Mundo de ficçãoIniciar sessãoLa luz del amanecer apenas comenzaba a filtrarse por los tragaluces de la habitación 412 cuando la doctora Salazar entró con un portapapeles bajo el brazo y una expresión que Cassandra había aprendido a reconocer en las últimas semanas: profesional, eficiente, y completamente desprovista de cualquier calidez que pudiera confundirse con compasión.
—Buenos días —dijo la doctora sin preámbulo, acercándose a la cama







