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Capítulo 167: Monitoreo para el bebé Kuzmin.

Y mientras la familia Ivanov vivía su vida tranquila y con Sofía mejorando. Carl conducía con una mano firme en el volante y la otra entrelazada con la de Elena en el asiento del copiloto. El trayecto al hospital privado fue silencioso, pero no tenso, y pues hoy le tocaba monitoreo obligatorio para la embarazada.

Solo el sonido del motor y la respiración lenta de Elena, que se llevaba la mano libre al vientre cada pocos minutos, como si quisiera recordarse a sí misma que el bebé seguía ahí. No había vuelto a sentir esos dolores punzantes de la otra noche. Solo calambres leves, cansancio que llegaba de golpe y una fatiga que la obligaba a sentarse más de lo normal. Pero Carl no había querido esperar a ver si “leve” se convertía en algo más. “Es solo un por si acaso”, le había dicho esa mañana mientras le ayudaba a ponerse el abrigo. “Mejor saber que todo está bien que quedarnos con la duda.”

Elena no había discutido, con Carl nunca lo hace, porque en el fondo, ella también lo necesitaba.

Llegaron al hospital a las nueve en punto.

La sala de maternidad privada era todo lo contrario al caos de urgencias: paredes claras, luz suave, una enfermera que los recibió con sonrisa profesional y sin prisa. Los llevaron directamente a una habitación individual: camilla cómoda, monitor fetal portátil, sillón para acompañante y una ventana que daba a un pequeño jardín interior.

Elena se acostó con cuidado, subiéndose la blusa hasta debajo del pecho. Carl se sentó al lado, sin soltarle la mano. La enfermera colocó el gel frío y el transductor.

—Vamos a escuchar el latido primero— dijo con voz calmada. El monitor se encendió.

Y ahí estaba, ese pum-pum rápido, constante, fuerte. 158 por minuto.

Elena soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo desde todo el trayecto. Carl apretó su mano un poco más fuerte, sin decir nada.

Solo miró la pantalla como si ese sonido fuera lo único real en el mundo.

La doctora entró minutos después, una mujer de unos cuarenta años con gafas finas y voz tranquila.

—Buenos días, señora Kuzmin. Señor Kuzmin. Vamos a hacer una ecografía completa y un chequeo de rutina. Todo lo que me contaron por teléfono encaja con un hematoma subcoriónico leve que ya está reabsorbiéndose. Pero vamos a confirmar.

El transductor se movió despacio sobre la barriga de Elena. La imagen apareció: el saco gestacional perfecto, el embrión con su forma de frijolito ya definido, el latido visible como un parpadeo blanco en la pantalla.

—Todo en orden— dijo la doctora. —El hematoma es pequeño, está disminuyendo. El bebé crece normal para las trece semanas. Latido fuerte. Placenta bien insertada. Solo necesita seguir con reposo relativo: nada de esfuerzos, nada de estrés, caminar poco, dormir mucho. Progesterona y antiespasmódicos como indicamos. Y si vuelve el dolor o el sangrado aumenta… regresan de inmediato.

Elena soltó un suspiro largo, con lágrimas de alivio rodando silenciosas.

—Gracias… gracias.

La doctora sonrió.

—Es un embarazo sano. Solo necesita más cuidado que otros. Pero va a llegar a término sin problema si siguen las indicaciones.

Carl no dijo nada. Solo siguió sosteniendo la mano de Elena, mirando la pantalla hasta que la imagen se apagó. Cuando la doctora salió, la habitación quedó en silencio. Elena giró la cabeza hacia él.

—¿Estás bien?

Carl tardó en responder, se quedó varios segundos estático en silencio y mirando hacia la nada, de repente se llevó la mano libre a la cara, frotándose los ojos como si quisiera borrar el miedo que todavía le quedaba pegado.

—Estaba aterrado, Elena. En el auto… pensé que te iba a perder, que íbamos a perderlo, y no podía hacer nada, solo manejar, solo esperar, joder... odio esperar.

Elena le acarició la mejilla.

—Ya pasó. Estamos bien. Los dos estamos bien.

Carl se inclinó y la besó despacio, en la frente, en los ojos, en los labios.

—No voy a dejar que vuelva a pasar. Voy a cuidarte. Voy a estar ahí. Cada día. Cada noche. No me voy a mover de tu lado.

Elena sonrió, con lágrimas nuevas.

—Lo sé. Y yo… yo voy a cuidarme, por ti, por Misha, por este bebé, y vamos a ser una familia de verdad.

Carl se quedó un rato más, sentado a su lado, con la mano en su vientre, sintiendo las pataditas suaves que empezaban a notarse.

—Es fuerte— murmuró. —Muy fuerte como tú.

Elena rio bajito.

—Como nosotros.

Cuando les dieron el alta, Carl la llevó en brazos hasta el auto, aunque ella protestó que podía caminar.

—No discutas. Hoy mando yo.

Elena se dejó llevar, con la cabeza apoyada en su pecho y una pequeña sonrisa de satisfacción que nadie se la podía borrar. En casa, Carl la acostó en la cama, le puso almohadas extras, le acercó agua, el teléfono, una manta suave.

No se fue al despacho. No encendió la computadora. Se sentó en la silla al lado de la cama y se quedó ahí.

Elena lo miró.

—¿No vas a trabajar?

Carl negó con la cabeza.

—No hoy. Hoy te cuido a ti. Y al bebé. El resto puede esperar.

Ella extendió la mano y él se la tomó con delicadeza. Y se quedaron así, en silencio, con el latido del bebé resonando en la memoria de ambos.

Mientras pasaban los minutos, el reloj marcaba apenas las nueve de la mañana cuando el teléfono de Carl vibró sobre la mesita de noche.

Elena, que había logrado dormitar un rato apoyada en las almohadas, abrió los ojos al oírlo.

Carl lo tomó rápido, miró la pantalla y contestó sin dudar.

—Sí… entiendo. ¿Ya están los planos finales aprobados? Perfecto. Estaré allá en cuarenta minutos.

Carl colgó y se quedó mirando el aparato un segundo, como si todavía no creyera la noticia.

Elena se incorporó un poco, con cuidado de no moverse demasiado rápido.

—¿Qué pasa?

Carl se giró hacia ella, con una mezcla de alivio y tensión en la cara.

—Es la escuela. RUBCOL. Ya están listos para empezar la construcción. Los permisos finales salieron hoy. Quieren que vaya a firmar el inicio de obras y a ver el terreno con los ingenieros.

Elena lo miró un momento largo pero sereno. Sabía lo importante que era ese proyecto para él: no solo por los números, sino porque era algo que había nacido de la colaboración con Viktor y Sofía, algo que iba a dejar huella, algo que Misha algún día iba a ver y decir “mi papá ayudó a construir eso”.

—Entonces, debes ir,— dijo ella, voz suave pero firme. —Tienes que ir. Yo voy a estar bien. La enfermera viene en una hora, y Doña María me dijo que si quería podía invitarla a venir cuando quiera, que puede pasar si necesito compañía. No te quedes aquí por mí.

Carl dudó por varios segundos, luego se acercó y le acarició la mejilla con el dorso de los dedos.

—¿Segura? No quiero dejarte sola.

Elena le tomó la mano y la apretó contra su rostro.

—Segura. Ve. Hazlo por Misha. Por nosotros. Por el bebé. Y cuando vuelvas… me cuentas todo. Quiero saber cada detalle.

Carl se inclinó y la besó despacio, en los labios, en la frente, en la barriga.

—No me tardo. Si pasa algo, cualquier cosa, me llamas. Inmediatamente.

—Lo prometo.— Respondió Elena sin dudar.

Carl se levantó, se cambió rápido, traje gris oscuro, camisa blanca sin corbata, abrigo largo, y antes de salir se giró una última vez desde la puerta.

—Te amo, Elena.

Ella sonrió, con los ojos húmedos sin poder evitarlo.

—Y yo a ti. Ahora, ve tranquilo.

Carl bajó, subió al auto y arrancó. A mitad de camino sacó el teléfono y marcó el número de Viktor.

—Ivanov… ya me llamaron. RUBCOL. Inicio de obras hoy. ¿Lo sabías?

Viktor respondió casi al instante, voz grave pero con un toque de satisfacción.

—Me llamaron hace media hora. Ya estoy en camino. Nos vemos allá.

Carl soltó el aire con un suspiro silencioso pero lleno de gran alivio.

—Perfecto. Nos vemos en el terreno.

Colgó y pisó un poco más el acelerador.

Mientras tanto, Elena se quedó sola en la habitación. El silencio era pesado, pero no malo.

Se acomodó mejor en las almohadas, puso una mano en la barriga y cerró los ojos.

Pensó en Sofía. En cómo la había visto el día de la fiesta de Doña María: pálida, pero con esa fuerza tranquila que no se quiebra fácil. En cómo la había abrazado antes de irse, y en cómo Sofía le había dicho “cuídate mucho, Elena. Y cuida al bebé. Nos vemos pronto”.

Extrañaba esa compañía. No solo la de Sofía, sino la sensación de hablar con alguien que entendía.

Que no juzgaba. Que no necesitaba explicaciones largas.

Tomó el teléfono de la mesita con manos algo temblorosas, luego buscó el número de Sofía pero dudó al último segundo. El dedo se quedó suspendido sobre el botón de llamada.

—¿Y si la molesto? ¿Y si está descansando? ¿Y si piensa que soy pesada?

Pero la mano en la barriga le dio un pequeño empujón. Una patadita suave, como un recordatorio.

Elena respiró hondo y marcó la llamada, el teléfono sonó dos veces, y Sofía contestó con voz cansada pero cálida.

—¿Elena? ¿Todo bien?— sonó su voz calmada al otro lado de la línea.

Elena sonrió, aunque Sofía no pudiera verla.

—Sí… todo bien. Solo… quería saber cómo estabas tú. Y… si te parece bien… ¿puedo llamarte más seguido? Para hablar. De embarazos. De niños. De… todo.

Al otro lado, Sofía soltó un suspiro de alivio y una sonrisa que ella tampoco es capaz de ver por medio de una llamada normal.

—Me encantaría. Mucho. Ven cuando quieras. O llámame. O mándame mensaje. Estoy aquí, siempre.

Elena cerró los ojos, sintiendo que algo se le aflojaba en el pecho.

—Gracias, Sofi. De verdad.

—Gracias a ti. Cuídate mucho. Y al bebé.

—Lo haré. Tú también.

Ambas colgaron. Elena dejó el teléfono en la mesita y se recostó, con la mano en la barriga. El miedo seguía ahí pero ahora más pequeño, y ahora tenía una amiga con la cual confiar, eso ya hacía que todo pareciera un poquito más fácil.

Mientras tanto, Carl y Viktor se encontraron en el terreno de RUBCOL. Los ingenieros ya estaban ahí, con planos extendidos sobre una mesa improvisada. Se saludaron con un apretón de manos breve pero firme.

— Ey Carl ¿Elena, cómo lo lleva?— preguntó Viktor.

—En reposo. Todo estable por ahora pero con alivio. ¿Qué tal lo lleva Sofía?

Viktor suspiró un poco tenso pero también aliviado.

—Mejorando. Poco a poco, aunque a veces se siente delicada, con mareos pero leves,.ya no siente esas feas náuseas de antes.

Carl asintió.

—Vamos a construir esto bien. Para ellos. Para los niños.

Viktor sonrió apenas.

—Para ellos. Siempre para ellos.

Y mientras los ingenieros empezaban a explicar los planos, los dos hombres se miraron un segundo. Ambos hombres se encargaban de que la construcción vaya toda en orden, con cuidado, que no se vaya perdiendo ningún detalle, todos viendo el croquis arquitectónico, los planos una y otra vez, lo que se necesitaba y lo que se compraba y se gastaba.

A la vez, tanto Elena como Sofía, seguían en sus casas manteniendo reposo constante, mientras que Elena se dedicaba a leer libros acostada en cama, Sofía comía helado mientras hablaba con su madre o con Irina y Olga cada vez que pasaban por el pasillo, por ahora todo iba bien, y todo se sentía seguro tanto para la familia Kuzmin como para los Ivanov.

Dimitri, por otro lado, estaba trabajando en sus propios proyectos y pensando qué otros regalod puede llevarle a su hijita Sofía y a su amada Ana. Y a la vez, Ana trabajaba en su oficina privada en el hospital privado, en donde de vez en cuando llamaba a Sofía y a Elena por separado para hacerle algunos estudios, sólo por sí acaso.

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