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Capítulo 202: La salida de chicas.

Sofía permaneció unos segundos más con el teléfono en la mano, mirando la pantalla ya apagada como si aún pudiera escuchar la voz de Viktor al otro lado, sintiendo aún su pulso a acelerado, pero ya no era de miedo, sino una mezcla extraña entre alivio y algo más que se niega a reconocer, algo que no lograba nombrar.

—Todo está bien…— susurró, más para convencerse que por certeza. Se levantó lentamente, respirando profundo, llevándose ambas manos al vientre.

—¿Ves?— murmuró con una pequeña sonrisa. —Papá está bien…

Pero en el fondo… muy en el fondo, había algo que no encajaba del todo.

Mientras tanto Moscú… Viktor no apartó el teléfono de su oído incluso después de que la llamada terminara. El silencio del otro lado fue lo que finalmente le hizo reaccionar, baja la mano lentamente, su expresión había cambiado, la sonrisa ya no estaba en su rostro, quedando solo la tensión en el aire.

Carl lo observaba desde el otro lado de la habitación.

—¿Le mentiste bien, no? —preguntó sin rodeos.

Viktor no respondió de inmediato, pero apretó la mandíbula con fuerza.

—Lo suficiente como para distraerla un rato, fue buena idea que Ana te avisara, Dimitri, tenía razón por supuesto, estaba siendo distante con los mensajes de ella porque esto me tiene aturdido, me siento culpable, pero creo que al menos ya puedo respirar... por ahora.

Dimitri soltó un suspiro pesado.

—Eso no va a durar mucho…

—No tiene que durar mucho. —respondió Viktor, firme—. Solo lo necesario.

Se hizo un breve silencio entre los tres, bastante pesado. —Mañana al amanecer… —continuó Viktor—. Esto va a acabar.

De vuelta en la cabaña… el ambiente había cambiado por completo, había risas, movimiento y voces alegres por el pasillo. El sonido de cajones abriéndose, ropa cayendo sobre la cama, niños corriendo y saltando por doquier.

Elena entró a la habitación de Sofía sin tocar, con una sonrisa animada.

—¿Lista o todavía estás en modo dramática abandonada? —bromeó, cruzándose de brazos.

Sofía rodó los ojos, pero sonrió.

—Bueno, es que...— murmuró—. Ya hablé con Viktor.

Elena se detuvo por un segundo muy leve.

—¿Sí…? —preguntó ella, intentando sonar casual.

—Sí. Está bien. Solo… ocupado— dijo Sofía perdiendo la mirada en el recuerdo de la llamada y las palabras que la inundaron y la calmaron.

Elena asintió levemente sintiéndose satisfecha.

—Claro… ocupado.

Pero su mirada bajó apenas un segundo, lo suficiente pero no dijo nada de inmediato, más bien, se limitó a observar a Sofía en silencio durante unos segundos más de lo normal, como si estuviera evaluando algo que no terminaba de encajar del todo en su mente. La sonrisa de su amiga estaba ahí, sí… pero había algo en sus ojos que no coincidía con esa calma que intentaba proyectar.

Y eso le hizo sentir un ligero peso en el pecho, pero no iba a decirle eso, y tampoco la mentira que se ocultaba tras las palabras calmantes de Viktor.

—Bueno…— murmuró finalmente, cambiando el tono a uno más ligero, —entonces eso significa que tenemos vía libre para distraernos, ¿no?

Sofía asintió, intentando convencerse a sí misma con ese gesto más que a Elena.

—Sí… creo que sí…

Elena aplaudió suavemente una vez, como si con eso pudiera sellar el ambiente.

—Perfecto. Entonces no hay excusas. Hoy es día de salir, despejarnos, gastar el dinero que no es nuestro… y consentirnos un poco.

Sofía dejó escapar una pequeña risa.

—Hablas como si fueras a vaciar toda la tienda.

—No me subestimes— respondió Elena con una sonrisa ladeada. —Llevo días aburrida, esto es peligroso.

Ambas compartieron una mirada que, por un momento, pareció genuinamente ligera, pero ese momento… fue breve.

En el pasillo, Ana observaba la escena a la distancia. No lo hacía de forma evidente, pero estaba ahí, apoyada ligeramente contra la pared, escuchando fragmentos de conversación, captando tonos, midiendo reacciones. Su respiración aún no se había normalizado del todo. El encuentro con Sofía había sido demasiado cercano al límite.

Demasiado.

Se llevó una mano al pecho por un instante, sintiendo los latidos acelerados contra su palma.

—Esto no va a aguantar mucho…— pensó Ana pasándose una mano por el cabello acomodando un mechón tras su oreja, ese pensamiento no era una idea exagerada, porque sabía que Sofía era inteligente, lo es, y demasiado perceptiva, podía aceptar una distracción, pero no por mucho tiempo, y Ana lo sabía, Viktor también, y eso era lo que más le inquietaba.

Desde la habitación de los niños comenzaron a escucharse voces más altas. Pequeños pasos corriendo. Una risa infantil que rompía completamente con la tensión que flotaba entre los adultos.

—¡Mamá!— la voz de Misha resonó con entusiasmo. —¡No encuentro mis zapatos!

—¡Porque los dejaste donde no debías!—respondió Elena desde el otro lado, elevando un poco la voz.

Ana cerró los ojos un segundo, todos esos sonidos, esa normalidad, era justo lo que necesitaban, y al mismo tiempo lo que más podía romperse.

Elena apareció poco después en el pasillo, llevando a la pequeña Sofía en brazos. La niña jugaba distraídamente con un mechón del cabello de ella, completamente ajena a todo lo que ocurría a su alrededor.

—Ese Misha, a veces se le olvida donde deja los zapatos, ay mi Misha,— murmuró Elena con una media sonrisa.

Ana la miró. —Déjalo… al menos está feliz.

Elena asintió levemente dándole la niña a Ana.

—Sí…— respondió en voz más baja. —Al menos él no tiene que entender nada de esto.

El silencio entre ambas se volvió breve, pero significativo. No hacía falta decir más.

Dentro de la habitación, Sofía se quedó sola por un momento. El bullicio afuera continuaba, pero ahí dentro… todo parecía más lento, un poco más pesado, ella se sentó en la cama con cuidado, como si de pronto su cuerpo recordara el cansancio que había estado ignorando, se queda viendo sus manos, y luego su vientre lleno y redondo, deslizó los dedos sobre la tela de su ropa en un gesto casi automático.

—Todo está bien…— repitió en voz baja.

Pero esta vez… no sonó igual que antes, había una pequeña grieta en esa afirmación, algo ligeramente sutil, casi imperceptible, pero estaba ahí, recordando la voz de Viktor de nuevo, cada palabra, cada pausa, respiración, suspiro, y cuanto más lo pensaba, más creía que había algo extraño, y que Viktor no le dijo, o eso piensa ella, no en lo que dijo, sino en cómo lo dijo, y eso le hace fruncir levemente el ceño.

—No…— murmuró, negando con la cabeza. —Solo estoy imaginando cosas…

Pero la duda ya había sido sembrada y las dudas no iban a desaparecer tan fácilmente, se puso de pie lentamente, no podía quedarse ahí pensando, no ahora, no cuando finalmente había logrado calmarse lo suficiente como para no romperse, caminó hacia el espejo, se observó por unos segundos.

—Tienes que tranquilizarte…— se dijo a sí misma.

Tomó aire, inhalando profundamente y largo hasta que llenó sus pulmones, y luego suelta lentamente.

—Por la bebé…

Esa era su ancla, siempre lo era. Y mientras ella seguía dentro de la habitación, afuera, el ambiente seguía creciendo, Irina y Olga ya estaban listas, hablando entre ellas mientras organizaban algunas cosas para la salida. Doña María también había salido de su habitación, curiosa por el movimiento.

—¿Y todo esto?— preguntó con una ceja alzada, aunque con una sonrisa leve.

Ana fue la primera en responder.

—Salida de chicas.— Dijo, ya estaba a punto de buscarla para avisarle de que se prepare.

Doña María soltó una pequeña risa. —¡Ya era hora mis niñas! Esos hombres las tienen tan angustiadas por terminar un trabajo y ustedes grises y decaídas, así que venga, a vestirse para partir.

Elena apareció nuevamente, ahora con Misha ya listo, aunque claramente a regañadientes, hace un rato atrás se había negado a ir, porque aún sentía incertidumbre por su padre, pero cuando escuchaba a Alexei y Nikolai reír y divertirse, quiso juntarse, sin embargo, aún no se sentía tan... dispuesto.

—Si no te apuras, te dejo— le advirtió Elena de repente, algo que ella casi nunca era capaz de decirle.

—No puedes dejarme— respondió él cruzándose de brazos con un pequeño puchero donde casi quería llorar un poco.

—Puedo intentarlo,— le dijo retándolo con diversión.

—No lo harías,— Misha respondió casi parecido a un desafío mientras la mira de reojo.

Elena lo miró fijamente.

—¿Quieres comprobarlo?

Misha de repente dudó y al pensar que sería el único que iba a quedar solo en la cabaña, una chispa se encendió. Y eso fue suficiente para que ella sonriera con victoria. Las risas volvieron a llenar el espacio, los dos pequeños dragones iban a ser los protectores valientes de mamá.

Y entre todas esas voces… Ana no dejó de mirar a Sofía cuando salió finalmente de la habitación. Porque aunque sonreía… aunque caminaba con aparente calma… Ana ya había visto esa expresión antes.

Esa que dice: “Estoy bien”… cuando en realidad... algo no lo está. Y eso solo significaba una cosa. El tiempo… se estaba acabando.

El aire fresco del exterior las recibió en cuanto cruzaron la puerta. Había algo en ese cambio de ambiente que resultaba casi inmediato, como si el simple hecho de salir de la casa les quitara un peso invisible de encima. La luz del día, aunque suave, iluminaba todo con un tono más vivo, más cálido… más normal.

Y eso era justo lo que necesitaban.

—Definitivamente esto era necesario— murmuró Elena estirando ligeramente los brazos, como si quisiera desperezarse del todo antes de acariciarse la panza con cuidado.

Doña María asintió, acomodándose el bolso en el hombro.

—Demasiado encierro no es bueno para nadie, mijas… y menos en su estado.

Sofía sonrió ante el comentario, llevándose una mano al vientre con naturalidad.

—Sí… creo que ya lo necesitábamos todas.

Ana las observó un momento, asegurándose de que todo estuviera en orden antes de avanzar. Su mirada recorrió el entorno con discreción, notando la presencia de los guardias a una distancia prudente, atentos pero sin interferir.

Todo parecía bajo control. Al menos… por ahora.

El trayecto hasta el vehículo fue breve, pero suficiente para que los niños comenzaran a llenar el ambiente con energía.

Misha hablaba sin parar, señalando cosas que veía en el camino, mientras Alexei intentaba seguirle el ritmo con preguntas, y el pequeño Nikolai apenas lograba mantenerse al paso, sujetando con fuerza la mano de Olga.

—¡Mamá, mira eso! —exclamó Misha señalando un perro a lo lejos.

—Sí, ya lo vi— respondió Elena, divertida. —Pero si sigues distrayéndote así, no vamos a llegar nunca.

—¡Pero es importante!— Protestó Misha queriendo más atención, queriendo olvidar su preocupación y concentrarse en el momento feliz de salida.

—¿El perro?— Preguntó Elena.

—Sí.— Misha dijo de inmediato.

Elena soltó una risa. —Claro, muy importante.

Una vez dentro del vehículo, el ambiente se volvió aún más animado.

Doña María comenzó a hablar sobre tiendas que había visto en visitas anteriores, recomendando lugares como si llevara años planeando ese momento. Irina y Olga escuchaban con atención, intercambiando comentarios entre ellas, mientras los niños se acomodaban como podían.

Sofía se recostó ligeramente contra el asiento, dejando que ese murmullo constante la envolviera.

Era… agradable, simple y sin complicaciones.

Por primera vez en horas, no sentía ese nudo constante en el pecho. Y eso… era suficiente.

Elena, sentada a su lado, la miró de reojo.

—Te ves mejor— comentó en voz baja.

Sofía giró la cabeza hacia ella. —¿Eso crees?

—Sí. Menos… tensa.— Dijo Elena con una pequeña sonrisa.

Sofía dejó escapar una pequeña risa. —Supongo que salir ayuda.

—Siempre ayuda.— Elena sonrió, pero no añadió nada más, ya no hacía falta.

Al llegar al primer destino, el movimiento fue inmediato, las puertas del vehículo abriéndose, voces y pasos de transeúntes, los copos de nieve cayendo suavemente, todos abrigados alrededor.

Los niños bajando con más entusiasmo del necesario. El lugar era amplio, con vitrinas llamativas y un flujo constante de personas entrando y saliendo. Había vida, ruido, colores… todo lo que contrastaba perfectamente con el encierro de las últimas horas.

—Bien— dijo Doña María con determinación. —Nadie se me pierde.

—Sí, mamá— respondió Sofía con una sonrisa, casi automática.

—Lo digo en serio.— Regañó suavemente Doña María.

—Lo sé.— Dijo Sofía con una pequeña risita que intentó disimular escondiendo bajo su mano.

El grupo comenzó a moverse entre las tiendas, deteniéndose aquí y allá, vieron ropa, accesorios, pequeños detalles que llamaban la atención sin demasiado esfuerzo. Elena fue la primera en entusiasmarse con una vitrina llena de esmaltes y productos de belleza.

—Bueno, aquí nos detenemos— anunció.

Ana alzó una ceja. —¿Ya, tan pronto?

—Sí, ya.— Dijo.

—Ni siquiera hemos visto lo demás.— Protesta Ana.

—No importa.

Sofía se rió suavemente.

—Déjala… ya sabes cómo es.

Mientras Elena y Ana comenzaban a discutir sobre colores y tonos como si fuera un asunto de vida o muerte, Sofía se apartó ligeramente, observando otros productos cercanos. Sus dedos rozaron algunas telas suaves, deteniéndose en pequeños conjuntos de ropa para bebé.

Sonrió levemente tomando uno pequeño entre sus manos, con delicadeza.

—Esto le quedaría bien… —murmuró casi sin darse cuenta.

Doña María apareció a su lado. —¿Para la niña?

Sofía asintió. —Sí… creo que sí.

Doña María observó la prenda con atención.

—Es bonito.

—¿Verdad que sí?— Dijo Sofía viendo la ropita.

—Muy bonito.

Ese tipo de momentos… eran los que hacían todo parecer normal. Como si nada más existiera fuera de ese instante. Como si no hubiera secretos, ni miedos, ni distancias, solo ellas, las risas, el momento de los niños, el disfrute y la ilusión de lo que estaba por venir.

A unos metros de distancia, uno de los guardias observaba con discreción, por supuesto, las habían seguido, era necesario, pero fueron discretos para no ser mal vistos, sus posturas eran relajada, pero sus miradas no dejaba de moverse, todos atentos, porque aunque todo pareciera tranquilo, nadie bajaba la guardia del todo.

Tenían una orden estricta de Viktor, estar atentos y proteger a las mujeres que estaban en esa cabaña, las mujeres de sus jefes, de los hombres que ahora mismo andan lidiando con un problema mayor.

Ellos saben que, Krasnova podría estar en cualquier lado, o sus hombres espiando, cualquier cosa podría pasar, cualquier títere de esa bruja podría estar en cualquier parte del mundo para destruir a cualquiera, y cada sabe que la misión de ellos es protegerlas a todas, a los niños también, incluso un guardia se quedó en la cabaña para cuidar de Dragón gris que es el gato mascota de Alexei, pero sobre todo... proteger a Sofía, porque es la que está más en peligro, y eso nadie lo sabe.

Cada uno estaba discretamente posicionado, con ropa casual, uno estaba cerca sentado en una banca supuestamente calentando puesto, otro guardia hacía de que entraba a un almacén a comprar cosas ligeras: brazalete, unos lentes, o incluso algo ligero para picar y llenar el estómago.

Otros dos parecían hermanos, caminando, y viendo las vitrinas, conversando, cada uno cumplía su papel y la verdad es que les quedaba bien, eran perfectos en su profesión, y Viktor sabía escoger a sus hombres.

Lo mejor de todo, es que ninguna le molestaba o le afectaba esto, estaban ajenas a cualquier t ma que tuviera que ver con ello, aunque Ana era quien más estaba pendiente de todo, y por supuesto, con Sofía, y de que a Elena tampoco le afecte el trayecto por el embarazo.

De repente Sofía encuentra la tienda que buscaba, la vio a lo lejos, y le dijo a Ana que la acompañe, mientras que Elena y Doña María, entran a un spa de manos cerca, mientras que Irina y Olga, llevan a los niños al parque de juegos, Olga supervisa que cada guardia esté pendiente ya que se han dividido en grupos.

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