Mundo ficciónIniciar sesiónLa mañana llegó demasiado rápido.
El sol apenas asomaba por las ventanas de la mansión, pálido y tímido como si supiera que ese día era diferente. Alexei estaba listo desde las seis: uniforme azul marino con camisa blanca impecable, mochila nueva con forma de dinosaurio en la espalda, zapatos lustrados y el cabello peinado con agua por Doña María. Se paró frente al espejo del pasillo, mirándose con orgullo infantil, y gritó... —¡Papi! ¡Mami! ¡Ya estoy listo para ser grande! Viktor lo miró desde la puerta del cuarto, con el corazón latiéndole tan fuerte que pensó que se le iba a salir del pecho. Llevaba traje negro, como siempre, pero sin corbata. Las manos en los bolsillos para que nadie viera que temblaban un poco. Ansiedad pura. No era miedo a que le pasara algo, había puesto dos hombres discretos en la escuela, cámaras, protocolos. Era miedo a que el mundo lo cambiara. A que su niño volviera distinto. A que empezara a preguntar cosas que él no quería responder todavía. Sofía estaba al lado de Alexei, ajustándole la correa de la mochila con dedos que no obedecían del todo. Tenía los ojos brillantes, pero no lloraba. No todavía. Se mordía el labio inferior, esa costumbre que Viktor adoraba, y le sonreía al niño con una ternura que le rompía el alma. —Te ves guapísimo, mi campeón. Vas a hacer muchos amigos hoy, ¿sí? Alexei asintió con energía, saltando en el sitio. —¡Y voy a enseñarles a pelear como papi! Viktor sintió un nudo en la garganta. Se agachó hasta quedar a la altura de su hijo, le puso las manos en los hombros y lo miró fijo a los ojos. —Escucha bien, Alexei. En la escuela no se pelea con puños. Se pelea con palabras. Si alguien te molesta, le dices que pare. Si no para, le dices a la maestra. Y si sigue… me llamas a mí. ¿Entendido? El niño asintió serio, como si recibiera una orden militar. —Bueno, papi. Pero… ¿y si tengo que proteger a alguien más pequeño? Viktor sonrió, aunque le dolía el pecho. —Entonces sí puedes proteger. Pero con cabeza. No con rabia. ¿Prometido? —Prometido. Sofía se agachó también, abrazó a Alexei fuerte y le besó la coronilla. —Mami va a estar pensando en ti todo el día, mi amor. Cuando vuelvas, me cuentas todo. ¿Sí? Alexei la abrazó por el cuello. —Sí, mami. Y te voy a traer un dibujo. El trayecto a la escuela fue silencioso en el todoterreno blindado. Viktor conducía, Sofía al lado con la mano en su muslo, apretando de vez en cuando. Alexei estaba en el asiento trasero, mirando por la ventana, emocionado y un poquito nervioso. Cuando llegaron, la escuela privada era un edificio moderno de ladrillo claro, con patios amplios y niños corriendo con mochilas de colores. Viktor aparcó, respiró hondo y bajó. Tomó a Alexei de la mano. Sofía bajó detrás, con los ojos ya vidriosos. El profesor de recepción ya los esperaba, un hombre joven y amable que se presentó como el señor Iván. —Bienvenido, Alexei. ¿Listo para tu primer día? Alexei miró a sus padres, luego al profesor, y asintió con decisión. —Listo. Viktor se agachó una última vez. —Te quiero, campeón. Pórtate bien. Y recuerda, si necesitas algo, estoy a una llamada. Alexei lo abrazó fuertemente. —Te quiero, papi. Y voy a ser valiente. Sofía lo abrazó después, besándole las mejillas hasta dejar marcas de labial. —Mami te ama tanto, mi vida. Ve y conquista el mundo. El niño entró de la mano del profesor, volteando una vez para decir adiós con la manita. Luego desapareció por el pasillo. Sofía se quedó mirando la puerta cerrada, con las lágrimas rodando silenciosas por las mejillas. Viktor la abrazó por detrás, fuerte, besándole la sien. —Va a estar bien, reina mía. Va a estar bien. Ella giró en sus brazos, hundió la cara en su pecho y soltó un sollozo ahogado, ahora parecía que era Viktor quien supo dejar primero que Sofía, pero claro, ese despego que sintió Sofía duele por el simple hecho de que ya está creciendo y es necesario para Alexei tener educación y aprendizaje para ser un hombre algún día, así que por eso, se siente triste con el corazón lleno de lágrimas. —Es que… es mi bebé, Viktor. Mi pequeño. Y ya se fue. Ya empezó a volar solito. Viktor le levantó la barbilla, le limpió las lágrimas con el pulgar. —Y va a volar alto. Porque tiene tu corazón y mi fuerza. Y porque sabe que siempre vamos a estar aquí para atraparlo si cae. Sofía sonrió entre lágrimas, y se inclina besándolo suavemente. —Te amo, mi rey. Gracias por dejarlo ir… aunque te costó tanto también. Viktor la apretó más fuerte. —Lo hice por él. Y por ti. Y porque… porque quiero que sea mejor que yo. Que tenga un mundo donde no tenga que esconderse. Se quedaron un rato allí, abrazados frente a la escuela, viendo cómo los niños entraban y salían, cómo la vida seguía sin pedir permiso. Cuando volvieron a la mansión, el silencio era distinto. Faltaba la risa de Alexei corriendo por los pasillos. Faltaba su voz gritando “¡Mami! ¡Papi!”. Doña María los esperaba con café y abrazos. —Va a volver en unas horas, mis amores. Y cuando vuelva… va a venir lleno de historias. Sofía se sentó en el sofá, con Nikolai en brazos, y miró a Viktor. —¿Y ahora qué hacemos con el corazón que se nos salió del pecho? Viktor se sentó a su lado, la abrazó por los hombros y besó su frente. —Lo llenamos de orgullo, esposa mía. Porque nuestro hijo ya empezó a conquistar su propio mundo. Pasaron algunas horas y la hora de salida de Alexei se acercaba, así que Viktor y Sofía salieron en partida para esperarlo afuera y también se llevaron a Nikolai, pero casi parecía de poca importancia, como si fuera un muñequito. Llegaron a la escuela y se parquearon, y mientras esperaban el tiempo para que Alexei salga, con el corazón ansioso y el pecho lleno de un amor que dolía de tan grande, Viktor entendió que soltar no era perder. Era ganar. Ganar la oportunidad de ver a sus hijos crecer. De verlos volar. De verlos ser más que él. Y eso… eso valía cualquier miedo. Porque al final del día, cuando Alexei volviera a casa con un dibujo arrugado en la mano y una sonrisa enorme, Viktor sabría que había hecho lo correcto. Paso a paso, con miedo pero con amor, siempre con amor. El reloj marcaba las doce y media. Viktor y Sofía seguían sentados en el auto, estacionados frente a la escuela, sin moverse. No habían encendido el motor. No habían hablado mucho. Solo miraban la puerta principal como si Alexei fuera a salir en cualquier segundo, aunque sabían que faltaban tres horas y media para el final de la jornada. Sofía tenía la cabeza apoyada en el hombro de Viktor, los ojos fijos en la entrada, pero la mirada perdida. Viktor le acariciaba el brazo con movimientos mecánicos, distraído, como si necesitara recordarse que ella estaba ahí. Ninguno de los dos se había dado cuenta aún de que Nikolai estaba en la parte trasera, en su sillita de bebé, dormido profundamente con el chupete colgando de la boca. El pequeño no había hecho ruido. No había llorado. No había reclamado atención. Y ellos… simplemente habían olvidado que existía. Por un momento, el mundo se había reducido a Alexei. Al mayor. Al que ya caminaba solo, hablaba, preguntaba, corría. Al que ese día se había ido. Nikolai, el tranquilo, el que siempre esperaba su turno sin protestar, había quedado invisible. No por falta de amor. Sino por ese pánico egoísta que a veces se apodera de los padres cuando uno de sus hijos da un paso grande, todo lo demás se desvanece. Fue Sofía quien lo notó primero. Un gorgoteo suave desde atrás. Giró la cabeza despacio y vio a Nikolai moviendo los bracitos en sueños, con esa paz que siempre tenía, como si supiera que el mundo no lo iba a apurar. Se le llenaron los ojos de lágrimas otra vez, pero esta vez no eran por Alexei. —Viktor…— susurró, la voz quebrada. Él miró por el retrovisor y sintió que algo se le rompía dentro. Nikolai estaba ahí. Siempre había estado ahí. Y ellos habían pasado las últimas horas pensando solo en el que se fue, olvidando al que todavía necesitaba que lo cargaran, lo besaran, lo vieran. Sofía se giró en el asiento, extendió la mano hacia atrás y acarició la mejita suave del bebé. —Mi amor… mi chiquito tranquilo… perdóname. Viktor apagó el motor del todo, se bajó, abrió la puerta trasera y sacó a Nikolai con cuidado infinito. El pequeño abrió los ojos, lo miró con esa calma absoluta y sonrió, como si dijera “estoy bien, papi”. Viktor lo abrazó contra el pecho, besándole la cabecita. —Lo siento, pequeño. Lo siento tanto. No te olvidé… solo… solo estaba asustado por tu hermano. Sofía se bajó también, se pegó a ellos y rodeó a los dos con los brazos. —Nos olvidamos de ti por un rato, mi cielo. Pero nunca de verdad. Nunca. Eres nuestro bebé. Siempre vas a ser nuestro bebé. Nikolai gorgoteó feliz, agarrando el dedo de Viktor con su manita, como si supiera que no había rencor en ese olvido momentáneo. Solo miedo. Solo amor demasiado grande que a veces ciega. Viktor miró a Sofía por encima de la cabecita del niño. —Tenemos que aprender a verlos a los dos al mismo tiempo, Sofía. No solo al que más ruido hace. Al que se va primero. Al que se queda callado. Ella asintió, con lágrimas rodando. —Sí. Porque Nikolai también crece. Y también va a necesitar que lo dejemos volar algún día. Pero por ahora… por ahora solo necesita que lo carguemos. Que lo miremos. Que no lo olvidemos ni un segundo. Viktor besó la frente de Nikolai, luego la de Sofía. —Nunca más, mi amor. Nunca más nos vamos a permitir olvidar que tenemos dos corazones latiendo fuera de nosotros. Se quedaron así un rato largo, los tres abrazados junto al auto, con la escuela al fondo y el sol subiendo despacio. Alexei volvería pronto con historias, con dibujos, con amigos nuevos. Pero Nikolai estaba ahí, siempre había estado ahí y ahora lo veían de verdad, con culpa, con amor, con la promesa silenciosa de no volver a olvidar que el amor no se divide, se multiplica. Y ellos… ellos iban a aprender a multiplicarlo cada día paso a paso con ambos hijos, con ambos miedos y amores. Porque ser padre no era solo proteger al que más grita. Era también escuchar al que calla. Y ellos acababan de aprenderlo. De la forma más dulce y más dolorosa posible. Con Nikolai dormido en brazos de Viktor, y Sofía besando la mejilla del pequeño, los dos se miraron. —Vamos a casa, reina mía— murmuró él. —Vamos a casa… con nuestros dos niños. Y mientras caminaban de regreso al auto, con Nikolai acurrucado y el corazón todavía latiendo fuerte por la culpa y el alivio, supieron que ese primer día de jardín no solo había sido de Alexei. También había sido de Nikolai. De ellos, de aprender a amar sin dejar a nadie atrás, y eso… eso valía más que cualquier miedo. Los minutos seguían pasando, Sofía cargaba y arrulla a Nikolai en brazos con una suave nana, mientras que Viktor veía el reloj cada tanto, de vez en cuando sonreía viendo a Sofía cantar a Nikolai, y otras veces veía la entrada de la escuela esperando a que su otro pequeño volviera a salvo. Después de varios minutos más, el timbre suena y los niños empezaron a ser buscados por los padres, Sofía y Viktor ya se dan cuenta de que estaban saliendo, así que salen del auto com Nikolai en brazos, y antes de que pudieran acercarse, Alexei los ve y sale corriendo disparados hacia ellos. Al principio se imaginaron lo peor, de que quizá no lo querían, que quizá lo habrán empujado, molestado, odiado, pero apenas los abrazó con una gran sonrisa, el alivio de ambos padres se hizo presente. —Bienvenido de vuelta, campeón. Dice Viktor agachándose a su altura y cargando a su pequeño de cuatro años, Sofía le da un beso en la mejilla. —Mi príncipe ¿Cómo te fue en el primer día, eh? ¿Ya hiciste amiguitos? Alexei se ríe divertido mientras Viktor le hacía cosquillas. —¡Sí! mami, papi, hice muchos amigos, y dibujamos muchas cosas y ya me dejaron tareas para la casa. Viktor se sorprende. —Uy, entonces, papá te ayudará con esas tareas complicadas. Sofía se ríe a carcajadas, sabiendo que por ahora esas tareas “complicadas” sólo era colorear frutas y animalitos, pero verá más adelante cuando le toque geometría o matemáticas, ahí sí va a estar apurado. Después de los pensamientos vagos de Sofía, todos se montaron y acomodaron en el vehículo para partir de vuelta a casa, el primer día de Alexei fue increíble, pero eso sólo era el comienzo de algo mucho más grande, y los Ivanov aún no lo están viendo venir. Al llegar a casa, Doña María ya les tenía preparado la cena, el atardecer estaba en su punto, y todos estaban reunidos en la mesa, Irina y Olga estaban terminando la limpieza listas para irse a su respectiva habitación, y Alexei en toda la mitad del comedor, empezó a contar sus nuevas y primeras experiencias. Todos aplaudían por las emocionantes anécdotas del pequeño, sobre todo la abuela. —Ay mi niño ¡Ya eres todo una celebridad en clases, mi pequeño inteligente, esto va para un postre! Doña María se levanta y va a la cocina a preparar y servir un delicioso flan con caramelo. Todos comieron y se llenaron. Más tarde, ya en la noche, Sofía acuesta a ambos niños en la habitación, primero a Nikolai en la cuna y luego a Alexei dándole un último beso de buenas noches antes de salir de la habitación. Al hacerlo, Alexei se acomoda en la cama y se rebusca bajo la camisa algo que nadie se dio cuenta, una pequeña roncha, y solo él sabe qué o quién fue, y pasó desapercibido para los padres, pero no para el mismo pequeño, lo escondió muy bien, incluso sus sentimientos de dolor. Baja de la cama y se acerca a Nikolai ya dormido en la cuna. —Niko... no te preocupes, voy a estar bien, no le digas a mamá y papá, porque después se ponen tristes,— Alexei se monta en la cuna y lo abraza con delicadeza dándole un beso tierno de hermanitos. —Yo voy a protegerte, tampoco te preocupes por eso ¿Okay? Después de esa pequeña promesa, Alexei vuelve a su cama, y mira el techo unos segundos antes de cerrar los ojos, y al hacerlo, puede recordar en detalle, la raíz de donde tiene ese pequeño pellizco y de como comenzó, pero por ahora se quedaría callado, será fuerte, y se protegerá a toda costa, cueste lo que cueste. Para ser un niño de cuatro años, ya se sentía en un mundo de adultos, pero en espacio infantil, con niños que... quizá esconden otros sentimientos fuera de los suyos, y eso... le va a complicar un poco al momento de crecer, sin embargo, sabía que no siempre iba a poder quedarse callado, porque quizá le sigan haciendo daño, pero piensa que eso sólo fue un desliz, que quizá el día de mañana... pueda ser mejor que en el ayer.






