Mundo ficciónIniciar sesiónLa fiesta se fue apagando como una vela que se consume despacio hasta quedar solo en brasas.
Los globos se desinflaban contra las ramas del roble, las mantas estaban llenas de migas y manchas de jugo, y los niños, agotados de tanto correr, gritar y perseguir a Dragón Gris por el jardín, ya habían sido llevados a dormir. Alexei se había quedado dormido abrazado a Misha en el sofá del salón, los dos con la cara pintada de chocolate y coronitas de papel torcidas en la cabeza. Nikolai roncaba en brazos de Doña María, que lo mecía cantando bajito una canción de cuna suave mientras subía las escaleras. La pequeña Sofía dormía en brazos de Dimitri el papá más posesivo de los tres. Elena y Carl se despidieron con un abrazo breve pero sincero. Elena le dio un beso a Sofía en la mejilla y le susurró: —Cuídate mucho, Sofi. Y llámame si necesitas algo. De verdad. Sofía le apretó la mano. —Lo haré. Gracias por venir, por haber compartido un buen rato, por todo lo demás y el detalle de las velas... otra vez. Carl miró a Viktor un segundo largo. —Gracias por la fiesta. Misha no paraba de hablar de los dragones. Viktor asintió. —Cuando quiera volver… la puerta está abierta. Se fueron en silencio, con Misha dormido en brazos de Carl. La mansión se quedó en calma. Viktor y Sofía subieron las escaleras despacio. Ella se apoyaba un poco en su brazo, todavía con el cansancio pegado a los huesos, pero con una sonrisa suave que no se borraba. Entraron a la habitación principal, cerraron la puerta con llave y se quedaron un segundo en silencio, solo mirándose. Sofía se quitó los zapatos y se dejó caer en la cama, de lado, con la mano en la barriga. Viktor se quitó la camisa y se acostó frente a ella, mirándola con esa intensidad que siempre la ponía nerviosa y segura al mismo tiempo. —Estás mejor— murmuró él, acariciándole el cabello. —Se te nota en los ojos. Sofía asintió lentamente. —Un poco. Las náuseas siguen, pero ya no son cada cinco minutos. Ana dice que es normal, que el pico ya pasó. Solo necesito reposo… y paciencia. Viktor le besó la frente con cariño. —Tienes toda la paciencia del mundo conmigo. Yo te la doy a ti. Ella sonrió débil, pero luego la sonrisa se apagó un poco. Se quedó mirando la sábana, trazando círculos con el dedo distraída. —Viktor… el susto de Elena me movió cosas. Mucho. Cuando me contó lo del dolor, lo del sangrado… por un momento pensé que me iba a pasar lo mismo. Que mi cuerpo iba a fallar. Que este bebé… que no iba a llegar. Me asusté tanto que no podía respirar. Y me sentí culpable. Como si mi estrés, mi miedo, mi forma de hablarle a ella… hubiera sido la causa.— admitió una vez más sintiendo todavía aquella incertidumbre interna. Viktor le tomó la mano y la apretó contra su pecho. —No fue tu culpa, Sofía. Nada de esto es tu culpa. Elena tuvo un hematoma. Tú estás sana. El bebé está sano. Ana lo vio. El latido es fuerte. Todo está bien.— tuvo que recalcar Viktor, con temor se que Sofía vuelva a sentir miedo, y olvide la gran fiesta familiar se hace un momento. Sofía levantó la vista, con los ojos húmedos pero sin lágrimas todavía. —Lo sé. Pero el miedo no escucha razones. Y tú… tú estuviste ahí. Me sostuviste cuando vomitaba encima tuyo. Me abrazaste cuando lloraba. Me recordaste que no estoy sola. Que nunca más voy a estar sola. Y eso… eso me salvó de los malos pensamientos. Viktor se acercó más, pegando su frente a la de ella. —Te salvé porque tú me salvaste a mí primero. Desde el día que apareciste en mi vida. Me rescataste de mí mismo, de la oscuridad, de creer que solo valía por el poder que tenía y tú me hiciste querer ser mejor por ti, por Alexei, por Nikolai, por la pequeña Sofía de Dimitri y Ana, incluso el de Carl. Y ahora… por este que viene. No sabes cuánto te necesito, Sofía. Cuánto me aterra perderte, más que cualquier bala, más que cualquier enemigo, verte mal… me rompe, me hace sentir débil, como si no estuviera haciendo algo bien. Como si fallara en protegerte. Sofía le acarició la mejilla, trazando la línea de la cicatriz en su sien. —No fallas, tu no, estás aquí, todos los días, me sostienes, me cuidas, me amas. Y eso es más que suficiente. Este bebé… este bebé va a nacer sabiendo que tiene el mejor papá del mundo. Uno que no se rinde. Uno que lucha. Uno que me mira como si fuera el sol. Viktor le besó la palma de la mano, luego la muñeca, subiendo despacio por el brazo hasta llegar al cuello. “Sí, mi amor, tú eres mi sol, reina mía. Mi corazón. Mi todo. Cuando te veo así, vulnerable, cansada… quiero encerrarte en una torre y protegerte del mundo. Pero sé que no puedo. Porque tú eres libre, fuerte, y este bebé va a ser igual. Va a tener tu fuego, tu risa, tu fuerza de voluntad. Y yo voy a estar ahí para cuidarlos, para amarlos y para no dejarlos nunca. Sofía sintió que las lágrimas volvían, pero esta vez eran de alivio, de completo amor. —¿Crees que sea niña? Viktor sonrió contra su piel. —Sea lo que sea… va a ser nuestro. Y va a tener la mejor mamá. La que me salvó. La que me hace querer ser mejor cada día. Le besó la barriga con suavidad, como si le hablara al bebé. —¿Escuchaste, pequeño? Tu mamá es una superheroína. Y yo soy el que la cuida. Así que crece fuerte. Porque te esperamos con los brazos abiertos. Sofía rio bajito, acariciándole el cabello. —Y cuando nazca… vamos a llenar esta casa de más risas. De más dragones y más amor. Viktor subió y la besó lento, profundo, con esa ternura que solo salía cuando estaban solos. —Te amo, Sofía. Más que ayer. Más que nunca. Ella lo abrazó fuerte. —Y yo a ti, mi rey. Siempre. Se quedaron abrazados y dormidos, con la mano de él en su vientre, sintiendo ese latido que ya era parte de ellos. Al día siguiente, Sofía se despertó con una sensación que casi había olvidado, ligereza. No era que el malestar hubiera desaparecido por completo, todavía sentía una sombra de náuseas si se movía muy rápido o si el olor del café de Viktor llegaba hasta la habitación, pero esa mañana el estómago no se le revolvía al abrir los ojos. No hubo carrera inmediata al baño. No hubo esa opresión en la garganta que la hacía jadear antes de siquiera sentarse. Se quedó quieta un segundo, respirando despacio, esperando la embestida familiar… y no llegó. Se giró hacia Viktor, que todavía dormía profundamente a su lado, boca abajo, con la sábana enredada en las caderas y el brazo extendido como si incluso en sueños quisiera alcanzarla. El sol entraba por las rendijas de las cortinas, pintándole rayas doradas en la espalda, y Sofía sintió que algo se le encendía en el vientre. No era solo alivio. Era hambre. Antojo puro, voraz, de todo: helado de mora, dulce de guayaba, chocolate derretido, fresas con crema… y de él. Sobre todo de él. Se mordió el labio inferior, sintiendo cómo el deseo le subía por el cuerpo como una ola lenta y caliente. Sabía que Ana había sido clara: reposo, nada de “actividad intensa”, nada de hacer el delicioso días seguidos. Pero nadie había dicho que no se podía adorar con los labios y la lengua. Nadie había prohibido que ella… simplemente lo probara. Que imitara la sensación fría y cremosa del helado con algo mucho más caliente, mucho más vivo. Se deslizó despacio bajo las sábanas, sin despertarlo todavía. Le bajó el pantalón de pijama con cuidado, solo lo suficiente para liberar su longitud, que ya empezaba a endurecerse por instinto, por el simple roce de la tela y el calor de su cuerpo cerca. Sofía sonrió con travesura contra su piel. Primero un beso suave en la base, apenas un roce... Luego la lengua, lenta, trazando la vena que latía bajo la piel, imitando el movimiento de una cucharada de helado que se derrite en la boca. Lo tomó con los labios, cálido, suave, succionando despacio mientras su mano masajeaba los muslos tensos, subiendo y bajando con presión justa para que el placer se mezclara con el alivio que él necesitaba después de días de abstinencia forzada. Viktor gruñó en sueños, un sonido grave que vibró en su pecho. Se removió, pero no despertó del todo. Su cuerpo sí: se endureció por completo en su boca, palpitando contra su lengua, caliente y pesado. Sofía aceleró un poco, succionando más profundo, dejando que la saliva resbalara para hacerlo más resbaladizo, imitando la sensación cremosa y fría del helado que tanto anhelaba, pero con el calor y el pulso vivo de él. Una mano subió a acariciar su pesado saco bajo la base con suavidad, la otra siguió masajeando el interior de los muslos, deshaciendo los nudos que la tensión de los últimos días había dejado. Viktor comenzó a sentir aquella sensación, y lentamente abrió los ojos adormecidos, confundido al principio, luego con una sonrisa lenta y perezosa al verla allí. —Sofía… joder… ¿qué estás haciendo? Su voz salió ronca, todavía cargada de sueño, pero ya con ese filo de deseo que siempre la ponía a temblar. Sofía levantó la vista sin sacarlo de la boca, los ojos brillantes de picardía. —Shhh, mi rey… estoy comiendo helado. Pero como no me dejan comer de verdad… me lo como así, despacio, muy despacio. Volvió a bajar, tomándolo más profundo, succionando con fuerza mientras su lengua jugaba en la punta, imitando el movimiento de lamer una cucharada que se derrite. Viktor gruñó, enredando los dedos en su cabello, pero sin guiarla. Solo sosteniéndose. —No puedes hacer eso… Ana dijo… reposo… nada de… Sofía lo sacó un segundo, solo para mirarlo con los labios hinchados y una sonrisa traviesa. —Ya me siento mejor. Mucho mejor. Las náuseas se fueron esta mañana. Y siento antojo de todo… de helado, de dulce, de ti. Sobre todo de ti. Y nadie dijo que no podía adorarte con la boca. Nadie dijo que no podía hacerte temblar mientras pienso en cómo sabe el helado de mora… pero contigo sabe mejor. Viktor soltó un gemido bajo, las caderas moviéndose involuntariamente hacia su boca. —Eres imposible, reina mía… me estás matando… Ella sonrió contra su piel. —Entonces déjame matarte un poquito más. Después… después voy a bajar por el helado. Mucho helado. Pero ahora… solo quiero esto. Quiero sentirte en mi boca. Quiero que te corras pensando en mí. En nosotros. En el bebé que viene. Volvió a tomarlo, más profundo, más rápido, succionando con fuerza mientras sus manos masajeaban sus muslos, sus caderas, todo lo que podía alcanzar. Viktor echó la cabeza hacia atrás, un gemido ronco escapando de su garganta. —Sofía… voy a… joder… Ella no se apartó. Lo tomó entero cuando llegó, succionando suave mientras él se derramaba en su garganta con un rugido bajo que intentó ahogar contra la almohada. Cuando terminó, Sofía subió despacio por su cuerpo, besándole el abdomen, el pecho, el cuello, hasta llegar a su boca. Viktor la atrapó en un beso profundo, saboreándose a sí mismo en sus labios, las manos bajando por su espalda para apretarle las nalgas. —Eres peligrosa, reina traviesa… muy peligrosa. Ella rio contra su boca, acomodándose a horcajadas sobre él. —Y tú estás recuperado, mi rey. Mira cómo te puse duro otra vez en cinco minutos. Viktor gruñó, volteándola con facilidad para quedar encima. —Entonces ahora me toca a mí cuidarte… despacio… hasta que grites mi nombre y despierte a toda la casa. Sofía abrió las piernas para él, jadeando cuando sintió la cabeza de su miembro rozándola. —Empieza ya, Viktor… que Misha llega en un rato y quiero estar lista para ver a los dragones jugar. Él entró despacio, profundo, y los dos se perdieron en ese ritmo lento y caliente que siempre los unía. Abajo, Doña María ya había despertado y se dedicó a preparar el desayuno, tarareaba en la cocina, preparando un buen chocolate caliente. Mientras tanto, dentro de la habitación, Sofía y Viktor apenas se rozaban, por miedo a que fuera a suceder algo si no cumplían con las reglas de Ana, pero aquella deliciosa fricción, fue lo suficientemente intenso como para que ambos llegaran a la cúspide una vez más. Viktor cayó encima de Sofía, apenas exhausto, epro contento de saborearla así sea un poquito, claro, esa abstinencia lo estaba matando, ya era la tercera vez que le tocaba esperar sin poder tocarla, pero las tentaciones a veces eran más fuertes, pero esta vez, por seguridad, seguirían las reglas de la doctora de la familia Ivanov. —Ahora sí— murmura Sofía. —cómprame helado, mucho helado, tengo muchas ganas de comer mucho helado... Viktor sonríe con lentitud y le da un beso en la frente. —Lo que exija mi reina. En un rato bajo y voy con Alexei. Te amo. —Le da otro beso en los labios y se levanta de la cama para prepararse y salir de compras, porque su amada lo necesitaba, y haría cualquier cosa por ella.






