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Capítulo 19: El primer disparo.

El Mercedes se detuvo frente a la mansión con un frenazo más brusco de lo necesario. Viktor bajó sin esperar, abrió la puerta trasera y extendió la mano para ayudarla. Sofía la tomó sin mirarlo; el contacto duró un segundo más de lo estrictamente necesario.

Anastasia salió del lado del copiloto, tacones resonando en el asfalto helado.

—Qué viaje tan… intenso —comentó con sonrisa felina—. Creo que me merezco un trago antes de dormir. ¿Me acompañas, cariño?

Viktor soltó la mano de Sofía como si quemara.

—Sube —le dijo a ella, voz baja—. Yo voy en un momento.

Sofía entró sin responder. Subió las escaleras despacio, el vestido gris ondeando, el corazón latiendo fuerte pero controlado. Cerró la puerta de su habitación y se quedó de pie en medio, respirando hondo.

Abajo, en el salón, Anastasia ya se servía vodka en dos vasos.

—Pareces tenso —dijo, entregándole uno—. ¿Es por papá o por la gordita del asiento trasero?

Viktor tomó el vaso, trago largo.

—No empieces.

Anastasia rió suave, acercándose hasta que el perfume caro invadió el espacio.

—No empiezo. Solo observo. Te conozco, Viktor. Cuando algo te pica, aprietas la mandíbula exactamente así.

Él la miró fijo.

—Nada me pica.

Ella rozó su brazo con la punta de los dedos.

—Mentiroso. Te conozco desde que teníamos diecisiete. Antes te excitaba que peleara por ti. Ahora… ahora ni siquiera peleas.

Viktor dejó el vaso con fuerza.

—Porque no hay nada por qué pelear.

Anastasia sonrió más.

—Claro. Por eso la trajiste a la reunión. Por eso la miras cuando cree que no te das cuenta. Por eso no me tocaste anoche cuando te invité a mi habitación.

Él se acercó, voz baja y peligrosa.

—Cuidado, Nastya. (Anastasia en ruso)

Ella no retrocedió.

—O qué. ¿Me vas a romper como a ella? ¿O ya no puedes?

Silencio. El fuego crepitaba en la chimenea.

Viktor tomó su muñeca fuerte.

—No juegues conmigo.

Anastasia se acercó más, labios casi rozando los de él.

—No juego. Solo recuerdo quién eras antes de que ella llegara y te pusiera… blando.

Él la soltó de golpe.

—Vete a dormir —dijo frío—. Mañana seguimos.

Ella rió, dejó el vaso.

—Como ordene, jefe.

Subió las escaleras contoneándose.

Viktor se quedó solo, vodka en mano, mirando el fuego.

Arriba, Sofía no dormía. Estaba sentada junto a la ventana, libro cerrado en el regazo. El corazón todavía latiendo fuerte.

Al día siguiente, Viktor salió temprano otra vez. Anastasia bajó al comedor como reina, bata de seda, sonrisa triunfal.

—Buenos días, Sofía —dijo dulce—. Viktor salió temprano. Negocios. Me pidió que te dijera que hoy estás libre.

Sofía sorbió té.

—Gracias.

Anastasia se sentó frente a ella.

—Sabes, me da curiosidad —dijo, voz baja—. ¿Cómo lo haces? ¿Cómo aguantas que te trate como… como un mueble caro que usa cuando quiere?

Sofía miró fijo.

—Aguanto porque debo.

Anastasia rió.

—Porque debes. Qué noble. Yo nunca aguanté nada. Por eso me fui. Porque Viktor siempre quiere controlarlo todo. Pero tú… tú lo dejas.

Sofía dejó la taza.

—No lo dejo. Espero.

Anastasia alzó ceja.

—¿Esperas qué?

Sofía sonrió levemente, primera vez en días.

—Que se canse de controlar.

Anastasia parpadeó, su sonrisa comienza a vacilar.

—Nunca se cansa.

Sofía se levantó.

—Ya veremos.

Subió, dejando a Anastasia sola con el café frío.

En la biblioteca, tomó un libro nuevo: “La reina que no se arrodilló”.

Leyó toda la mañana.

La reina esperaba.

Y cuando llegó el momento, cortó gargantas con calma.

Sofía sonrió.

Pronto.

Viktor se quedó solo en la oficina, la puerta cerrada con llave, la luz de la lámpara derramando un resplandor amarillo sobre los papeles desordenados. Se sentó pesadamente en la silla de cuero, abrió la laptop pero no la encendió. Apoyó los codos en la mesa, cabeza entre las manos, respiración agitada.

El perfume de Anastasia todavía flotaba en el aire como un veneno dulce. El recuerdo de su mano en su brazo, sus labios rozando la comisura de su boca, la forma en que había susurrado “como antes” mientras bailaban... todo volvía a él como un latigazo.

—Mi*rda —masculló, mano bajando instintivamente al pantalón, apretando fuerte sobre la tela tensa. Duro como roca. Palpitando.

Se levantó, dio dos vueltas por la habitación, puño golpeando la pared una vez, seco.

Anastasia sabía exactamente dónde tocar. Siempre lo había sabido. Y ahora estaba en la habitación de al lado, puerta entreabierta, esperando.

Tomó el teléfono interno, marcó la extensión de la habitación de invitados.

—Ven —dijo cuando ella contestó, voz ronca—. Ahora.

No esperó respuesta.

Anastasia llegó en menos de un minuto, bata de seda roja entreabierta, sonrisa felina.

—¿Me llamabas, cariño?

Viktor la tomó del brazo, la empujó contra el escritorio, papeles volando.

—Sabes perfectamente por qué —gruñó, mano subiendo la bata, dedos clavándose en la cintura de avispa perfecta—. Siempre sabes cómo volverme loco.

Ella rió bajo, arqueándose contra él.

—Porque tengo esto —susurró, guiando su mano a sus curvas de carrera, pechos firmes, caderas que se movían como arma—. No como cierta gordita que ocupa espacio en tu cama.

Viktor la besó con rabia, dientes chocando, mano bajando a rasgar la seda.

—Ella no tiene esto —gruñó contra su cuello, embistiendo ya, duro, profundo—. Ella es blanda, torpe, rollitos que tiemblan cuando la toco. Tú... tú eres perfecta.

Anastasia jadeó, uñas clavándose en su espalda.

—Dilo otra vez —susurró, piernas rodeándolo—. Dime por qué me prefieres.

—Porque tienes cuerpo de verdad —jadeó él, haciendo embistidas brutales—. Cintura que agarro, trasero que aprieto, pechos que no se desbordan como las de ella. Sofía es... carne sobrante. Tú eres arte.

Ella rió entre gemidos.

—Y ella escucha todo desde el pasillo —susurró, voz ronca de placer—. Déjala que oiga.

Viktor se detuvo un segundo, respiración agitada, pero el deseo era más fuerte.

—Que oiga —gruñó, volviendo a embestir más fuerte—. Que sepa que nunca será esto.

En el pasillo, Sofía se había acercado sin hacer ruido, atraída por los gemidos. La puerta entreabierta. La voz de Viktor, cruda, cruel.

Cada palabra era como un cuchillo en fuego.

Se quedó quieta, con la mano en la pared, y el corazón latiendo fuertemente contra su caja torácica.

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