Mundo ficciónIniciar sesiónEn la mañana, el pequeño hermano mayor se despierta desde temprano, con entusiasmo de ir a clases de nuevo, le gustaba a pesar de lo se ayer que había ocultado, ya hoy no estaba, así que podía irse a alistar. Doña María lo recibió con un rico desayuno, Irina y Olga prepararon su uniforme y mochila, se despidió de su hermanito, y se dejó llevar por Viktor y Sofía a la escuela.
Alexei entró al salón esa mañana con la mochila de dinosaurio rebotando en la espalda y una sonrisa que le ocupaba toda la cara. El día anterior había sido genial, había hecho un dibujo de un dragón que la maestra pegó en la pared, había jugado en el recreo con dos niños que le prestaron un carrito rojo, y cuando la maestra preguntó quién sabía contar hasta veinte, él levantó la mano primero y lo hizo perfecto. Todos aplaudieron. Todos menos uno. Hoy se sentó en uno de los asientos de atrás, cerca de la ventana. Le gustaba ver los árboles del patio desde ahí, y también le gustaba que nadie se sentara justo al lado suyo todavía. Así podía pensar en sus cosas sin que le preguntaran demasiado. La maestra empezó la clase con una canción sobre los colores. Alexei levantó la mano cuando preguntó quién sabía cuál era el color del cielo. —¡Azul!,— gritó Alexei fuerte y claro, y la maestra sonrió. Pero en la fila de al lado, un niño más grande, de cinco años, con el pelo rubio casi blanco y una cara que siempre parecía enojada, lo miró feo. Se llamaba Misha. El día anterior, cuando la maestra no miraba, Misha había pellizcado fuerte el brazo de Alexei. —¿De dónde vienes tú que hablas tan raro?— le había dicho bajito, como si fuera un secreto malo. Alexei no contestó. Solo se quedó callado y se frotó el brazo cuando Misha se fue. Hoy el pellizco ya no dolía. Sofía lo había bañado esta mañana y no había visto nada raro, solo piel suave, sin moretones, sin marcas. Alexei se había quedado quieto en la bañera, jugando con el patito de goma, y cuando mami le preguntó de nuevo —¿cómo te fue en la escuela, campeón?— él solo dijo... —Bien, olvidé decir ayer... Que hice un dragón, un dibujo, la maestra lo pegó en la pared. No contó lo del pellizco. No quería que mamá se preocupara. Ni que papi se enojara y fuera a buscar al niño grande. Porque papá se ponía muy serio cuando alguien tocaba a su familia. Y Alexei no quería que papá tuviera que ponerse serio. Quería que él sonriera cuando volviera a casa... siempre. La maestra siguió hablando de números. Alexei levantó la mano otra vez cuando preguntó cuánto era dos más tres. —¡Cinco!,— dijo fuerte, orgulloso. Misha bufó desde su asiento. —Habla como ruso de pueblo,— murmuró lo suficientemente alto para que Alexei lo oyera. Alexei se quedó quieto un segundo. Sintió algo caliente en la cara, como cuando se enojaba con Nikolai por quitarle un juguete. Pero no dijo nada. Solo miró por la ventana y contó los árboles, uno, dos, tres… hasta que el calor se fue. En el recreo, Alexei salió al patio con su pelota roja. Los mismos dos niños del día anterior vinieron corriendo. —¡Alexei! ¡Juguemos a la portería! Él sonrió y asintió. Corrieron juntos, riendo, tirando la pelota. Misha pasó cerca, con un grupo de niños más grandes, y le dio un empujón “sin querer” cuando pasó. Alexei se cayó de rodillas en la arena, la pelota rodó lejos y los otros dos niños se pararon, mirando. Alexei se levantó solo, sacudiéndose las rodillas con la paciencia más grande que un niño pudiera tener. Miró a Misha, que se había detenido a unos metros, esperando que llorara o corriera a la maestra. Pero Alexei no lloró, solo miró al niño grande a los ojos, como Viktor le había enseñado cuando alguien lo miraba mal. —Si me empujas otra vez— dijo bajito pero claro, —te voy a empujar de vuelta. Y soy fuerte, papá me enseñó. Misha se rio, pero fue una risa nerviosa. Los otros niños más grandes se quedaron callados. Alexei recogió su pelota y siguió jugando, no les dió importancia, no miró atrás. Cuando la maestra tocó el timbre para entrar, Alexei caminó al salón con la cabeza alta. El pellizco del día anterior ya no dolía. El empujón de hoy tampoco iba a doler mañana. Porque él tenía algo que Misha no tenía, un papá que lo protegía, una mamá que lo abrazaba fuerte, un hermanito al que juró cuidar y un corazón que no se rompía fácil. Al final del día, cuando Sofía y Viktor fueron a buscarlo, Alexei salió corriendo con un dibujo nuevo en la mano, un dragón rojo con alas grandes y un niño encima. —¡Mami! ¡Papi! ¡Hoy gané un juego y dibujé esto para Nikolai! Sofía lo abrazó fuertemente, besándole las mejillas regordetas y rosadas. —¡Qué hermoso, campeón! ¿Y cómo te fue hoy? Alexei miró a Viktor, sonrió y dijo... —Bien. Todo bien. No contó lo del empujón. No contó lo que le dijo a Misha. Pero cuando Viktor lo levantó en brazos y lo miró a los ojos, supo que algo había pasado. No preguntó. Solo lo abrazó más fuerte y le susurró al oído... —Estoy orgulloso de ti, hijo. Siempre. Alexei se acurrucó contra su pecho, no dijo nada, pero esta conexión de padre e hijo se notó desde el principio, y Viktor lo entendió. Y así, en ese abrazo, el secreto del pellizco y del empujón se quedó guardado... por ahora, porque en los pensamientos de Alexei, sabe que esto aún no había acabado si apenas llevaba su segundo día de clases. Pero Alexei ya estaba aprendiendo algunas batallas sabe que se ganan contando. Otras… se ganan callando y siendo fuerte. Y él… él iba a ser fuerte, como papá Viktor, y mamá Sofía, como el hermano mayor que Nikolai merecía, y el nieto que Doña María quería y consentía todos los días. Sabía que debía portarse bien, para que le vaya bien, y hacer felices a los que lo rodean.






