Mundo ficciónIniciar sesiónEl todoterreno negro regresó a la mansión con el motor casi en susurro, como si el auto mismo supiera que llevaba una sorpresa que no podía anunciarse a gritos. Viktor estacionó en la parte trasera, lejos de las ventanas del jardín donde los niños y las mujeres seguían riendo y armando la mesa del picnic sin haberse dado cuenta nada de nada. Dimitri bajó primero, con la caja de los dulces en una mano y una sonrisa de conspirador que no cabía en su cara.
Carl salió detrás, cargando el arreglo de flores que parecía pesar más que cualquier contrato que hubiera firmado en su vida. Alexei y Misha saltaron del auto como resortes, con los ojos brillantes y las mejillas coloradas por el frío y la emoción. —¡Shhh!— les susurró Viktor, poniéndose un dedo en los labios. —Es sorpresa. Nada de gritar todavía. Los niños asintieron con seriedad exagerada, aunque Misha ya estaba saltando en un pie y Alexei se tapaba la boca con las dos manos para aguantarse la risa en las mejillas. Dimitri se adelantó hasta la puerta trasera de servicio, la abrió con cuidado y recogió el paquete que el mensajero acababa de dejar: cuatro cajitas de terciopelo negro atadas con una cinta plateada sencilla. Las abrió un segundo para comprobar: la pulsera de Doña María con un colgante de flor de heliconia diminuta, la de Ana con un libro abierto grabado en plata fina, la de Elena con una estrella discreta que representaba “luz en la oscuridad”, y la de Sofía con un dragón rojo enroscado alrededor de un corazón. Perfectas. Pequeñas. Personales. —Listo— murmuró Dimitri. —Ahora entramos como si nada hubiera pasado. Viktor asintió y les hizo una seña a los niños. —Ustedes entren primero. Corran al jardín y distraigan a todos. Nosotros llegamos detrás con las cosas. Alexei y Misha salieron disparados por la puerta lateral, gritando “¡Abuela! ¡Abuela! ¡Ya volvimos!” con esa inocencia que hace imposible sospechar nada. Doña María salió a la terraza con los brazos abiertos. —¡Mis campeones! ¿Dónde se habían metido? ¡Vengan a probar los buñuelos antes de que se enfríen! Los niños corrieron hacia ella, abrazándola y hablando al mismo tiempo, creando el caos perfecto. Viktor, Dimitri y Carl entraron por la misma puerta, cargando las flores, los dulces y las cajitas. Se movieron como sombras hasta el jardín. Sofía fue la primera en verlos. Estaba sentada en una manta con la pequeña Sofía en el regazo, ayudando a Nikolai a poner bloques en una torre inestable. Cuando vio a Viktor con el arreglo de flores gigante, se le iluminó la cara y le brillaron los ojos como si por un momento hubiera olvidado los malestares. —¿Qué es esto…? Ana levantó la vista desde donde jugaba con la bebé y soltó una risa suave. —Uy… parece que los hombres tramaron algo. Elena, que estaba un poco apartada sirviendo jugo, se giró despacio. Sus ojos se detuvieron en Carl, que sostenía una de las cajitas con expresión casi tímida. Doña María fue la última en darse cuenta. Se limpió las manos en el delantal y salió a la terraza. —¿Qué pasa aquí, hijos? Viktor, Dimitri y Carl se acercaron al mismo tiempo. Los tres se pararon frente a ella, como soldados en formación pero con regalos en vez de armas. Viktor habló primero, voz ronca pero cálida. —Mamá… feliz cumpleaños. Le entregó el arreglo de flores: heliconias rojas, orquídeas blancas, plumas de ave del paraíso. Doña María se llevó las manos a la boca. —¡Ay, Dios mío! ¡Mis flores! ¡Mis colores de mi casita! Dimitri le dio la caja de dulces colombianos. —Y algo para que nunca sientas que estás lejos de casa. Doña María abrió la caja y soltó un gritito al ver el bocadillo, el arequipe, las galletas de cuajada. —¡Mis dulces! ¡Mis recuerdos! Carl dio un paso adelante, con la cajita de terciopelo en la mano. —Y esto… es de parte de todos nosotros. Doña María abrió la cajita con manos temblorosas. La pulsera de plata con la flor de heliconia brilló bajo el sol. Leyó la inscripción en voz baja: “Familia. Siempre.” Las lágrimas le rodaron sin aviso y claramente sin poder evitarlo. —Mis hijos… mis nietos… ¿cómo…? Viktor se acercó y la abrazó fuerte. —Porque eres nuestra mamá. La de todos. La que nos cuida, nos regaña, nos hace reír. La que nos mantiene unidos. Feliz cumpleaños, mamá. Doña María sollozó contra su pecho, luego abrazó a Dimitri, luego a Carl, que se dejó abrazar aunque se puso rígido al principio, y finalmente a Sofía, Elena y Ana, que se habían acercado en silencio. —Gracias… gracias por hacerme sentir que tengo una familia grande. Más grande de lo que soñé. Los niños corrieron hacia ella. —¡Abuela! ¡Feliz cumpleaños! Doña María los abrazó a todos, llorando y riendo al mismo tiempo. Elena se acercó a Sofía, con la cajita de su pulsera en la mano. —Gracias… por invitarme. Por dejar que Misha sea parte de esto. Sofía le tomó la mano. —Gracias por venir. Y por ser parte ahora. Ana se acercó con la pequeña Sofía en brazos. —Y esta princesita dice que su abuela es la mejor del mundo. Doña María tomó a la bebé y la besó en la cabecita. —Mis amores… todos son mis amores… La fiesta siguió: risas, fotos, buñuelos que se acababan demasiado rápido, jugo derramado, niños corriendo y dragones de papel volando por el jardín. Pero en un rincón, Viktor y Carl se miraron otra vez, no hablaron mucho, solo un breve gesto, un brindis silencioso con las tazas de chocolate caliente, porque aunque no fueran amigos oficialmente… ya eran algo un poco más cercano, con los títulos de ser padres, esposos, sentirse incluso como hijos o hermanos aunque no de la misma sangre, dos hombres que empezaban a entender que el amor no se mide en poder. Sino en detalles, en flores, en dulces, en pulseras con inscripciones que pesan más que el oro, y en la certeza de que, poco a poco, sus familias se estaban convirtiendo en una sola. Las horas iban pasando y la fiesta siguió su curso como si el tiempo se hubiera detenido solo para ellos. El sol de la tarde calentaba lo justo para que nadie tuviera frío, pero no tanto como para que Sofía o Elena se sintieran incómodas. Las mantas estaban llenas de migas de buñuelos, vasos de jugo medio vacíos y coronitas de papel que los niños se habían quitado y vuelto a poner mil veces. Doña María seguía en el centro de todo, sentada en una silla de madera con la pulsera nueva brillando en su muñeca, rodeada de nietos que le trepaban por las piernas y le pedían “¡cuenta un cuento de cuando eras chiquita en tu país!”. Ella reía, con esa risa profunda que parecía salirle del alma, y empezaba a contar historias de ríos caudalosos, de abuelas que bailaban cumbia en la plaza y de cómo el amor siempre encontraba la forma de llegar aunque el camino estuviera lleno de barro. Ana había llevado a la pequeña Sofía a la manta más grande, donde Nikolai ya estaba sentado con una torre de cubitos que temblaba cada vez que él respiraba fuerte. La bebé gateaba con energía, tirando bloques con manitas gorditas y riendo cada vez que la torre se derrumbaba. Nikolai la miraba con ojos enormes, fascinado, y le ponía un cubito amarillo en la mano como si fuera un tesoro. “¡Yaya, yaya! ¡illo! (amarillo en idioma bebé) ¡yaya!” La pequeña lo agarraba, lo agitaba y lo tiraba al suelo, gorgoteando de felicidad. Nikolai no se enojaba. Solo volvía a buscar otro cubito y se lo ofrecía otra vez, paciente, sonriente, como si su misión en la vida fuera hacerla feliz. Dimitri los observaba desde una silla plegable a unos metros, con una cerveza en la mano que apenas había tocado. Tenía los ojos entrecerrados, la mandíbula ligeramente tensa, y aunque intentaba disimularlo apoyando los codos en las rodillas y mirando hacia otro lado, no podía evitar que cada movimiento de Nikolai hacia su hija le hiciera apretar los dientes. Cuando Nikolai se inclinó demasiado cerca para, tan cerca que casi se tocan las pequeñas naricitas, quiso ponerle un cubito en la cabeza como si fuera una corona, Dimitri se enderezó un poco, el cuerpo alerta como un animal que protege su cría. Viktor, que estaba recogiendo vasos vacíos cerca de la mesa, lo vio y no pudo contenerse. Se acercó despacio, con una sonrisa burlona que le cruzaba la cara de oreja a oreja. —¿Qué pasa, hermano? ¿Otra vez con esa cara de ‘nadie toca a mi princesita’? Si sigues así, vas a espantar hasta al gatito. Dimitri giró la cabeza despacio, fulminándolo con la mirada. —No es gracioso, Viktor. Viktor se sentó a su lado, todavía sonriendo. —Es un poquito gracioso. Mírate: estás a punto de gruñir como un oso cada vez que Nikolai se le acerca. Y eso que es tu sobrino. Imagínate cuando sea un niño de quince años el que le sonría. Vas a necesitar terapia… o una escopeta. Dimitri soltó el aire por la nariz, intentando no reírse, la verdad es que causó gracia el comentario de Viktor, lo admite internamente. —Cuando te salga una niña, vas a entenderlo. No es lo mismo un hijo que una hija. Una hija es… es como si te pusieran el corazón afuera del pecho y todo el mundo pudiera tocarlo. No quiero que nadie la lastime. Ni siquiera Nikolai con sus cubitos. Viktor se recostó en la silla, cruzando los brazos detrás de la cabeza. —Exageras. Una hija va a ser igual de traviesa que su madre. Y yo voy a disfrutarla. Voy a enseñarle a defenderse, a ser fuerte, a no dejar que nadie la haga sufrir. Pero también voy a dejarla volar. Porque si la encierro… la pierdo. Y yo no quiero perderla. Dimitri lo miró de reojo, con una sonrisa torcida. —Ya verás. Cuando nazca… vas a querer ponerle una torre alrededor y vigilarla 24 horas. Y cuando algún idiota le guiñe el ojo… vas a entender por qué yo tengo esta cara. Viktor soltó una carcajada baja. —Tal vez. Pero por ahora… déjame burlarme un poquito. Es divertido verte así de posesivo. El gran Dimitri, el que no le teme a nada… temblando porque un bebé de dos años le pone un cubito en la cabeza a su princesita. Dimitri negó con la cabeza, pero esta vez sí rio, aunque fuera una risa corta y resignada. —Ríete todo lo que quieras. Pero cuando te toque… vas a venir a pedirme consejos. Y yo voy a decirte: ‘Te lo dije’. Viktor se levantó, dándole una palmada en el hombro. —Trato hecho. Y mientras tanto… disfruta el momento. Porque esa princesita ya tiene su ejército de dragones. Y tú eres el rey. Nadie la va a tocar mientras tú estés vivo. Dimitri miró hacia la manta, donde la pequeña Sofía acababa de tirar la torre de Nikolai y reía a carcajadas mientras él la volvía a armar con paciencia infinita. —Sí… mi princesita. Mi tesoro.— murmuró suavemente como una oración de protección hacia ella. Viktor se alejó hacia Sofía, que lo esperaba sentada en la manta con una sonrisa cansada pero feliz. —¿Todo bien por allá?— preguntó ella, señalando a Dimitri con la cabeza. Viktor se sentó a su lado, la abrazó por la cintura y le besó la sien. —Todo bien. Solo está aprendiendo que ser papá de una niña es… intenso. Sofía rio bajito. —Y tú vas a aprenderlo también. Pronto. Viktor le puso la mano en la barriga, sintiendo esa curva que ya empezaba a ser más evidente. —Y cuando nazca… voy a ser el papá más posesivo del mundo. Pero también el que la deje volar. Porque va a ser como tú: fuerte, valiente, libre, claro, sólo si es niña. Sofía apoyó la cabeza en su hombro. —Te amo, Viktor… aunque me hagas vomitar encima de ti. Él rio contra su cabello. —Y yo a ti, reina mía. Aunque me vomites encima todos los días hasta que nazca. La fiesta siguió: risas, fotos, buñuelos que se acababan, jugo derramado, niños corriendo y dragones de papel volando por el jardín. Y en medio de todo, Viktor miró a su familia, Sofía a su lado, los niños jugando, Doña María contando historias, Ana y Elena hablando bajito, y sintió que el pecho se le llenaba de algo inmenso. No era solo amor. Era certeza. De que, aunque vinieran más sustos, más miedos, más noches sin dormir… siempre habría un lugar donde volver. Donde los dragones rojos y azules volaban juntos. Donde las princesitas tenían ejércitos de hermanos que las protegían. Y donde los papás, aunque se burlaran uno del otro, sabían que al final… todos protegían lo mismo.






