Las primeras cuarenta y ocho horas transcurrieron en una habitación que olía a desinfectante y miedo contenido.
Cassandra miraba el techo. Contaba las grietas en el yeso. Treinta y siete. Las había memorizado durante la primera noche, cuando el sueño era imposible y los monitores pitaban con cada latido de sus gemelos.
El sangrado se detuvo después de catorce horas.
La Doctora Fuentes revisaba los ultrasonidos cada seis horas como si pudieran cambiar entre visitas. Gemelo A estable. Gemelo B me