Mundo ficciónIniciar sesiónCarl Kuzmin no podía dormir esa noche. La mansión estaba en silencio absoluto, salvo por el tictac distante de un reloj antiguo en el pasillo.
Misha dormía en su habitación, con la pared de dragones iluminada por la luz tenue de la lámpara de noche. Elena roncaba suave en la cama king al lado, envuelta en sábanas de hilo egipcio, ajena a la tormenta que giraba en la cabeza de su esposo. Carl se levantó despacio, se puso una bata de lana gris y bajó al despacho sin hacer ruido. Encendió la lámpara de escritorio y abrió su laptop. El brillo azul de la pantalla le iluminó el rostro cansado, marcado por arrugas que no estaban ahí un año atrás. Todo había empezado con una duda pequeña. Después del rescate de Misha, Carl no podía dejar de pensar en Viktor Ivanov. ¿Cómo un hombre como él, un capo de la mafia, según todos los rumores, había cambiado tanto? ¿Cómo había dejado atrás un imperio de sangre para construir una familia que parecía sacada de un cuento? Y lo más intrigante: ¿cómo esa mujer, Sofía, con su acento colombiano y su sonrisa cálida, lo había rescatado de sí mismo? Carl empezó a investigar esa noche, como lo hacía con cualquier negocio, discreto, meticuloso, sin dejar rastro. Primero buscó noticias viejas. Archivos de periódicos rusos de hace diez años, menciones veladas a “Viktor Ivanov”, asociado a “incidentes” en Moscú y Nueva York. Disparos en clubes nocturnos. Desapariciones de rivales. Empresas que cambiaban de manos de la noche a la mañana. Nada directo, nada que la policía pudiera probar, pero suficiente para pintar un cuadro: un hombre que mandaba con puño de hierro, que no dudaba en usar la violencia para proteger lo suyo. Luego, noticias más recientes. El cambio. Reportes de donaciones anónimas a orfanatos, a escuelas en barrios pobres. Una fundación que llevaba el nombre de ”Colombia”, el lugar de origen de Sofía, según lo que Carl había averiguado. Artículos sobre cómo Ivanov había “retirado” de los negocios turbios, enfocándose en inversiones limpias, inmobiliarias, tecnología, incluso una cadena de cafés en Colombia. Y en el centro de todo, ella, Sofía Ivanov, la colombiana que había aparecido en la vida de Viktor como un rayo y lo había cambiado todo. Carl encontró una entrevista vieja en una revista de sociedad, Sofía hablando de “redención” sin nombrar nombres, de cómo “el amor salva a quien quiere ser salvado”. Una foto de ella con Viktor en una gala benéfica, él con traje negro, ella con vestido rojo que la hacía brillar como una llama. Carl se quedó mirando la foto un rato largo. No era envidia. Era curiosidad. Curiosidad por ese mundo que Viktor había dejado atrás… pero que aún parecía proteger a su familia como un escudo invisible. Carl quería eso. No la mafia. No el poder sucio. Solo la capacidad de proteger a los suyos. A Elena, que seguía mirando el jardín vacío por las noches. A Misha, que ahora dibujaba dragones y reía como nunca antes. Quería aprender a usar armas, no para matar, sino para defender. Quería entrenarse, no para conquistar, sino para no perder lo que tenía. Pero llamar a Viktor… eso era otra cosa. Le daba vergüenza. Le daba humillación. Admitir que necesitaba ayuda de un hombre que siempre había visto como un enemigo, como un “mafioso” que no merecía respeto… era como tragar vidrio. Se levantó del escritorio, caminó hacia la ventana y miró la nieve caer. Pensó en Misha durmiendo con sus dibujos. Pensó en la llamada que Viktor le había hecho esa noche del rescate. Pensó en cómo Ivanov había arriesgado todo por un niño que no era suyo. Sacó el teléfono del bolsillo de la bata. Buscó el número. Dudó. Arriba, Elena se removió en la cama. Abajo, el reloj seguía tic-tac. Carl marcó. Viktor contestó al tercer tono. —Kuzmin. ¿Todo bien con Misha? Carl tragó saliva. —Sí. Todo bien. Pero… necesito hablar contigo. Sobre… cómo proteges a tu familia. Cómo te entrenas. Cómo usas… armas. No para lo que tú hacías antes. Solo para defender. Para no volver a sentirme como aquella noche. Silencio al otro lado. Luego Viktor respondió, voz baja pero firme. —Ven mañana a la mansión. A las diez. Trae ropa cómoda. Y Carl… no es vergüenza pedir ayuda. Es fuerza. La verdadera fuerza. Carl colgó. Se quedó mirando el teléfono un rato largo. Arriba, Elena lo llamó desde la cama. —¿Carl? ¿Dónde estás? —Llego en un minuto, amor.— Respondió. Subió las escaleras con el pecho más ligero. No era rendición. Era un comienzo. Y por primera vez, Carl Kuzmin sintió que quizás… solo quizás… no tenía que hacerlo todo solo. Quizás tenía un maestro. Y quizás… ese maestro no era tan malo como siempre había creído. El amanecer llegaría pronto. Y con él, un día nuevo para aprender a proteger lo que más importaba.






