Mundo ficciónIniciar sesiónCarl subió las escaleras despacio, con el teléfono todavía caliente en el bolsillo de la bata. La llamada con Viktor había sido corta, directa, y sin rodeos, sin embargo, le había dejado un nudo en el estómago que no se deshacía.
Empujó la puerta de la habitación principal con cuidado. La luz de la lámpara de noche estaba encendida, suave y dorada, iluminando a Elena sentada en el borde de la cama. Llevaba la bata de seda negra abierta sobre los hombros, las piernas cruzadas, el cabello suelto cayéndole por la espalda como una cascada brillante. Estaba mirando hacia la ventana, pero no veía nada. Sus dedos jugaban con el borde del pañuelo que todavía tenía en la mano. Carl cerró la puerta tras de sí. El clic sonó más fuerte de lo que pretendía. Elena giró la cabeza lentamente para verlo. —¿Dónde estabas?— preguntó, voz baja, casi un susurro. —Abajo. Pensando. Ella no respondió de inmediato. Solo lo miró, evaluándolo como siempre hacía, como si quisiera leerle la mente antes de que él abriera la boca. Carl se quitó la bata y se acostó a su lado, boca arriba, mirando el techo. El colchón se hundió bajo su peso. Elena se giró hacia él, apoyando la mejilla en la mano. —¿Pensando en qué?— insistió en un murmullo. Carl respiró hondo hinchando su pecho ancho en el acto. Miró al techo un segundo más antes de girar la cabeza hacia ella. —Quiero aprender a usar armas. Elena se quedó inmóvil, sus ojos se abrieron un poco más. —¿Armas?— repitió, como si la palabra le quemara la lengua. —¿Desde cuándo tú…? —No desde siempre— él le interrumpe con cuidado, su voz es baja pero firme. —Desde ahora. Desde que vi cómo se llevaban a Misha y no pude hacer nada. Desde que entendí que mi dinero no sirve de nada cuando alguien entra por la puerta y se lleva a tu hijo. Elena se sentó un poco más derecha, la bata resbalando por un hombro. —¿Y esto es por los Ivanov? ¿Porque Viktor te ayudó y ahora quieres ser como él? Carl negó con la cabeza vehementemente. —No quiero ser como él. Quiero proteger a mi familia como él protege a la suya. Quiero saber disparar, quiero saber defenderme, quiero saber que si alguien entra aquí otra vez… no voy a quedarme mirando como un inútil. Elena lo observó en silencio, sus dedos apretaron el pañuelo hasta que este sonó un poco. —Me da miedo, Carl. Todo esto. Las armas. El peligro. Pensé que habíamos dejado atrás ese mundo cuando nos mudamos aquí. Pensé que con dinero suficiente… —El dinero no detuvo a esos hombres— la cortó él. —El dinero no me dejó correr hacia la van. Solo me dejó mirar. Elena bajó la mirada, sus hombros se hundieron un poco en un triste suspiro. —Cuando fuimos a buscar a Misha ese día… vi a Sofía. Con los niños. Con esa familia que parece sacada de un cuento. Y sentí… envidia. Mucha envidia. Porque ellos tienen algo que nosotros nunca hemos tenido. Risas. Desorden. Calor. Misha entró en esa casa y salió diferente. Más feliz. Y yo… yo solo tengo esta casa perfecta y vacía. Carl se giró hacia ella, apoyándose en un codo. —Elena… Ella levantó la vista, ojos húmedos pero sin lágrimas. —Quiero que Misha tenga un hermanito— confesó ella, casi en un susurro. Su dedo índice empezó a trazar círculos lentos sobre el pecho desnudo de Carl. —Quiero otra vida aquí. Quiero que esta casa deje de ser un museo y vuelva a ser un hogar. Quiero… quiero sentirme como ella. Como Sofía. Que me miren como Viktor la mira a ella. Carl sintió el pulso acelerarse bajo el dedo de su esposa. Recordó la escena en el jardín de los Ivanov, Elena rígida, Sofía serena, las dos mirándose como si midieran fuerzas. Y él… él había sentido algo que no esperaba. Un calor repentino, violento, que le había endurecido el cuerpo entero en ese mismo instante. Ver a su mujer enfrentarse con la mirada a otra, ver a Sofía defender su territorio sin alzar la voz… lo había puesto tan duro que apenas pudo respirar. —Cuando te vi aquel día frente a Sofía,— confesó él, voz ronca, —pensé que querían pelearse el mundo. Y me puse tan caliente que no podía pensar. Tan duro que me quedé sin palabras. Quería arrastrarte al auto y f*llarte ahí mismo, Elena. Quería recordarte que eres mía. Que esta casa es nuestra. Que nuestro hijo no necesita a nadie más. Elena lo miró, los ojos oscurecidos por el deseo y por algo más profundo. —Entonces hazlo— susurró, deslizando la mano por su pecho hasta bajar por su abdomen. —Hazme tuya ahora. Hazme sentir que no necesito envidiar a nadie. Que yo también tengo un hombre que me mira como si fuera lo único que importa. Carl no esperó más. La volteó con un movimiento rápido pero cuidadoso, quedando encima de ella. La bata se abrió por completo, dejando su cuerpo expuesto bajo la luz tenue. —Te voy a dar ese hermanito para Misha,— gruñó contra su cuello, besándola con hambre mientras sus manos bajaban por sus caderas. —Te voy a llenar hasta que no quepa más. Y después… después vamos a aprender juntos. A proteger. A ser familia. A no tener miedo. Elena arqueó la espalda, gimiendo bajito cuando él entró en ella despacio, profundo. —Sí… sí, Carl… hazlo. Hazme tuya. Haz que esta casa vuelva a vivir. Se movieron juntos, lento al principio, como si quisieran borrar cada distancia que habían construido con orgullo y silencio. Cada embestida era una promesa. Cada gemido, un perdón. Cuando llegaron al clímax, fue juntos, abrazados, temblando, con los nombres del otro en los labios. Se quedaron así, sudorosos, enredados. Elena apoyó la cabeza en su pecho. —Llámalo de nuevo mañana,— susurró. —A Viktor. Dile que sí. Que quieres aprender. Que quieres protegernos. Que ya no tienes miedo de pedir ayuda. Carl besó su frente. —Mañana. Te lo prometo. Y mientras la mansión Kuzmin se quedaba en silencio otra vez, con la nieve cayendo suave afuera, Carl supo que algo había cambiado. No era rendición. Era evolución. Y por primera vez… sintió que quizás su familia podía ser como la de ellos, no perfecta, no sin miedos pero verdaderamente unida y eso... valía más que cualquier humillación, cualquier llamada o lección. Porque al final… lo único que importaba era que Misha tuviera un hogar donde quisiera volver. Y que Elena tuviera un hombre que no solo la quisiera. Sino que supiera defenderla.






