Mundo ficciónIniciar sesiónHabían pasado siete días desde que Alexei empezó el jardín. Siete días de cuentos nuevos, de canciones que tarareaba en la ducha, de dibujos que traía arrugados en la mochila y que Sofía pegaba con orgullo en la nevera de la mansión. El niño era listo, rápido para aprender las letras, para contar hasta cien sin equivocarse, para levantar la mano antes que nadie cuando la maestra preguntaba algo.
Pero también era el niño con el acento más raro del salón: un ruso duro mezclado con esa cadencia suave y cantarina del Huila que Sofía le había enseñado desde chiquito. Cuando hablaba rápido, las “r” rodaban como en el otro acento, pero las “o” salían cerradas como en Moscú. Algunos niños se reían bajito. Otros lo imitaban cuando la maestra no miraba, Alexei al principio se encogía de hombros y seguía jugando, no quería llorar delante de nadie, quería ser valiente, como papá le había dicho. Pero ese día, el octavo, la cosa cambió. Era hora del recreo, y Alexei estaba en el columpio, balanceándose alto, sintiéndose como un dragón volando. Misha, el niño rubio de cinco años que siempre lo miraba como si oliera mal, se acercó con dos amigos más, se paró frente al columpio y lo detuvo con la mano. —¿Por qué hablas tan feo, indígena?— dijo con esa voz que intentaba sonar grande. —Pareces un payaso ruso. Los otros dos rieron. Alexei bajó del columpio despacio, con el corazón que ya le latía fuerte y rápido, pero no en la garganta. Esta vez latía en los puños. —Deja de decir eso,— respondió bajito, pero firme. —No me gusta. Misha se rio más fuerte y lo empujó en el pecho. —¿Y qué vas a hacer, acento raro? ¿Llamar a tu papi mafioso? Alexei sintió que algo se rompía dentro, no era rabia ciega, era cansancio, ya cansado de tanto callar, de tragarse todo y de fingir que no dolía. Entonces... él empujó de vuelta, igual de fuerte, quizá un poco más que lo que Misha había empujado, y el niño mayor cayó sentado en la arena. Misha se levantó furioso y se lanzó contra Alexei. Los dos rodaron por el suelo, puños pequeños volando, rodillas y codos chocando. Los otros niños formaron un círculo gritando —¡Pelea! ¡Pelea!— al unísono y en barítono. La maestra llegó corriendo, separándolos con gritos. Alexei tenía un raspón en la mejilla y el labio partido. Misha lloraba más fuerte de lo que dolía, con la nariz roja y un poco de sangre. Los llevaron a la dirección y por supuesto... llamaron a papá y mamá por ambos lados. Viktor y Sofía llegaron primero. Entraron al despacho con esa calma fría que ponía nervioso a cualquiera. Sofía detrás, con los ojos rojos pero la espalda recta. Los padres de Misha ya estaban ahí, un hombre de traje caro y una mujer con el pelo perfecto y cara de indignación. —Su hijo atacó al mío sin motivo— dijo la madre de Misha, señalando a Alexei. —Es violento. Y ese acento… habla como si no fuera de aquí. Seguro en su casa le enseñan cosas raras. El padre asintió. —Tenemos derecho a que nuestros hijos estén en un ambiente sano. No con… extranjeros que traen problemas. Viktor no parpadeó, oh no, solo miró a la mujer, luego al hombre, luego a Alexei que estaba sentado en una silla pequeña con la cabeza baja pero sin llorar. —¿Violento?— repitió Viktor despacio, la voz baja como un trueno lejano. —Mi hijo tiene cuatro años. Y solo se defendió de un niño que lo pellizcó la semana pasada, lo empujó hoy y le dijo cosas que ningún niño debería oír. La directora intervino, nerviosa. —Ambos niños tienen responsabilidad. Vamos a hablar con ellos por separado y aplicar una sanción igual para los dos, una semana sin recreo. Sofía apretó la mano de Viktor con fuerzas pero con nervios temblorosos. —¿Y el acoso?— preguntó ella, la voz temblando pero firme. —¿Eso no se sanciona? ¿O solo importa cuando el niño tiene acento ‘raro’? La madre de Misha bufó con indiferencia. —No es acoso. Es que su hijo habla diferente. Es normal que los niños se burlen. Viktor se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas. —Normal no es sinónimo de correcto,— dijo, mirándola directo a los ojos. —Y si su hijo necesita burlarse del acento de otro para sentirse grande… tal vez el problema no está en mi hijo. Está en el suyo. El padre se puso rojo de ira con una vena que estaba que se le reventaba. —¿Me está amenazando? Viktor sonrió apenas, lo sabía, él conoce todo y a todos por como se expresaban, ya era todo un experto leyendo cuerpos, con esa pequeña sonrisa fría que no llegó a los ojos de ninguno. —No amenazo. Solo digo la verdad. Mi hijo no empezó nada. Pero si alguien vuelve a tocarlo, a burlarse de su forma de hablar o de dónde viene su madre… entonces sí vamos a tener un problema. Uno que no se resuelve en una oficina. La directora carraspeó, Sofía también se erizó un poco, la mafia aún la tenía en la sangre, pero también entendía este tipo de amenazas, o más bien, advertencia. —Señor Ivanov… por favor. Viktor se levantó, tomó a Alexei de la mano. —Nos vamos. Alexei no vuelve hasta que me garanticen que va a estar seguro. Y que nadie va a castigarlo por defenderse. Sofía se levantó también, tomó la otra mano del niño. —Alexei, mi amor… ¿quieres contarnos qué pasó? El niño miró a sus padres, luego a los otros adultos, y dijo en voz bajita y temblorosa mirando el suelo... —Misha me dijo que hablo feo porque soy colombiano. Me empujó. Yo lo empujé de vuelta. No quería pelear… pero no me gusta que me digan cosas feas. Sofía sintió que se le rompía el corazón. Se agachó y lo abrazó fuerte mientras Alexei tiembla y suelta moco. —Mi campeón… hiciste bien en defenderte. Mami está orgullosa de ti. Viktor miró a la directora. —Espero una llamada mañana. Con una solución. Si no… cambio a mi hijo de escuela. Y les aseguro que no va a ser silencioso. Salieron los tres. Alexei entre ellos, caminando con la cabeza alta aunque el labio le dolía. En el auto, Sofía lo sentó en su regazo y le limpió la mejilla con un pañuelo. —¿Te duele mucho, mi vida? Alexei negó con la cabeza. —No, mami. Duele menos que cuando me decían cosas feas. Viktor arrancó el motor, pero antes miró por el retrovisor a su hijo. —Alexei… mírame. El niño levantó la vista, con esos ojos grandes e inocentes que ahora están llenos de un color rojo dolor, hinchados, y esa nariz rosadita que nunca quisiera volver a ver a menos a que sea por gripa. —Lo que hiciste hoy… estuvo bien. No empezaste la pelea. Pero la terminaste. Y eso es lo que hace un hombre fuerte. No el que pega primero… el que no deja que lo peguen sin respuesta. Alexei asintió lentamente, con seriedad pero aún dolido un poquito. —¿Y si mañana me dicen más cosas feas? Viktor sonrió, suavemente y confiado. —Entonces me llamas. O le dices a la maestra. O lo empujas de vuelta si tienes que hacerlo. Pero nunca dejes que te hagan sentir menos por cómo hablas o de dónde viene tu mamá. Tu acento es hermoso. Es de Colombia. Es de nosotros. Alexei sonrió tímidamente pero era real. —Gracias, papi. Sofía besó la frente del niño. —Y mañana… si quieres, nos quedamos en casa. O buscamos otra escuela. Tú decides, campeón. Alexei pensó un segundo. —Quiero volver. Pero con papi y mami cerca. Viktor se rió bajito. —Eso se puede arreglar, pequeño. Y mientras conducían de regreso a la mansión, con Alexei acurrucado entre ellos, Sofía miró a Viktor y susurró... —Nuestro niño ya está aprendiendo a pelear sus batallas. Y lo hace mejor que muchos adultos. Viktor le tomó la mano y la besó. —Porque tiene la mejor maestra, reina mía. Tú. Sofía. Y en ese auto, con el niño entre ellos y el futuro abriéndose como un camino lleno de baches pero también de luz, supieron que no iban a poder protegerlo de todo. Pero sí iban a enseñarle a protegerse solo. Con amor, con fuerza, con un acento que era suyo… y que nadie iba a hacer que se avergonzara de él. Nunca más.






