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Capítulo 211: Bajo el mismo techo.

El sonido del jet desapareción en la distancia, pero en la cabala el silencio se había vuelto pesado, más pesado, Sofía no movió ni un músculo, no respiró ni habló, se quedó ahí de pie, con la mirada fija en la mujer, en esa mujer que sabía su nombre, y su corazó le latía mucho más rapido ahora, tanto que se tuvo que sostener el vientre, pero, tenía todos los sentidos alerta.

—…¿Quién es usted?— preguntó finalmente, con la voz más firme de lo que realmente se sentía.

La anciana ladeó la cabeza, observándola con un interés que ya no intentaba ocultar del todo.

—Qué formal…— murmuró, dando un paso más dentro de la sala. —Y qué valiente…

Sus ojos recorrieron el rostro de Sofía, luego bajaron lentamente hasta su vientre lleno, se detuvieron ahí, un instante, y algo en su expresión cambió, algo más oscuro... algo mucho más personal.

Sofía pudo percibir ese cambio, instintivo, como animal y sin darse cuenta, apoya la otra mano sobre la que ya tenía en el vientre, como si se estuviera protegiendo de su mirada sino de algo más, y esa pequeña acción hace que la señora sonría lobunamente.

—Ah…— susurró. —Así que sí…

Sofía dio un pequeño paso atrás.

—¿Así que sí… qué?

El silencio se volvió presente una vez más mientras se evaluava la tensión dentro del espacio. La mujer vuelve a levantar la mirada una vez más hacia Sofía.

—Nada, hija… nada importante…

Pero ya no sonaba inofensiva, ni un poco.

Sofía tragó saliva levemente, intentando ordenar todo lo que estaba pasando, su mente trabajando horas extras para poder pensar, analizar, esto no estaba bien, no estaba nada bien.

—Dijo que se perdió…— empezó, con cautela. —Pero sabía exactamente a dónde venir… ¿no?

La anciana soltó una risa baja. —¿Tú crees?

—Sí.— murmuró Sofía.

—Interesante…— respondió la mujer.

Dio otro paso más cerca, y sofía lo notó y retrocedió por inercia, más lento y más consciente ahora.

—También dijo que unos guardias la vieron…— continuó Sofía, entrecerrando los ojos. —Pero ellos no dejan pasar a nadie así como así.

La anciana suspiró, como si ese detalle le aburriera.

—Ay, hija… los hombres son tan… predecibles…

Se quitó el pañuelo con calma revelando mejor el rostro del que quizá Sofía pueda reconocer.

—Uno de ellos fue muy amable… incluso me acompañó un tramo…— dijo, como si contara algo cotidiano. —Luego tuvo que irse… algo sobre un ruido en el perímetro… muy urgente, al parecer…

Sofía frunció el ceño con desconcierto.

—¿Un ruido…?

—Sí…— asintió la mujer. —Otro decidió revisar también… y el último… bueno…

Se encogió de hombros.

—Creo que se resbaló.

El silencio se prolongó, pesado y frió, y eso no tenía sentido, no todo al mismo tiempo, no así, Sofía sintió cómo algo en su pecho se apretaba.

—Usted…— empezó, bajando apenas la voz. —Usted no está perdida.

La mujer la miró y esta vez no lo negó, perdió la sonrisa amable que tenía en la cara, y no fingió, solo la observó directamente.

—No— respondió con simpleza.

Sofía sintió que el mundo se ajustó en ese instante, todo encajaba, tarde pero encajó, la respiración se le volvió superficial, más medida.

—Entonces… ¿qué quiere?

La mujer avanzó otro paso, ya no había torpeza en su cuerpo, ya no había fragilidad, cada movimiento era preciso y controlado.

—Quería conocerte— dijo suavemente.

Sofía sintió un escalofrío recorrerle la espalda, ese mismo, el del jardín, el recuerdo volvió con más claridad, esa caminata, la figura, el rostro... ahora en su mente podía recordar perfectamente de donde venía todo ese porte.

—…usted— susurró. —Usted estuvo en la mansión…

La sonrisa volvió, pero ahora sí completa.

—Ah... ahora sí...— completa.

—Por fin.

Sofía dejó de retroceder, porque ya no había duda, esa señora la estaba buscando a ella, pero no sabe quién es... no sabe qué quiere de ella.

—¿Quién... quién es usted?— pregunta ella con voz casi temblorosa.

—Ay, mi niña...— dijo la mujer. —Qué pena que tu esposo nunca haya hablado de mí... qué triste...

Levanta la mirada, inclinando la cabeza un poco.

—Krasnova Volkov es mi nombre, querida.

Sofía frunce el ceño, Krasnova... Viktor nunca había mencionado a alguien con ese nombre, jamás, pero... el apellido, ese apellido siente que lo ha escuchado en todas partes, y ahí es cuando su cabeza suelta un recuerdo fugaz, Volkov... ese apellido... ¡Claro! cómo iba a olvidarlo... ese apellido Volkov era de Anastasia, esa mujer diabólica que se burlaba de ella en el pasado, la ex novia de Viktor, cuando le hacía imposible la vida, la que la destrozó y Viktor... Viktor cuando era malo con ella, con Sofía, cuando se burlaba de su físico, de sus rasgos, cuando Sofía odiaba a Viktor con todo el corazon, y luego... luego ocurrió lo del secuestro, lo de la muerte de esos dos, de Anastasia y de su padre cuando Viktor los mató, y una comprensión la golpea directo.

—Usted... pero...

Krasnova la calla levantando una mano.

—Nada de peros, mi niña, así me llaman.

El silencio se hizo grande y ahora sí... el peligro estaba ahí, frente a frente, sin máscaras, sin excusas. Sofía sintió el impulso de gritar, de correr, de llamar a alguien, peor algo la detuvo, no miedo, no exactamente, era... estrategia. Porque prácticamente, todos están durmiendo en este momento, su madre, Ana, Elena, los niños, Irina y Olga, ella debía planificar algo, algo para no poner en peligro a todos, a menos a que ella sepa que no está sola aquí dentro.

Necesitana un instino, si corría, quizá esa señora la iba a perseguir, pero no con pasos, podría sacar algún arma escondida y disparar, si gritaba podría hacer lo mismo incluso antes de responder, y... ¿quién iba a escuchar realmente? porque con lo que sabe ahora, que ve a esta señora aquí, se pregunta internamente en dónde carajos están los guardias, y ese pensamiento le heló la sangre. 

Krasnova da otro paso. 

—Tranquila…— murmuró. —Si quisiera hacerte daño… ya lo habría hecho.

Eso no ayudó en lo absoluto.

—Entonces váyase— respondió Sofía, firme. —Ahora.

La mujer soltó una risa baja.

—¿Ves?— dijo, como si hablara con alguien más. —Esto es lo que me gusta…

Sus ojos brillaron.

—No eres como las otras.

Sofía no respondió. No iba a darle ese gusto.

—Dime…— continuó Krasnova, caminando lentamente alrededor de ella, como si la estudiara. —¿Sabes con quién estás casada realmente?

Silencio.

—¿Sabes lo que ha hecho? ¿A quiénes ha destruido? ¿A quiénes ha… perdido?

Sofía apretó la mandíbula. —Sé lo suficiente.

—No…— susurró la mujer cerca de su oído. —No sabes nada.

Ese susurro… le erizó la piel completa.

Sofía giró rápido.

—Aléjese.

Krasnova sonrió. —Lo amas… ¿verdad?

No respondió.

—Claro que lo amas…— La mujer volvió a mirar su vientre. —Y ahora llevas algo suyo… o quizá más de uno...

El silencio es pesado y peligroso.

—Eso lo hace… mucho más interesante.

Sofía dio un paso atrás. Protegiéndose otra vez. —No se acerque más.

Y por primera vez… Krasnova se detuvo, la miró un segundo largo, profundo, como si estuviera tomando una decisión. Y entonce... volvió a sonreír, suavemente, casi amable de nuevo.

—No te preocupes…— dijo. —No vine a matarte hoy.

El “hoy” cayó como un golpe seco. —Solo vine a ver si valías la pena. Y debo admitir…— añadió, con una leve inclinación de cabeza. —No estoy decepcionada.

Sofía no bajó la guardia, ni un segundo. —Ya la vio— respondió. —Ahora váyase.

Krasnova caminó hacia la puerta, con calma, como si nada, como si no acabara de invadir su mundo, pero antes de salir se detuvo pero sin girarse para volver a ver a Sofía.

—Dile a Viktor…— murmuró. —Que esta vez… el juego es personal.

Una pausa. —Y que corra.

Giró apenas el rostro. Lo suficiente para que Sofía viera esa sonrisa una última vez.

—Porque ahora sí…

Abrió la puerta. El frío volvió a entrar.

—…voy en serio.

Y desapareció en la noche. Dejando atrás… una casa caliente. Un silencio roto. Y una verdad que ya no podía ignorarse. Porque ahora… ya no había dudas.

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