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Capítulo 144: Dos dragones al rescate.

Era un viernes de marzo, uno de esos días en que el sol empezaba a ganar la batalla contra el invierno y la nieve se derretía en charquitos que reflejaban el cielo azul. La escuela había vuelto a la normalidad después del cierre forzado: clases, recreos, risas que llenaban los pasillos como si el miedo nunca hubiera pasado por ahí.

Alexei y Misha eran inseparables. Se sentaban juntos en todas las clases, compartían crayones, se pasaban notas con dibujos de dragones y se defendían el uno al otro sin pensarlo dos veces.

Ese día, durante el recreo largo, los dos estaban en el rincón del patio donde los árboles altos formaban una especie de escondite natural.

Alexei tenía su pelota roja, Misha llevaba un paquete de galletas que su mamá le había dado “para compartir con Alexei”.

Entonces lo oyeron.

Un maullido débil, casi ahogado. Venía de detrás de la reja que separaba el patio del pequeño bosque que bordeaba la escuela. Los dos se miraron al mismo tiempo.

—¿Escuchaste eso?— preguntó Alexei, con los ojos muy abiertos.

Misha asintió, serio.

—Suena como un gatito. Está asustado.

Sin decir más, se acercaron a la reja. Entre los arbustos, medio escondido bajo una rama caída, había un gatito gris muy pequeño, pelo sucio, ojos enormes y un maullido que parecía más un llanto. Tenía una pata levantada, como si le doliera.

Alexei se agachó.

—Pobrecito… está solo.

Misha miró alrededor, no había maestros cerca.

Los otros niños jugaban lejos, en los columpios.

—Tenemos que ayudarlo— dijo Misha. —Si lo dejamos aquí, se va a morir de frío.

Alexei asintió con decisión.

—Vamos a rescatarlo. Como los dragones rescatan a los que están en peligro.

Misha sonrió, pequeño pero valiente.

—Yo soy el dragón azul. Tú el rojo. Juntos somos invencibles.

Se colaron por un hueco en la reja que los niños mayores usaban a veces para escaparse.

No fue difícil. El gatito los vio acercarse y se encogió más, maullando bajito.

Alexei se acercó despacio, extendiendo la mano.

—No te voy a hacer daño, gatito… ven… somos amigos.

Misha se quedó atrás, vigilando que nadie los viera. El gatito dudó, pero el tono suave de Alexei lo convenció. Se arrastró hacia él, cojeando de la pata delantera. Alexei lo levantó con cuidado infinito, lo pegó contra su pecho.

—Ya está… ya te tengo. No tengas miedo.

Misha se acercó.

—Está temblando. Tenemos que llevarlo a casa.

Alexei asintió.

—Pero primero hay que sacarlo sin que nos vean.

Volvieron por el hueco de la reja, con el gatito escondido bajo la chaqueta de Alexei. El animal maullaba bajito, pero ya no parecía tan asustado. Se acurrucó contra el calor del niño.

Salieron al patio principal justo cuando sonaba el timbre de regreso a clases.

—¡Corre!— susurró Misha.

Corrieron hacia el edificio, pero el gatito se movió dentro de la chaqueta y Alexei tropezó. Cayeron los dos en la hierba, riendo nerviosos.

La maestra de matemáticas los vio.

—¡Alexei! ¡Misha! ¿Qué hacen? ¡A clases ahora mismo!

Alexei se levantó rápido, con la chaqueta cerrada.

—¡Sí, maestra! ¡Ya vamos!

Entraron al salón con el corazón latiendo a mil.

Se sentaron juntos, y Alexei abrió un poco la chaqueta para que Misha viera.

—Está bien— susurró Misha. —Lo llevamos a casa. Mi mamá no va a querer, pero… tu mami sí.

Alexei sonrió.

—Mi mami siempre salva a todos. Y mi papi también.

El resto de la clase fue eterno. Los dos niños no podían concentrarse: miraban la chaqueta cada dos minutos, asegurándose de que el gatito estuviera tranquilo. Cuando sonó el timbre final, salieron disparados hacia la entrada.

Viktor y Sofía ya estaban esperando.

Alexei corrió hacia ellos, con Misha detrás.

—¡Mami! ¡Papi! ¡Encontramos un gatito! ¡Está herido!

Sofía se agachó al instante.

—¿Dónde?

Alexei abrió la chaqueta. El gatito asomó la cabecita gris, maullando bajito. Sofía lo tomó con cuidado.

—Ay, pobrecito… tiene la pata lastimada. Hay que llevarlo al veterinario.

Viktor miró a Misha.

—¿Tú también lo encontraste?

Misha asintió, orgulloso.

—Sí, señor. Alexei lo cargó. Yo vigilé que nadie nos viera.

Viktor sonrió un poco pero real, de verdad.

—Buen equipo. Suban al auto. Vamos a salvar a este gatito.

En el camino al veterinario, Alexei y Misha iban en el asiento trasero, hablando bajito.

—Le vamos a poner nombre— dijo Alexei. —¿Cómo lo llamamos?

Misha pensó.

—Mota dragón. Porque es chiquito pero valiente.

Alexei sonrió grande.

—Mota dragón. Me gusta.

En la clínica, el veterinario confirmó que la pata estaba torcida pero no rota. Una férula, antibióticos, comida especial.

—Va a estar bien— dijo. —Solo necesita cariño y descanso.

De vuelta en la mansión, Doña María ya tenía una caja con mantas preparada.

—¡Ay, mi Dios! ¡Otro más en la casa!— exclamó, pero ya estaba poniendo leche tibia en un platito.

Sofía acomodó a Mota dragón en la caja, cerca de la chimenea.

Alexei y Misha se sentaron al lado, vigilando.

—Va a ser nuestro dragón guardián,— dijo Alexei. —Y lo vamos a proteger siempre.

Misha asintió.

—Como nosotros nos protegemos.

Viktor y Sofía los miraron desde la puerta.

Sofía se apoyó en el hombro de Viktor.

—¿Ves? Nuestros niños ya saben salvar a quien lo necesita.

Viktor la abrazó por la cintura.

—Y nosotros… nosotros les enseñamos eso. Sin saberlo.

Y mientras los niños vigilaban al gatito, mientras Doña María tarareaba en la cocina y la mansión se llenaba de ese calor que solo nace cuando alguien nuevo llega para quedarse… Viktor y Sofía supieron que el amor no se acababa.

Solo se extendía.

Como una familia que crecía. Como dragones que aprendían a volar juntos. Y como dos padres que, poco a poco, empezaban a entender que los hijos no solo heredan nombres. Heredan la capacidad de salvar.

Y mientras estaban disfrutando de aquella velada acompañada, a Sofía se le ocurrió una idea, ahora no sólo pensaba en donaciones a fundaciones, sino que ahora también donaría a veterinarias y refugio para animales con falta de hogar, porque ella también aprendió de los niños, de saber proteger tanto amigos, como a animales de la naturaleza.

—Mañana,— murmura. —Mañana empiezo.

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