces.

Algo claramente no encajaba, no sabía qué, pero había algo.

Una sensación leve… como un eco en su memoria.

—¿Se… perdió?— repitió, bajando un poco la mirada, intentando ubicarla.

La mujer de ojos azules asintió lentamente, dando un pequeño paso hacia adelante, como si el cansancio la venciera.

—Sí… estaba buscando la carretera principal… pero creo que tomé un camino equivocado…— soltó una risa baja, casi torpe. —Ya no estoy para estas caminatas, hija…

Sofía sintió un pequeño nudo en el pecho, ya era tarde, muy tarde, y ese lugar no era precisamente de paso.

Eso lo sabía. Lo había notado desde el primer día, aislado, silencioso, demasiado...

—Es raro…— murmuró Sofía, sin darse cuenta de que lo había dicho en voz alta. —No suele pasar gente por aquí…

La anciana inclinó ligeramente la cabeza.

—Oh… bueno… quizá tuve mala suerte entonces…

Sonrió, y ahí fue, ese gesto, esa sonrisa no era… del todo cálida.

Sofía sintió un pequeño escalofrío recorrerle la espalda.

Muy leve, muy rápido, pero suficiente para hacerla dudar, y entonces… la imagen apareció.

Fugaz, como un destello, las afueras, un jardín, una tarde, la figura que caminaba aquella vez por la acera y sus ojos se entrecerraron apenas.

—Yo…— murmuró Sofía, mirándola con más atención. —¿Nos hemos visto antes?

La anciana ladeó la cabeza, como si pensara.

—No lo creo, hija…— respondió con suavidad. —Pero con esta cara de viejita… una nunca sabe dónde la han visto ya…

Soltó una pequeña risa, inofensiva, tratando de sonar convincente claro, normal, natural.

Pero Sofía no estaba completamente convencida. Había algo. Algo en la mirada. Algo en la forma en que la observaba. Demasiado… fija, demasiado… atenta, además esos ojos azules...

Y aun así...

—¿Podría… pasar un momento?— preguntó la anciana, con una leve tos. —Solo para calentarme un poco… luego me voy, lo prometo…

Sofía dudó solo un instante, porque justo en ese momento miró hacia los lados, por instinto, buscando a los guardias y se supone que siempre había uno o más cerca, siempre, pero.ahora no ve nada, ni uno.

El silencio del exterior era más profundo de lo normal. El viento movía suavemente los árboles. La nieve crujía levemente bajo los pies de la anciana.

Pero no había pasos, ni sombras, no había ninguna presencia imponente y protectora, y eso sí la incomodó de repente, con un extraño escalofrío.

—Qué raro…— susurró Sofía, frunciendo más el ceño.

La anciana siguió su mirada, y habló, como si nada.

—Oh… me encontré con unos muchachos más abajo…— comentó con naturalidad. —Muy amables… uno de ellos me dijo que caminara hacia acá, que encontraría ayuda…

Sofía volvió a mirarla.

—¿Muchachos…?

—Sí, sí…— asintió la anciana. —Uno alto… otro más joven… parecían… guardias quizá… no lo sé…

Sonrió, esa sonrisa… otra vez.

Ese pequeño escalofrío volvió, pero esta vez, Sofía lo ignoró, porque todo encajaba, tenía sentido.

“Seguramente la vieron y la dejaron pasar…” “Es una anciana…” “¿Qué peligro podría ser?”

Y además… no podía dejarla afuera, no así, no con ese frío que pela a estas horas. Sofía suspiró suavemente. Y dio un paso atrás.

—Está bien… pase…

La anciana levantó la mirada. Y por una fracción de segundo… algo cambió en sus ojos, algo oscuro, algo vivo, algo… satisfecho, pero desapareció tan rápido… que Sofía no lo notó.

—Gracias, hija…— murmuró, entrando lentamente.

Sus pasos fueron suaves, lentos pero seguros, demasiado seguros para alguien “perdido”.

La puerta se cerró detrás de ellas. Y el sonido resonó más de lo que debería. Dentro de la cabaña, el ambiente era cálido, acogedor, totalmente opuesto al exterior.

La mujer respiró hondo.

—Ah… qué calorcito tan rico…— dijo, quitándose lentamente los guantes.

Sofía cerró la puerta con cuidado, todavía con esa ligera incomodidad en el pecho.

—Si quiere, puede sentarse…— dijo, señalando el sofá. —Le puedo traer algo caliente… té… o café…

—Qué amable eres…— respondió la mujer, caminando despacio hacia el interior.

Sus ojos recorrían todo, cada rincón, detalle, puerta o ventana, como si ya conociera el lugar.

Sofía no lo notó, o no quiso notarlo.

—Voy a la cocina un momento— dijo.

Pero antes de que pudiera moverse

—Sofía…— dijo la anciana.

Su nombre, directo, claro, sin duda, el mundo se detuvo y el corazón me dio un golpe seco en el pecho, lento, pesado.

Sofía se giró despacio. Muy despacio.

—…¿Cómo sabe mi nombre?

La anciana la miró un segundo silencioso y le dedicó una sonrisa, pero esta vez ya no había dulzura.

—Oh, hija…— dijo suavemente. —Digamos que… he escuchado mucho sobre ti.

El aire cambió por completo, ese calor, ya no se sentía igual y ahora sí... Sofía sintió el peligro.

No como una idea, no como una duda, sino como una certeza que le recorrió todo el cuerpo, fría, precisa e inevitable, que la hizo poner una mano en su vientre embarazado.

Y en ese mismo instante… muy lejos de ahí… un hombre apretaba el volante con tanta fuerza…

que sus manos empezaban a temblar. Porque aunque aún no lo veía… aunque aún no lo sabía con certeza… lo sentía. Y no había nada más peligroso… que llegar tarde.

Rápidamente llega al jet que estaba parqueado desde la última vez que lo habían usado, el piloto por supuesto a esa hora estaba en casa durmiendo, y Viktor ya no quería perder más tiempo en llamar o avisar.

Dimitri lo nota alterado, y ahí ve lo que estaba planeando Viktor.

—Viktor... ¿Qué carajo estás haciendo?

Viktor no responder, solo se hace a lo loco, a lo atravesado lo que mejor creía en ese momento que podía hacer.

—¿Qué crees que carajo estoy haciendo? Voy a pilotar así que suban el trasero, ¡Ya!

Carl no dudó, y aunque tuviera el cuerpo destrozado por la pelea de antes y la sangre ya se le había cristalizado, no podía dormirse, Elena y su hijo también estaban allá, en aquella cabaña en Catskills, y siente lo mismo que Viktor.

—¡Date prisa Dimitri! manejaremos esa cosa como sea, joder, allá están las chicas y quien sabe cómo fue esa bruja allá, sola, con más guardias...

Carl siente impotencia y se pasa las manos por el cabello despeinado.

—¡Maldita sea, mi Elena!— casi sollozó.

Dimitri no discutió más, Ana también estaba en peligro, y la pequeña Sofía también.

—¡Joder! ¡Vamos!

Los tres se acomodaron lo mejor que pudieron y todos arrancaron el jet de vuelta a Catskills, esperando a que no lleguen demasiado tarde.

—Dios... no.

Fue el último susurro que se escuchó después de que el jet arrancó y emprendió el vuelo.

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