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Capítulo 196: Las madrigueras de la Cobra.

El piso franco en las afueras de Moscú era un apartamento anodino en un edificio de los años setenta: tercer piso, dos habitaciones, cocina pequeña, ventanas con cortinas gruesas que no dejaban pasar ni un rayo de luz.

No había lujos. No había fotos familiares.

Solo un escritorio con mapas extendidos, tres laptops abiertas, un teléfono satelital y una cafetera que llevaba horas sin apagarse.

El aire olía a café quemado, a tabaco viejo y a tensión que se podía cortar con un cuchillo.

Viktor estaba de pie frente al mapa principal pegado en la pared: Moscú y sus alrededores ampliados, con círculos rojos marcados en tinta permanente. Dimitri estaba sentado en una silla giratoria, con los pies sobre el escritorio y el teléfono en la oreja, hablando en voz baja con uno de sus contactos en Israel.

Carl caminaba de un lado a otro, con las manos en los bolsillos del abrigo, mirando el suelo como si las respuestas estuvieran en las grietas del piso. Ni tenía idea de como continuar con este problema, se ha metido en uno muy grande, de hecho, agradece que Viktor lo haya entrenado con un arma, pero no es lo suficiente como para enfrentarse a un imperio tan grande, eso es lo que él piensa por ahora. La ensoñación se desaparece cuando la Voz de Dimitri se despide.

Dimitri colgó por fin y soltó el teléfono sobre la mesa con un golpe seco.

—Mis hombres en Herzliya encontraron algo. El complejo que rastrearon no está vacío. Hay movimiento: dos vehículos blindados entran y salen cada doce horas. Guardias armados en las torres. Cámaras en cada esquina. Pero no hay confirmación visual de Krasnova.

Vuelve a tomar el teléfono para leer los mensajes recientes y algunas fotos tomadas desde lejos.

—El guardia que tengo dentro dice que la ‘señora mayor’ no ha salido en semanas. Podría estar ahí. Podría no estar. Pero el lugar huele a ella: seguridad alta, discreción absoluta, y un nombre fantasma en los registros: ‘K.V. Holdings’. Es ella. O es su base principal.

Viktor se acercó al mapa, señaló un punto rojo en las afueras de Moscú.

—Si está en Israel, no puede dirigir todo desde allá. Tiene que tener gente aquí. Gente de confianza. Gente que conocía a Volkov. Lugares que usaban antes. Revisemos los viejos escondites.

Señaló tres círculos.

—Primero: la casa de campo en las afueras de Klin. Volkov la usaba para reuniones discretas. Está abandonada desde hace quince años, pero Krasnova podría haberla reactivado. Segundo: el almacén en las cercanías de Lyubertsy. Ahí guardaban armas y dinero en los años noventa. Tercer: el edificio en el distrito de Presnensky. Un piso franco que usaban para esconder gente. Todos esos lugares están en desuso… pero son perfectos para alguien que no quiere ser visto.

Carl se detuvo de caminar y se acercó al mapa, había mucha información para procesar pero él también aportaba su grano de arena en opiniones.

—¿Y si no está en ninguno? ¿Y si está en un lugar nuevo? ¿Uno que compró con su imperio en Israel?

Dimitri negó con la cabeza.

—No. Krasnova es vieja escuela. No confía en lo nuevo. Confía en lo que conoce. En lo que controlaba su hijo. En lo que controlaba su nieta. Si está en Moscú —y creo que está—, está en uno de esos tres sitios. O en uno que heredó de Volkov. Mi gente ya está revisando registros de propiedad a nombre de empresas fantasma ligadas a ‘K.V.’. En 24 horas tendremos una lista corta.

Viktor se cruzó de brazos tensionando su traje con su pecho amplio sintiendo un dejo de inquietud pero con determinación decisiva.

—Entonces dividimos. Mañana al amanecer: uno va a Klin, otro a Lyubertsy, el tercero a Presnensky. Revisamos. Buscamos señales: movimiento, luces, vehículos, basura reciente, cualquier cosa que diga ‘alguien vive aquí’. Si encontramos algo… no entramos. Observamos. Y cuando sepamos dónde está ella… entramos. Juntos. Sin piedad.

Carl miró los círculos rojos en el mapa.

—¿Y si no está en ninguno? ¿Y si ya se fue? ¿Y si solo dejó ojos aquí y ella está en Israel?

Viktor lo miró fijamente, comprendía sus dudas, pero sabía el por qué y por eso debía tranquilizarlo un poco.

—Entonces vamos a Israel. Pero no creo que se haya ido. Krasnova no deja cabos sueltos. Si empezó esto… va a terminarlo aquí. En Moscú. Donde todo empezó. Donde maté a su hijo, donde maté a su nieta, quiere verme sufrir aquí, quiere que vea cómo mi familia cae aquí. No se va a ir sin verme roto, sin destrozarme por completo.

Dimitri se levantó, apagó el portátil y lo guardó en la mochila.

—Entonces mañana. Al amanecer. Tres equipos. Tres lugares. Revisamos. Reportamos. Y si encontramos algo… actuamos. No esperaremos más, no dejaremos que siga moviendo hilos. Terminaremos con ella y terminamos con esto. Y volvemos a la cabaña antes de que Sofía y Elena empiecen a hacer preguntas que no podamos responder.

Carl asintió, aunque la mandíbula seguía tensa.

—Estoy dentro, quiero que esto termine lo más pronto posible, quiero volver con Elena y Misha. Quiero que mi hijo nazca sin esta sombra.

Viktor extendió la mano.

—Entonces mañana. Al amanecer. Terminamos lo que empezó hace años.

Dimitri y Carl pusieron sus manos encima por tercera vez como un equipo de scouts, realmente necesitaban sentirse como aventureros en busca de misiones y solución de problemas.

—Lo haremos cueste lo que cueste.

Los tres se quedaron en silencio un segundo. Con las manos unidas unos segundos antes de soltarse.

Viktor se posó en una esquina, sacó un cigarrillo aunque ya Sofía le había dicho que no volviera a fumar, pero en este caso de tensión, necesitaba un desahogo ya que a ella no la tenía al lado, sentía vacío, de que le hacía falta su familia, y los entrañaba.

Por otro lado, Carl también se sentía ligeramente despechado con un vacío en el pecho, quiere volver a ver a Elena, y ni siquiera sabe si realmente va a sobrevivir en este embrollo en el que se metió. Solo recuerda las balas zumbando en películas de acción, no en la vida real cerca de su oído, y sabe que seguramente una escena va a sucederle así, y de solo pensarlo se le revuelve el estómago.

Y como si se sintieran escuchados, esa conexión real, al otro lado en Nueva York en esa pequeña cabaña escondida, Sofía se acaricia el vientre redondo pensando en Viktor, en donde estaba y que hacía, y Elena... esa muchacha, ya sentía escalofríos y se agarraba mucho la panza, hablando con el bebé nonato como si escuchara sus propios pensamientos y vacío.

Lo peor de todo, es que a Ana se le estaban acabando las ideas para poder mejorar el estado de ánimo de ambas, y le está costando mucho en pensar en estrategias... por ahora.

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